21 de noviembre del 2017
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Nos vendieron a Rodrigo Rato como el artífice del milagro económico español. Más tarde lo catalogaron como uno de los economistas mundiales de mayor reputación y lo elevaron hasta director general del FMI. Por último, pusieron en sus manos un banco que, debido a las actividades ilícitas de sus dirigentes, tuvo que ser rescatado. Las tres “verdades” olían a chamusquina y las tres no fueron más que un burdo fraude. Ni la economía española estaba para tirar cohetes, más bien al contrario, ni el FMI (cuyo tres últimos directores han sido investigados por la justicia) estaba gestionando bien la crisis económica mundial gracias a Rato, ni Bankia era el plan magnífico que él mismo aseguraba.

No se sabe cómo llegó a tener calado social ese cuento clásico de la derecha española, que asegura que ellos gestionan mejor el dinero y las crisis, pues cuenta con expertos economistas que trabajan para el servicio de la población con los que el país estará en buenas manos. En el caso de Rodrigo Rato y del Partido Popular, el argumento no puede ser más falaz. Ni el Partido Popular ha recuperado empleo durante su mandato, ni nos ha sacado de la crisis, ni su amnistía ha sido provechosa para el conjunto de la sociedad (más bien al contrario), ni sus reputados expertos económicos han resultado ser tales.

Como pueden leer, la misma estructura que desmonta a Rato, desmonta a su Partido, y es así precisamente porque ambos han sido y son, la misma cosa.

A Rodrigo Rato se le atribuían como resultado de sus capacidades lo que era un simple juego de influencias. A la derecha se le da muy bien este juego de trileros, donde hacen pasar por mérito lo que no es más que una herencia de privilegios. Rato no escaló en su carrera debido a su intachable gestión, lo hizo gracias a que sus contactos le permitieron entrar en uno de esos despachos desde donde se deciden las cosas. Aprovechó su prestigio en consecuencia y, de paso, se creyó con absoluta impunidad. El que fuera máximo favorito a presidir este país fue detenido ayer acusado de blanqueo, fraude y alzamiento de bienes, y está en mitad de un juicio por apropiación indebida y delito societario.

Y aún así, la sensación es que Rodrigo Rato no es más que un chivo expiatorio, que paga por él mismo, por las 705 personalidades de la famosa amnistía de Montoro y por el partido con el que actuaba, la sed de justicia de una sociedad hastiada. El Partido Popular dirá que son precisamente ellos quienes luchan contra la corrupción e intentarán convencer a su electorado y la sociedad de un nuevo cuento. Y tendrán que mejorar mucho la narración a un mes escaso de las municipales, inventar nuevas metáforas y llenar de eufemismos toda su aparatología mediática, porque su cuento del gran gestor ha fracasado y el de ellos, el de un partido tradicional y decente, va por el mismo camino.     

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