17 de enero del 2019
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¿Qué despertaba en Pelayito Cascajo ese odio africano hacia las mujeres insumisas y otros ciudadanos inciviles? A día de hoy sigue siendo un misterio.

Algunos cronistas locales sostienen que Pelayito -en la foto brindando por la memoria de Joselito el Gallo, califa del toreo- fue disciplinado severamente en la infancia. La alpargata de Sinforosa, su niñera, fue tan célebre en Cerroseco como la disposición del niño a vivir del cuento, aptitud que los años elevaron a categoría de arte. Según los más viejos de Cerroseco del Caudillo, las primeras palabras de Pelayito, aún metido en pañales, fueron: “Subvención pública”.

La teoría de una rigurosa educación infantil para justificar su conducta hacia las mujeres emancipadas y librepensadoras es, por tanto, digna de reflexión, pero no esclarece su tirria enfermiza hacia los gais o los descendientes de Boabdil el Chico, aunque quizá explique freudianamente su acuciante dependencia de la teta. La del Estado.

Según el presbítero don Zoido Rupérez, cronista oficial de Cerroseco del Caudillo, a Pelayito Cascajo lo amamantaron con leche de tejón -lo que explicaría sus aparentes malos centros-, y fue –si hemos de creer a don Zoido-, puticantano tardío y muy deslucido. Y measalves. Tampoco se amancebó ni triunfó cortejando. En Cerroseco, y esto es un hecho, Pelayito no halló paleodoncella dispuesta a bailarle el agua, al contrario. Y ahí lo dejo.

Resabiado de las lides amorosas, invirtió su tiempo en política con buen acierto y notables dividendos. Lo llamaban El Paquito de Cerroseco porque adoraba al fundador de su pueblo natal, Franco, “la espada más limpia de Europa”, según Petain, y “el único vencedor del marxismo en el campo de batalla”, según Pinochet. Franco: “Ducem nostrum Franciscum”. Punto.

Del “timonel de la dulce sonrisa” aprendió Pelayito a resolver problemas expeditivamente y a elaborar programas electorales. Cuando se propuso reconquistar España llevaba uno bajo el brazo. En Cerroseco pocos leían y, de estos, casi ninguno comprendía –era sabido que la lectura, como el vicio solitario, deja ciegos y enratados a los españoles-, de modo que el programa de Pelayito fue votado tal como fue concebido, al tuntún. ¿Habría triunfado más de haberse leído? Hablando de Cerroseco, todo es posible.

En cualquier caso, a criterio de algunos analistas finos, Pelayito olvidó en su programa puntos indispensables para barrer a sus oponentes, a saber: Restaurar el Tribunal del Santo Oficio y los autos de fe, declarar patrones de la indisoluble España al Cid Campeador y a la Virgen del Escorial, uniformar a las mujeres con mantilla y peineta de carey y a los hombres con traje de luces, montera y faca, implantar el Día de la Raza, anexionar los Sudetes del norte de África y la medida estrella -quizá reservada para las elecciones generales-: reconocimiento oficial de la planitud terrestre en cuyo centro cabal está el Valle de los Caídos.

La fotografía es de Humorcillet (CC).

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.

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