11 de octubre del 2018
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Son arrogantes. Se presentan como personas responsables y sabias que manejan miles de cifras, cientos de informes, decenas de escuelas de negocios, algún libro de vez en cuando, no muchos. Suelen hablar con pausa, sin brío, con un tono monocorde y aburrido, convincente, frío. Son los representantes del “genocidio neoliberal”, el que acumula once millones de muertos por hambrunas cada año mientras defiende salarios millonarios para unos cientos y patrimonios individuales superiores al PIB de muchos estados. Los mismos que toleran que muchos niños mueran en la orilla del mar Mediterráneo al tiempo que te llaman “demagogo” cuando ofreces el dato.

Visten la seguridad propia del que sabe que la defensa del fuerte, si bien resulta un ejercicio cobarde, dota de mecanismos lo suficientemente contundentes como para silenciar la disidencia y, lo que es todavía más grave, alterar las reglas del orden moral. Desde su atalaya pontifican, transmiten la teología económica a través de versículos cifrados, salmos matemáticos, milagros mobiliarios. Ajenos, muchos, al conocimiento que otorga saber el alcance real de los propios actos o quizá, alertados precisamente de que tal conocimiento les resultaría, en verdad, insoportable, deciden aceptar las dádivas del fuerte para poder vivir alejados de aquellos lugares donde surten efecto las decisiones que toman.

Hablan de Fidel Castro como vulnerador de derechos humanos mientras las policías de sus propios países recogen los cadáveres de niños pequeños en las playas. Su desvergüenza es infinita, su moral inexistente. Hablan de la importancia de la iniciativa privada mientras lucran sueldos públicos y desean para sus hijos una plaza de funcionario en la administración. Su incoherencia también es infinita.

Concluyo de todo ello que el ser humano es capaz de vivir en la depravación moral siempre que encuentre una justificación moral para sus actos o, simplemente, no le acechen las consideraciones morales. De esta forma, en la Alemania nazi resulta probable que no existiera una percepción ciudadana negativa y que en la Rusia Soviética se pensara que las purgas se basaban en la necesidad de justicia. Solo décadas después se definen ambos sistemas como genocidas. Como sucederá, quizá, dentro de cincuenta años, cuando los historiadores, al estudiar el mundo a partir de los años 80, decidan que tras 35 años de paz, de construcción social, se inició el que llamarán: “El genocidio neoliberal”, el más “limpio”, el que practicaba la “aporofobia”, el que saqueó países pobres, el que se fundió al pobre, el que mató a todos los pobres.

 

*La imagen es de PerspectivaInternacional.net.

 

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David Condis Almonacid. Escritor y letrado de la Seguridad Social. España no puede caer en una espiral autodestructiva. Replicar forma parte del proceso dialéctico que debe conducirnos a soluciones equitativas.

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