19 de noviembre del 2018
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Siempre me ha interesado la figura de Iván Redondo, el Jefe de Gabinete de Pedro Sánchez, más que por la figura en sí misma, por todo las preguntas que me suscita su actividad.

Me explico, Iván Redondo es un asesor, spin doctor, tertuliano y analista político que pasó de asesorar a Jose Antonio Monago o ser responsable de las campañas xenófobas de Xavier García Albiol en Badalona (se cuenta que captó el tono de sus necesidades acudiendo a los bares de la población barcelonesa a escuchar a los vecinos y vecinas), a ejercer de columnista regular en The War Room, colaborar como invitado en Fort Apache y, finalmente, a idear el salto a la Moncloa de Pedro Sánchez como asesor independiente y establecerse como Jefe de Gabinete. Una carrera, cuanto menos, trepidante, en esta política de tiempos acelerados que vivimos desde hace un lustro.

El caso que nos ocupa nos lleva a pensar, ¿dónde se encuentra los límites de la profesión, la pasión y la ética? ¿Se puede admirar la campaña de Trump, redactarle los argumentarios a un corrupto a cambio de un generoso sueldo, debatir sobre política internacional con la izquierda y, al mismo tiempo, ejercer como estratega de un partido histórico o de jefe de gabinete de un gobierno, en el que debería primar el interés de la ciudadanía? ¿Se puede considerar como parte de un negocio -un acuerdo privado- un puesto de responsabilidad estatal que atañe a numerosos ciudadanos? ¿Se puede tratar las cuestiones de nuestro día a día como si de marketing político se tratara, jugar con nuestro pan por un punto más de intención de voto? ¿Se convertirá cada decisión de calado en una manera de fortalecer la imagen del presidente? ¿Lo hará este último por convicción o por cálculo electoral? ¿Primarán en el gobierno decisiones en relación a nuestras necesidades o a las necesidades de un informe interno que hace cálculos para permanecer en el poder? ¿Se puede pasar de ejercer entre bambalinas a un puesto de responsabilidad pública? ¿Es tan sencillo pasar de un sueldo privado a cobrar del erario público en esta tesitura?

¿Cuando Iván Redondo comparece en el Congreso y dice que la seguridad nacional ha de ser una política de consenso, de estado y que una a todos, quiere decir eso o quiere decir que la seguridad nacional ha de ser así porque es bueno a nivel de imagen?

Decía Pablo Iglesias, cuando entrevistó a Iván Redondo en La Tuerka, que este último era “un spin doctor muy especial. Culto, rápido, sensible. Es una pena que siempre haya trabajado para nuestros adversarios”.

Es cierto que Iván Redondo es culto y rápido -tiene olfato, capacidad de análisis, es intuitivo, ahí están los golpes de efecto de los primeros días del gobierno de Sánchez-. Lo que es más discutible es que sea sensible, sensible al menos a todos los dilemas morales que podría provocar una carrera como la suya. Una persona sensible se vería afectado por los problemas de todos los extranjeros que llegan a nuestro país a buscarse una vida digna, una persona sensible sería intolerante ante el hedor de la corrupción o se preguntaría sobre los vaivenes ideológicos y consecuencias sociales que para miles de familias provocan sus acciones. Una persona sensible pensaría en todo lo que genera desahucios, desigualdad u odio.  

Una persona sensible, sospecho, diría que no a algo que perpetuara todo aquello.  

Una persona sin grandes escrúpulos no se vería afectado y entendería la situación como una oportunidad, una carrera excitante, en primera línea de todo cuanto acontece a nivel mediático.

Es posible que en la alta política, sus líderes y cabezas pensantes necesiten rodearse de profesionales excepcionales, y también es probable que sea la manera de obtener mejores resultados, pero Redondo ejemplifica todo lo que no quería Podemos en política. No es una pena que Iván Redondo no esté en Podemos, es una alegría. Podemos enarboló un discurso donde prometía actuar para la gente corriente, pero sobre todo, con la gente corriente. Y hablaba de unos políticos con vocación de servicio público, temporales y reemplazables, pues contaban con otras profesiones, “su verdadero oficio”. Ya saben, gente corriente haciendo cosas extraordinarias. Redondo no es nada de eso, es un profesional de la política que siempre ha vivido en la órbita de los partidos, con vocación de permanencia y afán de lucro.

Si se hablaba de la humanización de la política es porque se quería hacer política pensando en un mundo más justo e igualitario, independientemente de sondeos, encuestas de opinión o rankings de popularidad. Hubo un tiempo en que parecía que la nueva política venía a desinfectarnos de ese tufo constante a negocio que tenía la política, con sus ideólogos estrellas, egos descontrolados, cálculo de sillones y cabezas decididas a ejercer técnicas de manipulación masiva.

Pero no, todo eso ha mutado y se ha hecho más sutil e inteligente, se camufla con neolenguaje, volviéndose invisible para tanta gente que termina quedándose ahí, en primera línea, decidiendo sobre nuestras vidas como quien juega con un juguete roto. Queda tanto por recorrer después de todo lo recorrido, que se pregunta uno si esta larga maratón tiene un final, si esto, alguna vez, será de otra manera.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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