28 de marzo del 2017
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¿Sabía usted que hoy 1.300 millones de personas en el mundo carecen de acceso a electricidad? ¿O que fallecen anualmente más personas de forma prematura por enfermedades atribuibles al uso ineficiente de combustibles sólidos para cocinar que las víctimas sumadas del SIDA y la malaria? ¿Recuerda haber oído hablar o leído en los medios algo al respecto recientemente? Las cifras son demoledoras, la falta de atención que recibe esta coyuntura; también. 

Disponer de energía determina en gran medida tener acceso a una vida digna. Es imprescindible como fuente de calor, para la iluminación, para los procesos productivos y un amplio etcétera. Si bien no debemos cometer el error de pensar que toda demanda de energía es eléctrica o que la electricidad garantiza todas las necesidades básicas, no es menos cierto que existe una correlación entre nivel de ingresos y acceso a la energía moderna. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) redactados por la ONU reconocen la contribución de la energía en la erradicación de la pobreza y el logro de los ocho objetivos planteados.

La región subsahariana es sin duda alguna la más desfavorecida en cuanto a acceso a la energía eléctrica, pero no la única. Pakistán, India, Indonesia… China si tenemos en cuenta el volumen de población más que el porcentaje, adolecen de una cobertura eléctrica escasa o inexistente especialmente en el medio rural. La carencia de esta energía lleva a las poblaciones y a las familias a consumir biomasa sólida –leña, carbón, excrementos animales o residuos agrarios- para poder cocinar, calentar agua, etc.; este consumo tradicional de biomasa puede acarrear severos efectos sobre la salud, ya que la inhalación de las emisiones producidas en el proceso de combustión en viviendas mal ventiladas puede ocasionar a la larga enfermedades como neumonías, cardiopatías isquémicas, accidentes cerebrovasculares y otras. En el año 2012 perecieron 4,3 millones de personas a causa de la contaminación del aire interior en las viviendas. Mujeres y niños, que pasan más tiempo en el hogar, son especialmente susceptibles.

Los ODM en el horizonte 2030 tienen como misión lograr el 100% del acceso a la electricidad, un enorme reto cuyos principales escollos no son como podría pensarse el aumento de emisiones de efecto invernadero o el impacto sobre el medio ambiente; en gran medida en el medio rural esta cobertura se realizaría mediante micro-redes alimentadas por energías renovables. Los cálculos arrojan que la generación global de energía tan solo debería incrementarse en un 2,9% y las emisiones de CO2 en torno al 0,8%. El problema, por ende, es más bien de político y de voluntad. Quizás la perspectiva más “aterradora” –y más invisible si cabe en el debate- que surge al abordar esta coyuntura sea sin duda la de los cambios que conllevaría a nivel estructural un aumento en el nivel de vida de las regiones más desfavorecidas, sin ir más lejos en la balanza de importación/exportación de recursos y bienes de consumo. Si nuestras sociedades se nutren de las materias primas y la mano de obra barata de estas regiones, ¿cómo vamos a lidiar con esta contradicción? Resulta evidente, como diría Mujica, que el ser humano aún no ha aprendido a pensar colectivamente como especie y es incapaz de afrontar con garantías cuestiones de semejante calado. En cualquier caso, la concienciación social y la presión que ejerza el conjunto de la población serán sin duda alguna elementos indispensables para ejercer de palanca de cara a la consecución de un cambio de paradigma en este plano.

En el corto y medio plazo, la distribución de cocinas eficientes que ya se está llevando a cabo en estas regiones auspiciada por diversas ONG’s puede mitigar el problema. Estas cocinas son más eficientes y consumen menos leña, por lo que alivian la presión sobre la cobertura forestal; también canalizan los gases que se producen en la combustión para no comprometer la salud de las personas. En una perspectiva más amplia sin embargo aumentar la cobertura eléctrica es indispensable, para ello debemos también ejercer la pedagogía, ya que en el medio rural y subdesarrollado existe una evidente pulsión entre la no injerencia en las costumbres de los habitantes y la necesidad de favorecer una transición energética. Es preciso –y así lo reconocen los gobiernos- aliviar la presión sobre la superficie forestal que ya desaparece a pasos agigantados en países de la región subsahariana, en los cuales cerca del 70% de la energía primaria proviene del uso tradicional de biomasa; pero las costumbres no pueden ser implantadas con la sencillez con la que trasladamos un esqueje a otra maceta.  No podemos ni debemos pretender cambiar los hábitos cotidianos de estas poblaciones de un día para otro y que se gestione el recurso forestal de un modo sostenible y por eso, aducía, el reto pedagógico posee al menos tanta relevancia como el técnico.

Nyumbani Village, en Kenia, es una población que nace para dar cobijo a niños huérfanos víctimas de la pandemia de VIH/SIDA. La visión de este proyecto concebido como una “eco-aldea” es muy interesante: los niños conviven con los abuelos en 100 viviendas y poseen escuela primaria y secundaria, atención médica, así como una serie de talleres (textil, de metal y de madera) donde aprenden un oficio posteriormente. El objetivo es que en el largo plazo Nyumbani sea totalmente auto-sostenible, por ello se trata de dinamizar su economía, se producen alimentos y también energía mediante una micro-red instalada por Energía Sin Fronteras que se nutre de paneles solares fotovoltaicos y que a su vez integra un generador diésel para cuando se precisa un aporte extra de energía.

Otro proyecto anexo en esta misma población, Trees 4 Children, se retroalimenta de este marco y está plantando un bosque que contendrá 300.000 árboles de la especie autóctona Melia Molkensii cuya madera, muy demandada en la región, generará ingresos y también se trabajará en el taller politécnico para fabricar muebles y aportar valor añadido. No solo eso, en dicho bosque se están probando y desarrollando técnicas de intercultivo; básicamente entre las hileras de árboles se plantan también comestibles, los Melia protegen de la insolación a estas plantaciones y cuando les suministramos nutrientes también son aprovechados por los árboles. Incluso una parte de las plántulas (semillas ya germinadas) de Melia que se están obteniendo en el invernadero se venderán para generar ingresos, ya que la propagación de esta especie requiere de cierto bagaje técnico y es muy fácil comercializarlas. Se trata a fin de cuentas de un bello proyecto de desarrollo íntegro que dota de energía, empleo y a la postre auto-sostenibilidad a la población local.

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Mario Siles García

Ingeniero, escritor, pintor por hobbie y activista por necesidad. En definitiva, un hombre renacentista que aúlla desubicado en plena era de la especialización.

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