17 de mayo del 2018
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Emile Ciorán fue un peculiar filósofo rumano nacido en Rasinari en 1911 y muerto en París en 1995. En España vestía un ostracismo más que considerable hasta que Fernando Savater lo recuperó en un ensayo. Desde entonces se ha reeditado su obra, principalmente en el sello “Marginales” de Tusquets Editores. Considerado, a veces, como el poeta de la descomposición, de la podredumbre y del vacío que amenaza todas las actitudes humanas, no es, desde luego, la lectura que un psiquiatra avezado recomendaría a sus pacientes deprimidos. Por si fuera poco, su carácter fragmentario y poco sistemático constituiría el tormento de toda terapia cognitivo-conductual, destinada a situar al paciente dentro de un esquema de conocimiento y de conducta.

Pese a ello, Cioran tiene el valor de poner de manifiesto que vivir no supone siempre aceptar unas reglas que nos vienen impuestas desde sistemas tautológicos que, en cualquier caso, pueden cuestionarse, ¿por qué no? Considera que “un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo o de otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle”.

Valgan como azotes bienintencionado las siguientes máximas que extraje de su obra “El ocaso del pensamiento” [1].

  1. La poesía solamente es el instrumento de un narcisismo fúnebre (vaya azote para el poeta)
  2. De los hombres me separan todos los hombres (de vez en cuando pasa)
  3. La infelicidad es el estado poético por excelencia (cierto)
  4. La muerte misma de un filósofo se asemeja a una geometría descompuesta, mientras que el poeta, al llevar la tumba consigo desde que empezó a vivir, ha muerto antes de la muerte. El núcleo interno de la poesía es un fin anticipado (brutal)
  5. Estás solo siempre con respecto a ti mismo, no con respecto a otro (gran frase)
  6. En otros tiempos los mortales gritaban, hoy se aburren (es verdad, nos aburrimos de todo y necesitamos constantemente novedades)
  7. Toda lucidez es consecuencia de una pérdida (y toda locura también, añadiría yo)
  8. Los hombres exigen tener un oficio. Como si el hecho de vivir no fuera ya uno, ¡y el más difícil! (El estado nos tendría que cotizar por vivir)
  9. Quien no conozca la tentación es un fracasado. Por ella vivimos, por ella nos hallamos en el interior de la vida.
  10. El hastío: tautología cósmica.
  11. La infelicidad sólo se encuentra en un temperamento esencialmente contradictorio (como decía Marguerite Yourcenar: “Qué aburrido hubiera sido ser feliz”)
  12. En un simposio que reuniera a Platón y a los románticos alemanes se diría prácticamente todo sobre el amor. Sin embargo, lo esencial lo tendría que añadir el diablo.
  13. Todas las preguntas se reducen a esto: ¿cómo puedo no ser el más infeliz?
  14. La neurastenia: momento eslavo del alma.

¿A que nos produce cierto trastorno leerlo? Conviene de vez en cuando.

 

 

Referencias

  1. Cioran, E. M.,”El ocaso del pensamiento“, Marginales, 1.ª, vol. M 140: Tusquets editores, pp. 312, 1995.
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David Condis Almonacid. Escritor y letrado de la Seguridad Social. España no puede caer en una espiral autodestructiva. Replicar forma parte del proceso dialéctico que debe conducirnos a soluciones equitativas.

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