20 de noviembre del 2017
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En tiempos de la colonización francesa de Vietnam, allá por el año 1899, empezaron a construirse los 1.726 kilómetros de ferrocarril que unen la antigua Saigón, hoy Ho Chi Min City, con Hanoi. Les llevó hasta 1.936 acabar este recorrido en el que se tardaba del orden de 40 horas en realizarlo, a una velocidad media de 43 km/hora.

La vida de esta línea ferroviaria ha sido realmente accidentada. Durante la segunda guerra mundial fue frecuentemente usada por las tropas japonesas, con los consecuentes bombardeos del ejército norteamericano y los sabotajes locales. Aunque se intentó reconstruir, la mayor parte de lo dañado fue cubierto por la hierba. No corrió mejor suerte durante la  posterior guerra franco-vietnamita, donde lo construido por los vietnamitas era saboteado por los franceses inmediatamente.

La llegada de los norteamericanos a finales de los años 50, permitió poner en marcha de nuevo 1.041 kms de vía entre Saigon, en el sur, y Hué en la parte central del país. Pero entre 1.961 y 1.964 con la guerra entre norte y sur en pleno apogeo, la línea férrea fue duramente castigada por el Viet Kong. Hasta 795 ataques fueron lanzados contra ella, con las lógicas consecuencias de destrucción. Y aunque en el norte, en otro orden de cosas, se construyeron hacia 1.960 unos 1.000 kms de vía entre Hanoi y la frontera china en Cao Lo Dai, tampoco estos se libraron de los bombardeos del fuego enemigo, con lo que la conexión Norte-Sur quedó seriamente deteriorada.

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Prácticamente lo primero que hizo el gobierno de Ho Chi Min, tras su victoria sobre los norteamericanos, fue reconstruir el ferrocarril, como símbolo de la reunificación del país. Y así, se inauguró el 31 de diciembre de 1976 la nueva línea, con 1.344 puentes, 27 túneles, 158 estaciones y 1.370 desvíos. Todo había sido reparado. Todo menos la velocidad medía  que sólo aumentó hasta los 48 km/h. Su nombre, por supuesto, “El Expreso de la Reunificación”.

Hoy en día, salen cuatro trenes diarios en ambas direcciones. Se puede hacer el trayecto en unas treinta horas directamente, pero paladear el viaje lleva un mínimo de dos semanas.

Éste que relato, puede ser un recorrido. Ho Chi Min City como punto de partida desde el sur donde una marea de motocicletas invade constantemente sus avenidas. Del orden de 4 millones sobre una población de 10. No es una ciudad especialmente bella, pero mantiene el encanto de un antiguo país comunista.  Y también aún se respiran aires de la antigua retaguardia yanki en los neones de sus cafés.

Sus repletos mercados, las pagodas en el barrio de Cho Lon, los múltiples templos le dan un aspecto de incansable urbe que no para pero que siempre está flotando en los inciensos de sus oraciones. Tres o cuatro días son más que suficientes para visitar sus museos, (especialmente el dedicado a la guerra contra los americanos), el Palacio de la Reunificación o sus múltiples restaurantes.

Con la obligación de haber probado el licor de serpiente típico del sur,  al que se le suponen propiedades afrodisíacas, me encamino a la estación para tomar el primer tren. Los hay de diferentes tipos, como  iré conociendo poco a poco. En este primer trayecto hasta Nha Trang, consigo una litera blanda con aire acondicionado para cuatro personas. Los otros tres ocupantes resultan ser unos chinos acatarrados. “Venimos del norte de nuestro país y allí hace frío”, cuentan. Vaya, en Vietnam se me había olvidado que existía la palabra frío. Aquí todo es calor y humedad y es difícil permanecer seco. Inmediatamente después de decirles que vengo de Barcelona, me muestran una revista local con su portada a todo color dedicada a Ronaldinho y me anuncian que al día siguiente juega el Barça. Incluso se muestran preocupados por ciertas decisiones del entrenador en las alineaciones del equipo. Resulta que están más informados que yo. Da que pensar que el fútbol sea el gran denominador común de la globalización del planeta.

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El viaje resulta placido y cómodo. Las literas son más confortables de lo esperado y el paisaje no da pausa a la observación. Por el corredor, van pasando los empleados ofreciendo bebidas y comida para la que hay que tener cierto valor estomacal para aceptar.

Finalmente llegamos a Nha Trang. Su bellísima playa es para recorrerla con calma. Especialmente al atardecer cuando el sofocante calor se hace aceptable y los vietnamitas disfrutan del espacio. Desde las cuidadas terrazas se pueden observar sus juegos playeros mientras se toma un refresco, se cena placidamente o se disfruta de un relajante masaje en la arena. Se tiene la sensación de necesitar aprovechar este clímax antes de que la ciudad se masifique, como todo parece indicar que sucederá, ya que los hoteles crecen por todos los lados y el masivo turismo se intuye.

Pero no todo es playa en Nha Trang. Una suerte de islas cercanas a la costa merecen una visita. Hon Mieu, Hon Tre , “la isla del bambú”, y sobre todo “la isla de los monos”, donde decenas de pequeños simios saltan y corretean con la mayor naturalidad. En un pequeño circo local incluso consiguen montar en bicicleta.  Además se pueden admirar las torres de Po Nagar, importantes templos construidos entre los siglos VII y XII  dentro de la dinastía Cham y que hoy son venerados como centros de oración tanto por las etnias chinas como por los budistas vietnamitas.

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De nuevo en el tren rumbo a Hoy An.  De nuevo una cabina de literas blandas. No tan cómoda como la anterior pero aceptable. Esta vez mis compañeros son un chino y un vietnamita. No hablamos una lengua común, pero sin embargo mantenemos animadas conversaciones. En el pasillo un rubicundo niño danés de unos cinco años juega con una vietnamita de su edad. Es emocionante pensar el regalo de intercambio que hay entre ellos. Y elucubrar con su futuro. Quizás no se vuelvan a ver. Quizás se hagan amigos y se sigan viendo. Quizás se enamoren y se casen. ¿Quién sabe?

En realidad sólo se puede llegar en tren hasta Danang, capital del Vietnam Central y desde allí tomar un taxi que en un santiamén te lleva a hasta Hoy An, importante ciudad portuaria entre los siglos XVII y XIX. Felizmente fue respetada por los bombardeos de la guerra contra los americanos con lo que se puede apreciar la arquitectura de edificios de madera construidos hacia mediados del XIX. Son casitas bajas de vivos colores que se  encuentran en una zona antigua peatonal. No es grande, con lo que se puede hacer un buen recorrido a pié. Entre tiendas, templos chinos y vietnamitas, casas, puentes, pagodas o tumbas, se cuentan más de 800 estructuras de importancia histórica. Hoi An cuenta con una gran actividad cultural y también es famosa por su gastronomía. Es interesante hacer un pequeño curso de cocina que comienza a primera hora de la mañana con una visita al mercado para conocer los ingredientes que más tarde se utilizarán en la preparación de las viandas. Tras aprender a hacer una ensalada tibia de calamares y piña o unas crepes de arroz rellenas de gambas, se degusta la experiencia en un agradable jardín al borde del río.

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Siguiente parada: Hué. Capital imperial de Vietnam hasta la claudicación del emperador en 1.945 ante los franceses. Bañada por el maravilloso, placido y lento río de los perfumes, Hué ha sido históricamente el centro político, cultural, religioso y educativo. Hoy en día es visitada para conocer las impresionantes tumbas de los emperadores Nguyen que se ubican en las riberas del río y a las que se accede en unos divertidos barcos con cabeza de dragón.

También hay múltiples y preciosas pagodas como la de Thien Mu, centro de las revueltas antigubernamentales de los años 60  y posteriores de 1.980.

Aunque quizás lo más impresionante de Hué sea su ciudadela. Sus 10 kms. de perímetro fueron empezados a construir en 1.804 por el emperador Gia Long´s y en ella se desarrollaba toda la vida imperial. Aunque fue duramente castigada por los bombardeos de la guerra contra los americanos, aún se puede apreciar la ciudad púrpura prohibida, donde se ubican las estancias privadas de la corte, la torre de la bandera o los nueve cañones sagrados, que simbolizan las 4 estaciones y los 5 elementos (agua, tierra, fuego, aire y energía). La inmensidad de sus jardines proporciona una paz indescriptible a pesar de los cientos de vietnamitas que visitan este espacio de su pasado. Muchos de ellos se fotografían en el trono de la sala de los mandarines vestidos con los ancestrales y vistosos ropajes amarillos y rojos en la estancia en que éstos preparaban las ceremonias de la corte.

En la estación de Hué, dirigiéndome a Hanoi, veo como van pasando los vagones del tren frente a mi sin reconocer los ya mencionados de litera blanda. Mis sospechas se confirman cuando el revisor me muestra mi sitio. Esta vez es un asiento de madera sin más refrigerio que los ventiladores del techo. Con paciencia, me dispongo a afrontar las 15 horas que me separan de mi destino. Mi entrada causa sensación en los vietnamitas. Todos me saludan, sonríen y se acercan a mi. Curiosean mis cosas con interés, mi libro, mis gafas, mi cámara, todos quieren saber de donde soy y si me gusta Vietnam. Se preocupan un poco cuando les digo que no estoy casado, pero se  alegran al saber que tengo tres hermanos. Eso quiere decir que no estoy sólo en la vida. Un niño a mi lado duda durante bastante rato si acercarse a estirarme de la barba, que a todo el mundo le llama mucho la atención. Al final se atreve, y claro, ya no me lo quito de encima hasta que se baja.

Van apareciendo nuevos personajes. Ahora una adolescente de una belleza impresionante me va enseñando sus posesiones, las cremas para palidecer su piel, su móvil sin saldo y sobre todo un álbum de fotos de lo más kitch en el que está ella con sus amigas, novietes y familiares. Me pide el número de teléfono y promete llamarme, aunque más parece un trofeo que enseñar a sus amigas que algo que se  proponga cumplir.

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Todos buscamos una esquina para dormir un rato. El asiento, el pasillo o improvisadas hamacas cerca de los baños. Cualquier sitio vale.

En las paradas, toda una suerte de vendedores se abalanzan hasta las vagones del tren para ofrecer sus productos: refrescos, cerveza, comidas que no conozco… Todo ha de realizarse con rapidez porque el convoy no para demasiado tiempo y entre el poco espacio que dejan las protectoras rejas de las ventanillas, sacamos las manos para efectuar las transacciones y apurar las bebidas antes de que el calor les haga perder su frescor.

Finalmente llegamos a Hanoi, sobre las 4 de la madrugada. Las 13 horas se han convertido en 16 gracias a que un camión ha seguido el caos de tráfico habitual vietnamita y se ha estrellado contra la vía y, claro, no ha sido facil descongestionar la situación. Pero es buen momento para llegar a la urbe. Aún no ha salido el sol y la ciudad se prepara para recibir su intrínseca ebullición. Los puestos de los mercados colocan sus mercancías, las mujeres empiezan a preparar el Pho, la sopa tradicional vietnamita que está constantemente haciéndose y que se toma a todas horas acompañada de carnes o pescados y fideos de arroz. En los alrededores del lago Hoan Kiem, en el que una gran tortuga dorada guarda la mítica espada del emperador Le Loi con la que expulsó a los chinos en el siglo XV, los habitantes de Hanoi aprovechan el frescor para hacer Tai Chi y jugar al Badmington en las pistas pintadas en el suelo de sus riberas.

Es Hanoi una ciudad ruidosa y caótica en la que se mezcla la decadencia colonial francesa de las amplias avenidas con las abarrotadas callejuelas llenas de tiendas en las que todo se vende del barrio antiguo. Rigurosamente parceladas por gremios, se puede encontrar de todo; joyas, medicinas naturales, instrumentos musicales, artículos de culto religioso, ropa, especias y un sin fin cosas que incluye, además del obligado mercado de comida, una calle donde se construyen las lápidas funerarias y todo lo relacionado con el paso al otro mundo.

La Réplica - Vietnam

Aunque el pulso a la ciudad hay que tomarlo en el Old Quarter, la parte antigua, no hay que dejar de conocer los lagos que el Río Rojo dejó como recuerdo del recorrido de su  antiguo cauce a través de lo que hoy es la ciudad. Ni olvidar la veneración que la población vietnamita siente por Ho Chi Min en el mausoleo que preside todas las  celebraciones importantes del país. A su lado un museo muestra la vida y evolución de este importante  y decisivo hombre en la reciente historia de Vietnam.

Lleno de templos y pagodas, merece especial atención la tranquilidad que se respira en en el Templo de la Literatura. Fundado en 1.070 por el emperador Ly Thanh Tong, acogió la primera universidad vietnamita para educar a los hijos de los mandarines. Allí se construyeron en 1.484 unos paneles de mármol donde se empezaron a inscribir los nombres de todos los doctorados en la universidad.

Hay que recordar que desde aquí se ganó la guerra a los americanos y el orgullo patriótico está presente por todos los lados, en las calles llenas de banderas rojas con una estrella amarilla pero especialmente en los museos, que cuentan los avatares de la victoria; el de historia, el de la armada, el de las fuerzas aéreas, el de la prisión de Hao La o el de la revolución vietnamita.

Después de una cena en uno de los múltiples restaurantes de aire francés, me dispongo a tomar otro tren hacia las montañas del norte, frontera con China, pero eso es otra historia, el expreso de la reunificación acaba aquí.

 

*Todas las fotos son propiedad de Pablo Picaza

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Pei para lo amigos. De Bilbao, inquieto, curioso, emprendedor, cocinero, cautivado por la belleza. Es periodista, publicista, fotógrafo y viajero. Tiene 2 proyectos. Uno fotográfico sobre el nacimiento de seres humanos y las mujeres que como diosas, nos traen a este mundo (www.peibolpicaza.jimdo.com). Su otro proyecto trata de dar comida en mi hogar, de manera diferente, colaborativa y personalizada (www.facebook.com/cenasencanpei). Para pequeños grupos. Se come, se bebe, se habla sin prisas de la vida, de la cultura, del arte, de los viajes... Dirige un programa de radio sobre música y literatura en Contrabanda FM.
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