25 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hoy amanecemos con ochenta hermanos menos. Con ochenta vidas arrebatadas que quién sabe qué pasó por la cabeza de aquellos desquiciados que decidieron que aquellos fuegos artificiales fuesen lo último que viesen antes de que la sangre regase el asfalto.

A nadie en su sano juicio le deja de doler la muerte de los inocentes. Estoy convencido de que de primeras, si la atrocidad por sorpresa nos cogiese como testigos de algo semejante, ya fuese en Damasco, París, Bagdad o Moscú, no diferenciaríamos ni sería mayor o menor nuestra tristeza, rabia y desolación.

Ahora bien, los “dueños de la imprenta”, como los llamase Rafael Correa, no quieren que así sea. Quienes controlan los medios de comunicación no están por la labor de que todos los muertos nos duelan igual, ni que sus esquelas nos lleguen con la misma presteza a nuestras retinas.

Entrar en una competición de “a ver qué atentado tuvo más muertos” o “cuanto más muertos más pena debe darte” sería frivolizar y faltar el respeto a quienes ya no están con nosotros. A su vez, seguir el juego y bailar el agua a los medios cuando deciden a qué atentados dar mayor o menor difusión, es una de las derrotas más calamitosas de la Humanidad.

Oficialmente, se tiene constancia en lo que va de 2016 de veintinueve atentados terroristas. El más sangriento de todos sucedió hace… doce días. 309 muertos y 246 heridos se contabilizaron tras la explotación de un coche bomba en el distrito de Karrada en Bagdad.

 

Atentado Karrada

Imagen de Reuters del atentado de Bagdad sucedido en Karrada.

Ante ese atentado, que también se atribuyó el Estado Islámico, su divulgación en los medios fue nimia, eclipsado aquella noche en la que ocurriese tal trágico suceso por la lesión de rodilla de Cristiano Ronaldo. No gusta hablar con tanta veleidad sobre ello, ni darle tan poca trascendencia, pero fueron los mismos medios los que dejaron en segundo plano una noticia de tal magnitud, y la dotaron de una trivialidad que deja en entredicho el rigor periodístico de las grandes agencias de prensa internacional.

Hoy día, nos gustaría pensar que cualquier ciudadano con un mínimo de reflexión ontológica es consciente de que los medios de comunicación son empresas privadas. Y como tales, proporcionan información atendiendo a los intereses económicos de los dueños de dichas empresas privadas. Sin embargo, en el grueso de la población no es así. Y no se debe a que un sector de la sociedad seamos illuminatis que se consideran superiores a la plebe. Se debe a la frustrante diferencia existente entre los que se informan o se conforman con ser informados.

Porque hay a quienes sí les duele más los muertos franceses o belgas, porque a esos sí los consideran de “los suyos”. Y eso es tan peligroso como los atentados, porque a los atentados preceden los pensamientos de odio, exclusión y xenofobia. Los muertos en los atentados más sangrientos de 2016: en Irak, Siria y Nigeria respectivamente, fueron atentados perpetrados por el Estado Islámico y perpetrados contra musulmanes. Quienes hoy muestran su repulsa ante este atentado escupiendo contra el Islam y contra el mundo musulmán muestran el fracaso estrepitoso de todos nosotros como Humanidad, como cuando unos muertos nos duelen más que otros o no nos escandalicemos ni lo expresemos de tal modo cuando veamos cómo la información ante tragedias es claramente parcial y tendenciosa. No debería existir la parcialidad cuando de inocentes masacrados se trate. Eso no es algo que no se haya aprendido aún. Peor aún. Es algo que ya aprendido, se ha barrido a un lado por atender a intereses económicos.

También hay un fenómeno hermenéutico que llama la atención, y es en relación a la palabra terrorismo. Hace catorce años, Carlo Fabretti lo resumía así:

[…]El mero hecho de hablar de “el” terrorismo, en singular, es inadmisible. Si lo hacemos, introducimos en el discurso, por defecto, la definición impuesta por el uso, es decir, por los medios, es decir, por el poder. Y además negamos, por omisión, las formas de terrorismo no incluidas en la definición oficial, que, casualmente, son las más básicas, graves y abyectas: el terrorismo de Estado y el terrorismo del capital. Cuando se habla del terrorismo internacional, la gente piensa en un palestino con un cinturón de cartuchos de dinamita, no en el embargo a Iraq o en las masacres sionistas.[…].

Hollande

En la lista que antes mencionábamos de veintinueve atentados terroristas, prácticamente todos los que aparecen han sido perpetrados por el Estado Islámico. Estado Islámico alimentado armamentísticamente por Arabia Saudí, “amigo de España” en boca del Gobierno. En cambio, a los ataques con drones sobre la población civil yemení llevados a cabo por el Gobierno de los Estados Unidos, o a los ataques financiados por la OTAN en Siria contra el ejército, no se les considera terrorismo, cuando en realidad encajan perfectamente en la definición del mismo dada por la RAE: sucesión de actos de violencia para infundir terror.

Tras los atentados de Niza, aún ningún grupo se ha atribuido la ejecución del mismo. Únicamente se sabe que se trata de que quien conducía el camión era un ciudadano con pasaporte francés de origen tunecino. Aun así, hay quienes ya desde los medios sensacionalistas se lo atribuyen al Estado Islámico. De ser así, leer noticias del pasado Octubre donde “Francia firma contratos estratégicos con Arabia Saudí” o que “Francia venderá cientos de tanques Leclerc a Arabia Saudí” por no hablar de los negocios de los países vecinos, como Reino Unido o España, que aumentó un 25,3% la venta de armas al país saudita, claman al cielo cuando existen pruebas fehacientes de que Arabia Saudí es el principal abastecedor de armas al Estado Islámico, todo ello con el beneplácito del Departamento de Estado de los Estados Unidos (para más información, un brillante monográfico que encontré en este blog).

Es momento de guardar silencio y respeto, y a su misma vez, de meditar sobre nuestros niveles de empatía, tan a merced del capricho de los medios de comunicación a la hora de notificar muertes como sucesos tristes o como meras cifras.

Es momento de repudiar todo discurso xenófobo que incite al odio, como también de no callarse ante quienes sus pobres neuronas solo les hace reafirmar que “me da igual lo que haya pasado porque no conocía a nadie”. Esas palabras son un cáncer en nuestra sociedad ante el que no se debe guardar silencio, como tampoco ante cualquier mensaje excluyente que quiera descargar su ira contra el mundo musulmán, pues musulmanes son también la mayoría de sus víctimas, y seguro que, entre los arrollados en Niza, habría también. Porque es numerosa la población musulmana en el sur de Francia e indiscriminada la matanza que esos asesinos acometieron en la velada de ayer.

Y no es momento de ningún #prayforNice. Los rezos no les traerán de vuelta ni impedirán más masacres. De hecho, aun sabiendo que se me puede tratar de malinterpretar dolorosamente en mis palabras, quienes más sangre han derramado este año probablemente han sido quienes más rezaban, y en sus rezos, se dejaban deslizar por las fiebres del fanatismo religioso.

Es momento de poner en marcha el menos común de nuestros sentidos, digan lo que digan los medios. La opinión ha de nacer en uno, y no en el plató de otros.

Descansen en paz.

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.
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