22 de agosto del 2017
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Ayer, a raíz de un debate surgido de la reflexión de un amigo, hablaba con mi mujer en la terracita de casa mientras tomábamos cerveza acerca del éxito. El ÉXITO, así, con mayúsculas. O sobre el éxito y el mérito, para ser exactos. El éxito de perseguir aquello que te propones, el mérito de al menos intentarlo, el más difícil todavía; conseguirlo.

La búsqueda del éxito se ha convertido en el motor de nuestras vidas. No es tan contemporáneo como parece, en las películas clásicas, es el sueño de la chica de pueblo que pretende conquistar la industria de Hollywood, en la sociedad actual, triunfar con tu empresa, conseguir un buen sueldo, rodearte de lujo y comodidades. Existe una presión social que estigmatiza nuestras vidas alrededor de un éxito casi siempre grandilocuente. No nos vale con un éxito íntimo y sentimental, tiene que ser, además, socialmente aceptado. Cuanto más te haya costado llegar al éxito, más te aplaudirán. Si el éxito te llega rodado, sentirás rencor en el ambiente. ¡Ha tenido el tesón de conseguirlo! o ¡Míralo, si sólo ha tenido suerte! dirán según las circunstancias. O como decía la frase: Cuando quieras emprender algo, habrá mucha gente que te dirá que no lo hagas; cuando vean que no pueden detenerte, te dirán cómo tienes que hacerlo; y cuando finalmente vean que lo has logrado, dirán que siempre creyeron en ti.

Hay decenas de recetas para alcanzar el éxito y la felicidad, la mayoría asociadas al esfuerzo, el trabajo y el sacrificio. Y así nos vamos midiendo en reuniones sociales, en base a un sistema meritocrático, competitivo, que si bien no está oficialmente implantado, lo llevamos inserto en el cerebro. ¿Estos amigos tienen éxito? Y estos desconocidos… ¿cuan cerca o lejos están del éxito?

A lo largo de mi vida, he visto muchas personas alcanzar este tipo de éxito y, después de encontrarse un páramo tras su promesa de plenitud, intentar volver a tiempos pretéritos. No es baladí que nuestros mayores vayan por la vida desprovistos de lujos, como queriéndose resumir en lo esencial. Les basta con ver a sus familias, con disfrutar la naturaleza, con compartir mesas redondas, ver una película y emocionarse, escuchar las canciones que les hicieron sentir especiales. Para todo eso, sorpresa, no hacen falta grandes rentas, ni posición social, ni consideraciones externas, ni haber conquistado ningún éxito. Para esa gran mayoría de cosas, basta con existir y tu único mérito es haber sobrevivido.

Me pregunté dónde estaría yo si fuera exitoso. Si tuviera, pongamos, dos o tres libros más publicados, si trabajara en una empresa de prestigio internacional, si tuviera una casa en propiedad, si un chófer me llevara al punto que quisiera de la ciudad o  tuviera la colección de vinilos más grande de la historia. Y si pudiera elegir un solo sitio, una sola actividad y una sola compañía, si pudiera capitalizar mi éxito como quisiera, estaría hablando con mi mujer y tomándome una cerveza tranquilamente en la terracita de casa.

El éxito fue ayer y no nos estamos dando cuenta.

 

 

Originalmente en El espacio relatado.
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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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