22 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Esta mañana me ha pasado algo, apenas una anécdota, que en su momento no consideré importante. Pero a medida que ha ido pasando el día he podido ser consciente del inquietante fondo que encierra en realidad. Tenía una cita previa en Hacienda a las 12,30 para un trámite sin demasiada importancia. El día estaba nublado y hacía frío. Cuando subo las escalinatas veo a bastantes personas que se acumulan en la entrada. Como todas estaban extrañamente quietas, calladas y con caras de desconcierto, me interné a través de ellas sin demasiada dificultad hasta llegar a la puerta.

Al intentar entrar observo que todo el interior del edificio está a oscuras y en penumbras. En ese preciso momento, el policía de la entrada levanta su mano y me impide el paso.

No me considero en absoluto una persona aprensiva, pero lo primero que pensé es que había habido una alerta de atentado, un falso aviso de bomba o algo parecido. El policía enseguida me dijo que el motivo era que se había ido la luz en toda la zona y al no estar los ordenadores encendidos ni el arco de seguridad, había que esperar a que volviera la electricidad.

Por un momento me reí de mí mismo por habérseme pasado por la cabeza la idea del atentado, pero a medida que ha pasado la tarde y viendo en la tele lo ocurrido en Londres ayer y la tentativa de Amberes de hoy, me he dado cuenta de que esa idea aparentemente absurda y exagerada encierra algo mucho más temible.

Lo que me ocurrió no es más que el síntoma de un miedo que poco a poco se está instalando en todos nosotros. Un miedo sobre horrores que siempre vemos lejanos pero que en nuestro interior sabemos que pueden ocurrir dónde, cuándo y a quién sea. Y es eso precisamente lo que los terroristas pretenden. Que el miedo y la desconfianza se conviertan en algo latente y cotidiano. Algo que puede estar ahí a la vuelta de la esquina cuando salgas a la calle a hacer un mero trámite, a comprar el pan o a recoger a tu hijo del colegio. No tanto porque puedas morir, ya que por pura probabilidad sabemos que es difícil que nos toque a alguno de nosotros. El mundo nunca ha sido un lugar seguro, ni antes ni ahora. Pero es como si este hecho pareciera ahora resultar más evidente. Y esto es así porque esos pocos muertos que consiguen los terroristas tienen un efecto expansivo en la mente del confiado ciudadano occidental.

Porque aunque sea muy pequeña la posibilidad de que podamos llegar a convertirnos en víctimas, hace germinar el sentimiento de que ya no podemos estar seguros en ningún lugar. Y eso es el auténtico terror. Es pura guerra psicológica.

Y la están ganando.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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