24 de junio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Son las 11.30h en un aula de un instituto de Secundaria en la Vega de Sevilla. Concluido el tiempo de recreo, los alumnos, treinta y uno en este caso, vuelven a sus pupitres. El termómetro registra 33 grados de temperatura. Este instituto, un ejemplo como cualquier otro, tiene cerca de setecientos alumnos, un claustro de medio centenar de profesores, una treintena de clases y menos de diez aires acondicionados, algunos de los cuales fueron proporcionados por editoriales de libros de texto en la época de las vacas gordas. Hoy esa práctica está prohibida. En este centro, como en muchos otros, las ventanas tienen marcos de hierro, lo que recaliente más el aula; el cierre de las ventanas es antiguo, lo que complica su sustitución por no encontrarse modelos similares e impide un buen aislamiento ya sea del frío o del calor; en lugar de lamas hay persianas de manivela, algunas con agujeros, que en ocasiones se vienen  abajo. Todo ello hace que, en estos últimos días del curso, impartir y recibir docencia sea una aventura no exenta de riesgos. En lo que llevamos de mes de junio el trasiego de padres y madres que vienen a llevarse a sus hijos por motivos relacionados con las altas temperaturas (lipotimias, sangrados nasales, mareos…) es un paisaje habitual.

La descripción que acabo de hacer no es más que una gota en el negligente mar de la educación pública andaluza. La falta de una adecuada climatización afecta a más de la mitad de los centros públicos andaluces, que no disponen de aires acondicionados en sus aulas, y son menos del 10% las escuelas e institutos que gozan de tan singular privilegio. En este punto es necesario recordar al lector que el equipamiento y mantenimiento de los centros de educación primaria es competencia de los ayuntamientos mientras que de la administración autonómica dependen institutos, escuelas de idiomas y conservatorios. De ahí que una de las reivindicaciones más reiteradas, tanto por AMPAs como por sindicatos, sea que la Junta de Andalucía financie a los ayuntamientos para que estos acometan obras, y meros parches, en las escuelas.

Actualmente, la normativa que regula las condiciones mínimas de seguridad y salud en los centros de trabajo, el Real Decreto 486/1997, establece que la temperatura en un espacio de trabajo sedentario como el que pueda representar un centro educativo debería mantenerse entre los 17 y los 27 grados centígrados. Curiosamente, la normativa andaluza que regula la construcción de edificios docentes dedica un artículo completo a la calefacción pero omite la refrigeración en su articulado, a pesar de ser Andalucía la comunidad autónoma que registra las temperaturas más elevadas del país a lo largo del año, especialmente de junio a septiembre.

 

En medio de este clima, bastante tórrido por cierto, la hasta hace poco Consejera de Educación Adelaida de la Calle manifestó públicamente que “no es aconsejable” instalar aires acondicionados en los colegios aumentado más si cabe la temperatura y precipitando la convocatoria por parte de las AMPAs sevillanas, organizadas en la plataforma Escuelas de Calor por la climatización de los centros educativos, de varias jornadas de protesta que culminaron el 8 de junio con una concentración ante las puertas del Parlamento de Andalucía en Sevilla bajo el lema “Aulas sí, saunas no”. Apenas unas horas después Adelaida de la Calle fue cesada. La composición del nuevo gobierno andaluz fue anunciada esa misma noche.

En resumen, el calor en las aulas andaluzas es solo uno de los numerosos síntomas de la grave patología que aqueja al sistema público educativo en Andalucía: la preocupante falta de inversión en recursos humanos y materiales. La lucha decidida de las asociaciones de padres y madres de alumnos han conseguido tumbar a la titular de la consejería responsable pero únicamente la persistencia reivindicativa conseguirá cambiar las condiciones de estudio y trabajo en los centros públicos de enseñanza.

 

 

Fotografías del Facebook de Ampas Sevilla.

 

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Sara Madrigal Castro

Licenciada en Historia (2006), profesora de Geografía e Historia en Enseñanza Secundaria.

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