22 de agosto del 2017
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La 2 de tve está brindándonos la oportunidad de revisitar películas españolas muy interesantes, algunas históricas como por ejemplo, Esquilache. La dirigió la gran Josefina Molina, que contó con un espectacular elenco de actores que en el año en que se estrenó, 1988, era de los más significativo y prestigioso que había en el panorama cinematográfico español: Fernán Gómez, Marsillach, Concha Velasco, Amparo Rivelles, López Vázquez, etc.

La película está basada en una obra de teatro de Buero Vallejo titulada Un soñador para el pueblo, y recoge los momentos más duros que vivió el Marqués Esquilache en una España decadente y analfabeta, dominada por una nobleza opulenta y derrochadora, que sufría la influencia negativa de una religión dominada por unos clérigos corruptos que no querían perder sus privilegios.

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El rey Carlos III trajo a Esquilache a España. Lo conoció cuando gobernaba Nápoles con unas políticas modernistas en la línea de lo que después se llamó despotismo ilustrado y que representaba un tipo de política ilustrada muy en boga en los siglos XVIII y parte del XIX. Cuando Carlos III llegó a España en el año 1788, se trajo a un puñado de consejeros, entre ellos a Esquilache, con el ánimo de aplicar unas políticas de cuño liberal y desarrollistas para un país atrasado, analfabeto, con grandes problemas de pobreza y subdesarrollo, y muy bloqueado por el régimen eclesiástico, que más que aportar restaba al despertar de una nueva sociedad.

La labor del equipo de Carlos III se notó, sobre todo, en Madrid, donde Sabatini ideó un tipo de ciudad más moderna revistiendo de empedrado sus calles. Trajo consigo saneamiento, alumbrado y numerosas obras públicas que acabaron siendo emblemáticas. Incluso con el ánimo de prevenir la delincuencia, se decretó el recorte de las vestimentas (de las capas), lo que provocó el llamado motín de Esquilache, una rebelión del pueblo financiada por la nobleza y apoyada por el clero para echar a Esquilache y, de paso, acabar con las políticas reformistas que se habían iniciado y que estaban mermando los privilegios de la nobleza y el clero, y frenando la modernización de Madrid y del resto de la nación.

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Una vez más España dejó pasar el aire fresco de las reformas y de la modernización.

Las fuerzas dominantes de la nación no soportaron que se actuará contra sus prebendas y privilegios, y auspiciaron, por medio de agentes sobornados, la rebelión de lo que entonces se denominó el populacho, que consiguió que el rey, en contra de su voluntad,  prescindiera de Esquilache y lo mandara al exilio.

Antes de salir para Italia dejó escrito aquello de: «yo he limpiado Madrid, le he empedrado, he hecho paseos y otras obras… que merecería que me hiciesen una estatua, y en lugar de esto me han tratado  indignamente».

Después vendrían otras oportunidades históricas que pasaron por nuestras narices y no supimos aprovecharlas, siempre porque unos sectores privilegiados se arropaban en la bandera de la España y los valores patrios para conservar su status quo. Al final acabamos sabiendo que su única patria es su bolsillo, y que siempre tendrán su capital en Suiza o en alguna sede panameña a buen recaudo. Pero, eso sí, antes presumirán de ser los defensores de la España eterna, aunque sea la subdesarrollada y cateta, la desigual, la torpe, la boba.

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La historia de Esquilache nos presenta, una vez más, el eterno conflicto entre las dos Españas de siempre, la que apuesta por soluciones progresistas, más abiertas y solidarias, en las que las diferencias económicas entre el pueblo no sean tan abismales; y la más conservadora, que conspira para mantener lo de siempre, donde no se altere demasiado el actual estado de las cosas. El problema es que la opción conservadora siempre acaba ganando el pulso porque, entre otras cosas, tiene a su favor a los sectores más pudientes de la sociedad y, en momentos como los actuales, a muchos de los medios periodísticos que crean un estado de opinión ciertamente difícil de contrarrestar.

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.

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