21 de agosto del 2017
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La justicia está politizada y la cooptación en las altas instancias de la magistratura se produce por virtud de la afinidad política. Los jueces de base, la mayoría, que recorren su carrera profesional entre los juzgados de instancia y las Audiencias Provinciales, no parecen dispuestos a seguir tolerando las inmisiones de los políticos en el tercer poder. El juez de oposición, curtido en la recitación y en el sacrificio personal, no resulta un espécimen agradable para la partitocracia, antes al contrario, constituye un peligro para los amantes del cambalache y del mercadeo, para los defensores de la oligarquía, para quienes la palabra “justicia” no es más que un vocablo susceptible de compraventa, un mero valor mobiliario. Estas ideas, y algunas más a las que haremos referencia a lo largo del presente texto, constituyen la esencia de un ensayo divulgativo que el juez Jesús Villegas ha tenido la valentía de escribir bajo el título “El poder amordazado”(Villegas, 2016). El autor, haciendo gala de una inusual valentía, denuncia la perversión de un sistema judicial que premia la servidumbre del juez antes que su brillantez, su cintura palaciega a su capacidad resolutiva, su adscripción partidista en mayor grado que su honradez. Secretario de la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial Villegas relata los movimientos internos que los jueces de base han realizado en los últimos años para intentar frenar unas reformas legislativas que, en el futuro, acabarán por sujetar el poder judicial al gobierno de turno.

En líneas generales estoy de acuerdo con su diagnóstico. No obstante, creo que debe matizarse el perfil del juez ideal que nos dibuja. Para el autor, un buen juez no tiene ideología, es imprevisible para las partes y su aislamiento durante la oposición, desconectado de la realidad, es un plus de independencia. En cuanto al último de los argumentos, creo que a los jueces les falta pisar calle, y aun cuando la realidad social que dibuja el autor se enmarca dentro de la corrupción estructural que ensucia nuestro país, no resulta menos cierto que muchos jueces dictan resoluciones sobre un ámbito social desconocido para ellos. Particularmente, y dentro de la jurisdicción penal, me gustaría destacar, por ejemplo, que en el año 2001 (Monclús Masó & Bergalli, 2002), de los 30 jueces de instrucción de Barcelona solo uno había visitado un centro de internamiento de extranjeros, constatando las innumerables deficiencias que en él existían. Pese a esta circunstancia los magistrados de Barcelona enviaban a él a ciudadanos extranjeros que no habían cometido ningún delito. Incluso cuatro de ellos se atrevían a considerar que la inmigración ilegal, el mero hecho de circular sin la documentación en regla en busca de una oportunidad vital, debería ser delito.

CIE

Respecto de la ideología, sin perjuicio de que la judicatura debe aspirar a una preparación técnica mejor, basada no tanto en el conocimiento de la ley cuanto en el acercamiento a otras disciplinas relacionadas, sociología, economía o historia, entre otras, debo señalar que la ideología del juez, tema tabú por antonomasia, debería ser objeto de estudios sociológicos y jurídicos, no con objeto de liberarla y convertir el caso concreto en una decisión política sino para justamente lo contrario, poner de manifiesto a los propios jueces los sesgos cognitivos que amenazan su independencia e imparcialidad. Con ello se lograría un juez más consciente de las trampas que la psique puede depararle al resolver los litigios. En este punto, creo que la gran asignatura pendiente de la judicatura es dar por terminada la transición, máxime cuando para los nuevos jueces, nacidos la mayoría de ellos en los años ochenta, la transición es historia “no vivida”.

En el orden social, donde litigo, existen notables diferencias entre las “togas rojas” y las “togas azules”, diferencias que justifican que Alejandro Nieto, prestigioso jurista, afirme que: “para muchos abogados, su arte consiste en conseguir que la demanda de su cliente vaya a parar a las manos de un juez propicio, que todos conocen de antemano. Ante un juez propicio es inútil aportar pruebas ni alegaciones puesto que la sentencia está dictada antes de empezar el pleito”(Nieto & Fernández Tomás Ramón, 1998,100).

JesusVillegasElPoderAmordazado

Esta impactante reflexión en voz alta siempre tendrá vigencia en alguna medida pero, a día de hoy, puedo afirmar la existencia de estadísticas en el ámbito de los pleitos de Seguridad Social que reflejan enormes diferencias de criterio entre magistrados, singularmente en el ámbito de las incapacidades laborales. Mientras el “toga roja” suele ser extremadamente generoso con las prestaciones de incapacidad, el “toga azul” es capaz de dejar a un enfermo sin ellas. Esta falta de equilibrio, de independencia e imparcialidad, digámoslo claro, debería ser estudiada, no con ánimo de formular reproches al juez sino, antes al contrario, con el objetivo de mejorarlo. Pero, en este punto, es capital objetarle a Villegas algo fundamental, y ese algo es el no poner de manifiesto que uno de los grandes defectos de la judicatura es la soberbia, y que no hay mayor enemigo de la mejora intelectual que el ser humano soberbio que cree que todo lo sabe. Ante un juez soberbio cualquier voluntad de mejora caerá en el vacío.

Por lo demás, el magistrado Villegas pone al alcance de cualquier interesado una serie de cuestiones que deberían preocupar a los ciudadanos de este país, ciudadanos que, muy probablemente, a lo largo de su vida, tendrán alguna relación con la Administración de Justicia.

Entiendo que es responsabilidad ciudadana participar en el mejoramiento y avance de las instituciones. Ante un ciudadano autómata jugando al “Pokemon Go” las elites no tienen más que frotarse las manos.

 


 

Monclús Masó, M., & Bergalli, R. (2002). Opiniones y actitudes de los/las jueces de instrucción de la ciudad de Barcelona sobre el internamiento de extranjeros.
Nieto, A., & Fernández Tomás Ramón. (1998). El derecho y el revés. Barcelona. Editorial Ariel.
Villegas, J. (2016). El poder amordazado. Barcelona. Ediciones Península.

 

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Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.
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