El rumbo equivocado - La Réplica
17 de agosto del 2018
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A raíz de la trágica muerte de un miembro de los Riazor Blues en los prolegómenos del partido del Atlético de Madrid contra el Deportivo estuve escuchando diferentes tertulias de radio. El caso ha tenido un importante eco mediático y ha dividido a la audiencia, confusa bajo la alargada sombra de “las dos Españas”.

Y me sorprendía escuchar a periodistas deportivos de la relevancia de Iñaki Cano o Julio Cesar Iglesias defendiendo posturas superficiales con argumentos ciertamente pobres. Si Cano no iba más allá del “más mano dura” con los violentos, demandando una mayor presencia policial en los estadios, Iglesias intentaba restar dramatismo asegurando que en cualquier evento de grandes magnitudes existe un riesgo de trifulca que hay que asumir. Por la mañana, estuvo Rosendo Mercado en Radio 3, donde aseguró entre risas que si por él fuera “dejaría a los violentos, de uno y otro bando, que se maten entre ellos a navajazos”. En esa misma línea se manifestaron los oyentes -y algún contertulio- de EsRadio, en el debate de Luis Herrero.

Uno se niega a creer que haya una mayoría social conforme con una solución coercitiva en lugar de constructiva. Y aunque las medidas urgentes exijan contundencia y presencia policial, no deberíamos concebir esta lacra como un mal ajeno que solucionarán otros y que jamás nos afectará. Es necesario un esfuerzo común y programado de pedagogía social, de civismo.

No escuché en estos coloquios una solución que a mi juicio es el principal argumento para transformar una conducta: la educación. José Mujica hilo fino cuando dijo que un pueblo educado tiene mejores opciones en la vida. Y es que una afición también puede educarse.

Si Inglaterra consiguió reeducar a sus aficionados para que reinara la paz en los estadios -con ayuda de la FIFA- y en Alemania desapareció la simbología nazi de las gradas no fue gracias a métodos exclusivamente punitivos, sino a una estrategia colectiva entre las fuerzas del orden, clubes de fútbol, instituciones deportivas y escuelas.

Es necesario que el imaginario colectivo asuma la asistencia a un evento como un acto festivo y no como una oportunidad de gresca, como un espacio de diversión y gozo en el que no cabe la violencia. La verdadera conciencia cívica no nace en un día, ni en dos ni en tres. Es una carrera de fondo que comienza con la detección del problema para analizar sus causas y consecuencias, siempre con vistas a diseñar un plan de acción. Se necesita -como apuntaba Santiago Segurola- voluntad política y a expertos en la materia en la toma de decisiones. Pero la sensación que me queda tras escuchar a unos y otros es de tristeza. Estamos lejos del diagnóstico y con el rumbo equivocado.

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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