11 de octubre del 2018
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Esclavos de las letras, prisioneros del papel, la tinta y el poder. Escritores en la sombra vendidos a célebres autores para publicar el próximo best seller, la autobiografía de un reconocido cantante o las memorias de un prestigioso político. Fantasmas que deambulan tras la cortina del teatro representando, aunque parezca imposible, la obra sin salir al escenario. Se admite, por unos cuantos euros, que los aplausos del público se los lleven otros.

El término negro proviene del francés, según los críticos Michel Lafon y Benoît Peeters, fue usado en 1845 por Eugène de Mirecourt para desprestigiar a Alejandro Dumas padre, del que se sabe que utilizó negros para sus textos. El escritor fantasma es aquel que escribe por otro lo que este quiere publicar, eso sí, con la firma del protagonista y no del negro. Una especie de escribano antiguo que realiza el trabajo sucio por una cantidad indeterminada de dinero, anteponiendo el capital al arte. El negro es utilizado bien como escritor completo de la obra o para someter a esta a una reescritura, partiendo de una base que el autor ha dado previamente unidad, mejorando así el libro actuando como meros editores del libro. Para el resto son reconocidos como mercenarios al traicionar los principios y valores éticos de la literatura. Se engaña al lector mintiendo en la autoría, ese nombre que buscas después de haber leído algo que te da por satisfecho con la intención esperanzadora de encontrar un texto parecido o mejor al que leíste y, que pasadas una infinidad de palabras después ansias por volver a leer a ese mismo, hasta entonces, desconocido autor.

Pero la realidad es que siempre ha existido este oficio, hasta los más grandes de la literatura han utilizado negros para sus obras, muchas de ellas cumbre, desde Shakespare, Molière o Dumas hasta Stephen King o  James Patterson. Es un tema tabú con cierta intriga que autores como Robert Harris han aprovechado para crear un auténtico bombazo con la novela The Ghost que Roman Polanski llevó al cine en 2010 con El escritor. Hasta el mismísimo Vargas Llosa también fue autor de alquiler en 1959, por lo que antes de publicar La ciudad y los perros aceptó el encargo de una dama de la alta sociedad peruana para escribir un libro de viajes.

Es un hecho que los escritores fantasmas o Ghostwriter puedan encontrarse fácilmente en la red,  a través de empresas legales dedicadas a la escritura negra ofrecen este servicio por encargo, un empleo, no sé si cotizado, siempre rodeado de polémica. Para ser escritor fantasma se requiere una serie de cualidades que otros no poseen y por ese mismo motivo acuden en su ayuda a cambio de un módico precio. Una empresa que se dedica a la “literatura negra” se anuncia en su web con una frase, “si tiene una historia que contar y no sabe cómo hacerlo, nosotros sí podemos y nos encantaría ayudarle”. No solo se dedican a escribir libros completos, sino que simplemente se encargan de acabarlos o editarlos.

Ghost Writer

La fenomenal película de Roman Polanski acerca de los escritores fantasmas se estrenó en 2010.

Con algunos de esos libros firmados por políticos, como José María Aznar, Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero o José Bono, podríamos llegar a plantearnos quién está detrás de estos títulos, si muchos no nos lo hemos preguntado ya. Es muy dudoso que personalidades en su día tan ocupadas como los ejemplos anteriores, dedicaran el tiempo que le restaba al cabo del día a escribir sus memorias o hazañas políticas, y no sólo eso, sino con una excelente y delicada pluma, o al menos, una decente. A la cuestión que planteo contestaría, ignorantemente, “que va, son los ghostwriter”.

Estos fantasmas, sin ninguna intención burlesca, reciben un adelanto antes de realizar su tarea para cubrir gastos de supervivencia, desplazamientos que pueda conllevar el trabajo y cubrir el tiempo de redacción. Todos sabemos que el mercado editorial no está como para salir a bolsa, por lo que los editores arriesgan poco en proyectos y tampoco es mucho dinero el que adelantan. Lo que suelen hacer es asegurar al escritor la percepción de un porcentaje de ventas futuras del libro firmando un contrato confidencial. Además, durante y después de su oficio no pueden citar a autores, a negros ni editoriales. Los contratos de confidencialidad son estrictos, de “largar” algo referente a estos temas, el negro, podría someterse a estrictos problemas judiciales.

Discretos, tras la luz, en la sombra. Es difícil reconocer a un escritor fantasma porque no reconocen con facilidad tener este trabajo, es más, viven de su discreción para que personajes relevantes se interesen por ellos al no ser escritores conocidos y así poder firmar como que la obra es propia y no del negro. Muchos de estos ghostwriter tienen múltiples premios a sus espaldas e incluso carreras repletas de distinciones en concursos, sí, pero tal vez no pueden sobrevivir de esto o simplemente se decantan por sucumbir y arrodillarse a la codicia. Llegan a ser, en muchas ocasiones, fantasmas literarios de fantasmas literarios.

Dumas y Maquet

Dumas y Maquet

Hay varios autores de los que se sospecha de si alguna vez han recurrido al fantasma literario, Stephen King es uno de ellos. Existe incluso un dicho referente a los rumores que sobrevuelan al escritor estadounidense en su defensa. “Los fantasmas usan a King como escritor, pero King no usa escritores fantasmas”. Puesto en duda en muchas ocasiones sin pruebas concluyentes, los rumores no cesan. Otro de los novelistas de más éxito como James Patterson tampoco se salva de permanecer en la diana.

Como digo, -y perdónenme la expresión- no se salva ni Dios. Grandes escritores han recurrido a negros en sus obras, uno de ellos fue Alejandro Dumas, que llegó a tener alrededor de 76 a su disposición. La función de Dumas era recoger datos, generar tramas y alguna cosa más, pero quien verdaderamente escribía el relato, el que ponía los ladrillos y levantaba los cimientos era el negro. Una de las anécdotas más famosas que giran en torno a Dumas es que en una ocasión le preguntó a su hijo: “¿Has leído mi nueva novela?”. A lo que el hijo respondió: “No, ¿y tú?”. Incluso llegó a revelarse quién fue uno de los escritores fantasmas de Dumas, Auguste Maquet, que colaboró en las novelas más famosas del escritor francés como en Los tres Mosqueteros, El Vizconde de Bragelonne, Veinte años después y El Conde de Montecristo. La documentación y el borrador corrían a cuenta de Maquet, mientras que Dumas corregía y adornaba dando el visto bueno. La relación no acabó muy bien y su final como escritores independientes tampoco. Maquet demandó a Dumas para recibir un dinero que no había recibido y reclamar su aparición como coautor en las portadas de las obras. La sentencia determinó que le correspondía el dinero pero la autoría permanecería únicamente con el nombre de Alejandro Dumas. Maquet fracasó en su intento como escritor en solitario y el prestigio y la carrera de Dumas se fue cada vez más a pique.

Escribiendo en la sombra, tras el telón, golpeando incesantemente las letras de la máquina de escribir a orillas del éxito. En la tinta imprimen su nombre representando únicamente con esto la obra, dejando las alabanzas a los que pagan, a los que ya tienen la fama, a los que supuestamente escriben el libro.  Con la delicadeza de andar sobre una hoja seca sin lograr que se rompa se esconden en las paredes interpretando la sombra de otros, como un papel de actor. Calificados de corruptos, traidores, o prostitutos de la literatura, yo prefiero llamadlos afectuosamente, poco románticos.

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Joaquín Merono

Periodista. Escritor de historias en MARCAPlus.

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