19 de septiembre del 2017
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Cuando hoy abran los periódicos, enciendan la televisión o accedan a las redes sociales, abundarán mensajes bienintencionados bajo el encabezado de “Feliz día de la mujer trabajadora”. Hasta ahí, quizás no debería haber nada de extraño, salvo que comprobemos la historia que hay tras este día señalado.

El 8 de marzo no debería considerarse como un día feliz, ya que lo que dio lugar a ello no fue precisamente un hecho alegre. En cambio, se felicita por el día de la mujer trabajadora, y es algo que (con perdón) chirría escuchar. Sin ser más papista que Bergoglio, y quizás con una bochornosa pero comprensible mala fe, suena como a dos palmaditas en la espalda seguidas de un “anda eh, que trabajas”.

¿Qué pasó el 8 de marzo? Desde luego que descubrirlo es algo no tan sencillo como buscarlo en Google, y es que no pasó nada realmente. Fue otro hecho, en marzo, el que hizo que fuese en este mes cuando se decidiese dedicarle un día a la mujer trabajadora.

Desde 1857, las protestas por parte de las mujeres que trabajaban en la industria textil en Nueva York se debían a un reclamo de derechos laborales que no le eran reconocidos. Dichas revueltas fueron durante décadas aplastadas de manera contundente por la policía y las autoridades locales. No sería hasta marzo de 1908 cuando los libros de Historia darían cuenta de un evento histórico: hasta 15.000 mujeres exigieron en las calles de la Gran Manzana su derecho al voto, la reducción de su jornada de trabajo, unas condiciones de trabajo e higiene dignas y mejoras salariales que contrarrestaran la notoria precariedad en la que se hallaban. Ellas, que se consideraban herederas de aquellas trabajadoras de 1857, se organizaron y sus protestas fueron aumentando paulatinamente, desembocando en la creación en 1910 del Sindicato Internacional de Mujeres Trabajadoras Textiles (International Ladies Garment Workers Union).

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Tras todos estos hechos, tendría lugar el 25 de marzo de 1911 un trágico suceso que supondría un punto de inflexión y que daría lugar a la celebración de dicho día. Un incendio en la fábrica neoyorquina de Triangle Shirtwais no dejaría ningún superviviente dentro de las instalaciones. Jamás se supieron los motivos del incendio: alguna colilla mal encendida o el motor de una máquina de coser fueron las cavilaciones que por entonces mostró el The New York Times en sus columnas. El incendio provocó que 146 personas perdieran la vida (123 de ellas mujeres). La mayoría murieron por las quemaduras o por asfixia. Las puertas de las escaleras y la salida estaban cerradas bajo llave por los dueños para así evitar posibles amotinamientos o protestas sindicales (tras la masacre, los propios dueños lo negaron, atribuyendo su modo de actuar a poder evitar el robo de materiales). La única escalera de incendios con la que contaba la fábrica en la planta novena no llevaba a ninguna parte,  lo que hizo que algunas de ellas, al comprobarlo y desesperadas por las llamas, se lanzasen al vacío desde las plantas más altas de las instalaciones. Una ratonera para humanos.

La mayoría de quienes allí trabajaban eran mujeres inmigrantes de Europa del Este y de origen italiano, de entre 16 y 23 años de edad. Según los registros de defunción, la mujer más mayor tenía 48 años, por 14 de la más joven. A partir de aquella fecha histórica, distintos movimientos de mujeres se sucedieron durante los meses sucesivos en toda Nueva York, ciudad que entonces se convirtió en escenario de la lucha de la mujer para mejorar sus condiciones de trabajo.

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En agosto de 1910, la II  Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunidas en Copenhague, y a propuesta de la comunista alemana Luise Zietz, aprobó unánimemente una resolución que proclamaba el 11 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, resolución que contó con el apoyo y la aportación de grandes pensadores de la época, como Rosa Luxemburgo o August Babel. Como dato anecdótico que demuestra la situación política de entonces, entre aquellas mujeres se encontraban las tres primeras mujeres parlamentarias que hubo en Europa (en 1907), procedentes del Parlamento finés, pionero en la igualdad.

En consecuencia de todo aquello, el 11 de marzo de 1911 pasaría a ser un día de celebración oficial en Alemania, Suiza, Austria y Dinamarca, donde más de un millón de personas se manifestaron por sus calles reivindicando los derechos de la mujer trabajadora. Así, en 1913, las mujeres en Rusia se organizarían igualmente y lo celebrarían en Moscú el último domingo de febrero de aquel año. En 1914, por razones que no se conocen, Alemania, Suecia y Rusia lo celebrarían conjuntamente el 8 de marzo, y así ha permanecido hasta hoy.

Tras la revolución de octubre, la célebre comunista Alexandra Kollontai consiguió que se considerase tal día oficialmente en la URSS desde 1922, si bien sería laborable hasta que fuese considerado no laborable por decreto en 1965. En China también se celebraría por primera vez en 1922, y en España hubo que esperar hasta aquel marzo de 1936 que precedió a la Guerra Civil.

No sería hasta 1975 que la ONU lo proclamaría como el “Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional”, lo cual dio lugar a que se extendiese por los calendarios oficiales de más países del mapamundi. Paradójicamente, en EEUU, lugar de origen de la lucha feminista moderna por sus derechos políticos, civiles y laborales, no se comenzaría a celebrar oficialmente hasta 1994.

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Tras hacer este recorrido cronológico, cuando se comprueba la cantidad de abusos, vejaciones y hostilidades que han existido contra la mujer, se percibe que no es que sea precisamente un día para felicitar a las mujeres. ¿De qué se les puede felicitar? ¿De los palos recibidos y la sangre injustamente derramada? Sangre que ojalá, al menos, hubiese servido para acabar con la desigualdad. En cambio, ¿Acaso no sigue existiendo una disparidad latente? ¿Acaso se ha logrado la conciliación de ser madre y trabajadora? Podríamos decir que es un día de recordar (que no se hace porque ni se difunde su origen como día oficial), de rendir tributo (homenajes que se dan pero que son apenas promovidos, difundidos y secundados desde las instituciones públicas) y de pedirles disculpas por haber tenido que luchar por unos derechos políticos, civiles y sociales que la mentalidad atávica primitiva y arcaica les ha negado en el pasado y les niega aún en el presente. Podríamos incluir que es un día de mostrarles respeto, pero bien es sabido que eso solo se muestra realmente en el día a día, cuando somos testigos de cualquier situación discriminatoria y actuamos en vez de permanecer callados.

Queda mucho por recorrer y eso es culpa de todos.

Como dijera Galeano: vuela torcida la Humanidad, pájaro de un ala sola.

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.
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