21 de septiembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



En una noche de finales de junio de 1954, cuando hacía apenas algunos meses que militaba en el Partido Socialista de Uruguay, Eduardo Galeano fue testigo de un acontecimiento que marcó para siempre sus ideas y su literatura. Aquella fue una noche de rabia en las calles de Montevideo. El conjunto de la izquierda de su país se movilizaba en repudio al golpe de Estado que había depuesto al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz, con expresa participación de la CIA. “Mi generación se asomó a la vida política con aquella señal en la frente. (…) Yo tenía catorce años y nunca se me borró el impacto”, dijo Galeano en Días y noches de amor y de guerra.

Apenas dos años después, Rodolfo Walsh escribía una sentencia similar en el prólogo de Operación masacre: “La violencia me ha salpicado las paredes”. La frase graficaba el tránsito ideológico del futuro militante de la guerrilla montonera. Si bien en 1955 Walsh había respaldado el golpe militar contra Juan Domingo Perón, sus cuestionamientos a la figura del presidente no se extendían a las clases populares que conformaban su partido. Fue por eso que al descubrir el verdadero rostro de la dictadura, aquel que puso en evidencia al reconstruir los fusilamientos de José León Suárez, Walsh modificó su posición política de manera radical. Hacia mediados de los años sesenta ingresó a las filas de la izquierda peronista, y en 1977 fue asesinado por los militares cuando acababa de entregar el documento periodístico más importante que se ha escrito hasta hoy en nuestro continente.

Las comparaciones con el pasado son siempre caprichosas, aun cuando la historia latinoamericana parezca esmerarse en imitar la figura del eterno retorno, ese “destino sudamericano” que nos asignó Borges en su Poema conjetural. Pero hay ciertas preguntas en las que asoma el eco terrible de una escena repetida. ¿Acaso un sector importante de la ciudadanía brasileña no estará sintiendo lo mismo que sintieron estos escritores? ¿Cómo evitar que crean que la democracia es un sistema amañado por una minoría, por una poderosa minoría, que no está dispuesta a permitir –y que va a hacer lo imposible por frustrar– cualquier tipo de renegociación de sus intereses? Y peor, ¿acaso no se han convertido en eso nuestras democracias?, ¿acaso la brutal concentración de la riqueza no ha hecho de la ley (es decir, de lo que se conoce como el plano formal de la democracia) una letra muerta en la superficie de un espejismo?

El caso de Brasil nos vuelve contra nuestro sentido común. Nos obliga a un peligroso replanteo de posiciones que no está exento de problemas. Con Lula en la cárcel, o al menos impedido de participar en elecciones en las que su triunfo está más cantado que un Barcelona-Jerez (mis disculpas a los tutores de esta página), el gobierno que emerja de las presidenciales no será un gobierno legítimo. De esta manera, el futuro de la nación más determinante para la política latinoamericana es el de un escenario de profunda inestabilidad social. Un escenario propiciado por jueces que fallaron de manera contraria cuando el acusado fue Aécio Neves da Cunha, el candidato socialdemócrata que perdió las pasadas elecciones contra la depuesta Dilma Rousseff, siendo que las pruebas en su contra eran aún más fehacientes que en el caso de Lula, donde la acusación parte del testimonio de un arrepentido y su palabra no se ha podido corroborar con ningún otro testimonio o documento.

Y aquí hay que agregar otra pregunta todavía más inquietante. ¿Cómo impactará en las cúpulas militares de la región la actitud del Ejército brasileño, cuyos jerarcas se mostraron favorables a recurrir a un golpe de Estado si Lula finalmente puede participar en las elecciones? Pensemos en el caso de la Argentina, donde las prácticas de represión y gatillo fácil de las fuerzas de seguridad están en ascenso (la muerte dudosa de Santiago Maldonado y el asesinato de Rafael Nahuel fragmentaron a la opinión pública en 2017 en posiciones prorepresivas, a veces rayanas al fascismo, y radicalmente opuestas al uso de la fuerza), y donde la institución castrense no sólo se mantiene reacia a reconocer sus crímenes, sino que ni siquiera ha dedicado el mínimo gesto de humanidad por reconocer dónde están los cuerpos de los desaparecidos y que hicieron con los más de trescientos niños secuestrados que todavía quedan por recuperar.

A veces se nos olvida que la democracia no es una herencia del cosmos, sino una construcción comunitaria, la edificación de un sentido común de sociedad. Vale decir que las neoizquierdas del continente también han hecho su aporte a este proceso de crisis, debido a la falta de transparencia y a los resonantes casos de corrupción que signaron la mayoría de sus gobiernos. Asistimos, sobre todo en el último lustro, a una marcada desvalorización del ejercicio político como construcción de mayorías y consensos. ¿Recordamos los sudamericanos qué es lo que sucede cuando la idea de democracia se rompe? Brasil ha vuelto a agitar un temor conocido. No sabemos, todavía, qué aspecto tendrá esta vez, pero el camino hacia él suele ser un camino de reencuentro con nuestros peores fantasmas.

La fotografía es de El comercio de Perú.
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Gabriel Montali
Gabriel Montali. Argentino (Cordobés), periodista e hincha de Sportivo Belgrano, un club de segunda división de su país desgraciadamente propenso a las derrotas quijotescas. Su filosofía: “el periodismo no es una herramienta para exhibirse, sino un instrumento para pensar”, tomada de Tomás Eloy Martínez.
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