10 de diciembre del 2018
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Tras el 15-M, una de las preguntas más repetidas por los periodistas en relación a las candidaturas abiertas a la participación ciudadana ha sido: “¿Cómo vais a evitar el intrusismo de sujetos no deseables?“. Cuestión que siempre encuentra la misma respuesta: “La democracia real se encargará de alejarlo, o lo que es lo mismo, la gente no es tonta, y al que llega elucubrando su propio beneficio -o una intención nociva- se le intuye, se le huele y se le abre automáticamente la puerta de salida. Ya hay mecanismos para ello.

Este conflicto de intereses individuales versus intereses colectivos está sucediendo. Lo hemos visto en las plazas, en las asambleas, en los mentideros. Así ha renacido la figura de “el Trepas“. No es un fenómeno nuevo, el Trepas ha existido desde que el ser humano se organiza socialmente. Siempre vuelve. Ocurre que vivimos tiempos de cambio, tiempos románticos por cuyas grietas pueden colarse estos seres egocéntricos que buscan perpetuidad a costa de lo público.

Porque estos individuos tienen una característica común: su egolatría. Pocas veces hablan de las necesidades o aspiraciones del grupo, nunca se les vio reconocer un error, aunque eso sí, realzan una y otra vez su dilatada experiencia. Porque (oh, sorpresa) no son nuevos en esto de la política. Antes habían destacado en instituciones públicas, puede que en alguna comunidad de vecinos o en un partido político. Les da igual las siglas porque nunca sintieron una como propia.

Los Trepas suelen acaparar la atención. Son pasionales e impulsivos, decididamente intensos. Pero si se te ocurre preguntar por sus principios flirtean con la ambigüedad y ofrecen una respuesta vaga, confusa. Nadie sabe exactamente de que pie cojean, les importa poco su ideología porque la indefinición teórica es sinónimo de supervivencia. Como lo son votar 65 veces desde un mismo ordenador o llamar hasta en 150 ocasiones desde una línea telefónica. Argucias que garantizan resistir. Todo sea por el pueblo.

El choque surge cuando es el propio pueblo el que señala, el que denuncia el narcisismo de quien asciende meteóricamente y desprende un tufo a rancio, a treta, a impostura. El Trepas es, como diría Serrat, “la salsa de la farsa, el meollo del mal rollo, la mecha de la sospecha“. En el fondo, una persona triste, sola, tan sumamente pobre que no es capaz de mirar más allá de sí mismo.

foto: Lavozdelsur.es
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Periodista. Codirector de La Réplica.

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    2 Réplicas

  1. Atenagoras

    Las asociaciones políticas emergentes tienen que cuidar que no se les cuele personajes “trepas”, que van buscando su propio provecho y status personal a costa del de trabajo honesto y la limpieza de miras de muchos otros compañeros que se implican en el proyecto con una ilusión grande. No se trata de acumular militantes sin más, sino de agrupar a personas con unos ideales claros y unos principios sanos. Lo demás resulta negativo a la postre. Las nuevos proyectos políticos están muy vigilados por la prensa y las televisiones que están esperando cualquier desliz, por simple que sea, para cultivar el “son iguales que todos” y el morbo más abyecto de desprestigio hacia todo lo que aparece en su horizonte y les provoca inquietud cuando no miedo a perder sus privilegios.
    Así que mucha cuidado con este tipo de “personajes” que tienen una gran habilidad para colarse en los mejores puestos de salida y que no son de fiar. Para ello habrá que ser rigurosos en su admisión y firmes en la aplicación de los principios éticos que definan al movimiento político de que formamos parte.

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