22 de agosto del 2017
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En la tele nos habla un perturbado desde hace cuatro años. La gente intuía que lo era, pero nadie aportaba pruebas. Por su parte la Troika, fascinada por su autismo y porque el perturbado no sabe inglés, sólo sonríe, ha quedado fascinada sin saber qué decir todo este tiempo. Al fin ha tenido que llegar la Replicante Academia Española y, en cumplimiento de las expectativas que siempre ha creado, descubrir las razones que permiten determinar ese estado de perturbación. Cómo no, esas razones se hallaban ocultas en su lenguaje, y ésa es la razón de que no se le hayan escapado a la Replicante Academia Española. Desestimadas las más antiguas, y con permiso del respetable, proponemos a examen público 5 razones 5, extraídas de la memoria del último trimestre.

Prueba inculpatoria #1: “Lo de Grecia es como si en España debiéramos 900.000 millones, que es una cifra astronómica”.

Análisis: La supuesta función referencial que está en el origen de esta frase refleja un caso grave de disociación: el Innombrable podría estar confesando su desconocimiento de qué pueda ser esa Grecia y dónde se halla geoestratégicamente hablando, pero lo que se constata de forma ostensible es que desconoce la España que dirige, su estado actual. La realidad objetiva es ésta: que España no debe 900.000 millones, como dice en su hipótesis, debe un poco más, exactamente hasta 1,046 billones (en español: 1 millón de veces 1 millón). Se engolosina con las macrocifras y a continuación certifica que Grecia es deplorable, y que Grecia debe el equivalente a un 90 % de su PIB, y que eso es claramente una “barbaridad”. Y lo es. Pero la barbaridad auténtica no es su ficción, sino esa realidad que lo supera: España, bajo su mandato, acumula una deuda del 98 % del PIB. O sea, una barbaridad 8 puntos superior. Y Grecia, por el buen hacer de su amigo Samaras (con quien seguro que habló en griego, ya que inglés no sabe) acumula otra, pero en torno al 177 %. Sí, otra cosa muy bárbara.

Prueba incriminatoria #2: Días atrás la audacia lo llevó a hacer una valoración de lo que podría implicar el referéndum griego, y creyó bueno formularla así: “Si ganan los partidarios del ‘no’ la situación será desesperada; y si ganan los partidarios del ‘sí’ la situación será casi desesperada”.

Análisis: Entre el “No” y el “Sí” de los griegos no había más que un “casi” de distancia, aunque en la fórmula suya la “desesperación” es constante, no varía. Estamos ante un grave cortocircuito de los mecanismos de valoración. Me explico: el ejercicio de valoración requiere que se consolide previamente un criterio; a su vez, el criterio exige la ponderación de una serie de datos, lo más objetivos posibles si es que se quiere una valoración ajustada. Yo puedo, por ejemplo, valorar que 10 litros de Mirinda™ serán suficientes para 40 boniatos al regreso de la piscina, a razón de 0,25 cl. por boniato (siempre que se les mande callar a tiempo). Soy capaz de hacer esa valoración con justeza porque tengo un criterio válido (conozco la Mirinda™, sé cómo jugármela con esos zanguangos, conozco los vasos 0,25 cl. del chino-cualquier-chino) y eso me autoriza a repartir el dorado líquido sin miedo a error alguno. El Innombrable (confundiendo griegos actuales con esas Grecas que lo amaron locamenti) valora que 11 millones de griegos van a seguir en situación desesperada, voten lo que voten. Incluso si no votan, o casi no votan. De esa valoración esperpéntica se deduce una preocupante falta de criterio. Como no podemos pensar que el que manda carezca de criterio totalmente, habremos de concluir por salud propia que alguien le dijo lo que tenía que decir. No sabemos quién. Tal vez un primo.

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Prueba incriminatoria #3: “Una cosa es ser solidario, y otra cosa es ser solidario a cambio de nada”.

Análisis: Solapamiento de conceptos. Las fronteras que marcan cada definición desaparecen del cerebro, el magma semántico lo encharca todo. El diagnóstico es ineludible: asistimos al principio del fin. Se empieza confundiendo comercio y solidaridad, y se acaba llamando terrorista a uno que pedía delante de un Mercadona. No esperemos que en esa cabeza la cosa vaya a mejor. Es la entropía, insensatos.

Prueba incriminatoria #4: Fue en plena campaña cuando detectamos algunos síntomas ya alarmantes. Corría el mes de mayo, y el exceso de formulaciones le atarantaba un discurso acostumbrado a un menor número de bits. El Innombrable dijo: “España es una gran nación, y los españoles muy españoles, y mucho españoles”.

Análisis: Qué quiso decir, llevado por la euforia, es algo que no han sabido responder ni don Pepito ni don José, a quienes interpelé cuando pasé por su casa, por su casa yo pasé. Se trata de un fenómeno de semántica despistada, una formulación de lenguaje sin objeto, mero ruidismo, en fin. O lo que podríamos llamar soflama de sonajero. En cualquier caso, un tipo de oración que nunca debe validarse en un cerebro que funcione a nivel aceptable, o que simplemente funcione. Si dan con un caso que funcione así, exijan la devolución del voto, siempre, irremisiblemente.

Prueba incriminatoria #5: “No es lo mismo que gobierne uno que que gobierne otro. Dicho de otra forma: es muy distinto”.

Análisis: Y con esta prueba tomada del natural, asépticamente, sometida después al banco de pruebas de la Replicante Academia Española

, llegamos al nivel 0 del mal: el pleonasmo, conocido también como redundancia y arte de Pero Grullo. Barrio Sésamo lo explotó e imbuyó a toda una generación de la obviedad, esa tara. En casos como el citado la lengua deja de ser necesaria, y admite ser sustituida por un emoji, el que se adecue. Los afectados por esta deriva acaban regresando a kindergarten, a la fase de la adquisición del lenguaje cuando todavía la percha del guardapolvo podía prescindir de la etiqueta y en su lugar poner tu foto. Llegabas, te veías en la foto, la foto te miraba y, si todo acordaba, la autorización quedaba hecha. Esta es la explicación: el pleonasmo echa fuera el lenguaje, y con él, la posibilidad de desarrollar el razonamiento. Quien claudica una vez y otra tras el pleonasmo da señales preocupantes de ausencia de lógica, por tanto de coherencia, de capacidad política. Frente a un mutante, sería inútil para discriminarlo el recurso al rasgo de actividad cerebral.

Como colofón a las pesquisas presentadas, podemos concluir académicamente así: que nos gobierna un tipo que ya en el pasado dejó de segregar pensamiento. Que siga al mando de la situación, es el problema. Y que tantos aún sintonicen con esa frecuencia cerebral, el espanto.

 

 

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Santi García Tirado

Narrador y, por necesidad, crítico. Su última obra publicada es "La balada de Eleanora Aguirre". Cada lunes participa en el programa Todos somos sospechosos de Radio-3 donde dirige la Escuela de Gamberrismo Ilustrado, una tribuna informal en la que se destripan las intenciones ocultas de lo que van declarando los políticos. De esas clases procede la materia que ahora toma forma escrita en La Réplica.

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