25 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Llevo un par de días atenazado, inmóvil cuando me siento a escribir sobre la agresión fascista que sufrió un activista en Madrid, con la complicidad de las fuerzas de seguridad del estado. 

Me resulta muy complicado analizar con un mínimo de sentido el fenómeno de la violencia. Me aterra. Leo el perfil de uno de los jóvenes que agredió al activista y cómo se comporta en la red y me petrifico. Cada vez son más, dicen, los que opinan como él. Cada vez son más los que persiguen y apalean al diferente, sea por el motivo que sea, en la calle o en la red. En la calle como vulgares matones, en la red como troles presos de la ira.

Me pregunto cuándo los perdimos. Me pregunto cuándo nuestros semejantes se convirtieron en este vómito de odio e intolerancia. Quién engulló a los niños que jugaban con cualquier otro en las guarderías, qué fue del nieto que quería que sus abuelos les miren orgullosos, dónde y por qué optaron por un camino como éste. 

¿Es la consecuencia de entregar estamentos públicos a quienes no condenan el franquismo y permiten la supervivencia de sus discursos? ¿Es la crisis y la polarización política? ¿Son las consecuencias del neoliberalismo?¿Es la pérdida de valores en todos nuestros espacios de discusión pública, la televisión y el parlamento, las aulas y las calles?

Quisieran pensar que cambiarán, que el tiempo les convencerá de lo inútil de entender el mundo como una guerra, que su actitud les emparenta con aquellos que tanto odian, porque la intransigencia y el dolor que generan termina metiéndolos en el mismo saco. Pero no suele ser así. No todos son el Edward Norton de American History X. La mayoría se llevan el odio a la tumba y dejan un reguero de despropósitos a su paso.

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El primer impulso sería decir que condenas la agresión, que no ganarán, que encontrarán un muro de resistencia, que somos cientos por cada uno de ellos y que el respeto, la tolerancia y los valores humanos tiene mucha historia detrás como para quebrarse por cuatro impresentables. Pero no, esa confrontación directa es precisamente lo que buscan. El tú contra mí. El mundo en guerra. 

La solución está en la educación -y en protegerla como oro en paño- y en la inteligencia colectiva . El terreno de disputa es el de las ideas. La intolerancia se combate creando espacios de respeto y convivencia, ampliando los márgenes donde actúa la pedagogía y el sentido común, introduciendo al ciudadano en espacios marcados por el respeto y  la diversidad. Por eso es tan importante que cuidemos el binomio educación y la cultura, porque al final no se trata solo de de nuestro derecho a saber y conocernos mejor, sino también de la no putrefacción de nuestras ideas y de los valores a los que se agarra la ciudadanía en el momento de edificar su vida en común. Avanzar en el pensamiento colectivo es la forma de no involucionar hacia un mundo que ya fue y reproducía lo peor del ser humano. Tenemos la obligación de pensarnos más y mejor.

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La próxima vez que salga la Marea Verde a la calle, no estarás luchando solo por el ratio entre niños y profesores en las aulas, ni porque tengan libros subvencionados las familias o esté abierto más horas el colegio, estarás luchando contra todo esos energúmenos, transformándolos en otra cosa, estarás creando un mundo mejor.

Como para no acudir a su llamada.

Las fotos son de La Sexta y Marea Verde Chamberí.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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