21 de septiembre del 2018
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La edad de oro de las series, como popularmente se le conoce a este último lustro de producción televisiva, ha llegado definitivamente a España. Producciones como La cárcel de papel, La peste, El día de mañana o la que vamos a hablar ahora, Fariña, así lo corroboran. Hacían falta producciones de este calibre, con aspiraciones de masas, pero también con una gran factura técnica e interpretativa para que la ficción española diera un salto de calidad. La recreación de una costa gallega abandonada institucionalmente y la tentación de una solución instantánea para todos sus problemas es, sencillamente, sensacional.

En Fariña, basada en el libro de Nacho Carretero que fuera temporalmente secuestrado por la orden de una jueza, se relata la operación Nécora, con la que la guardia civil, el fiscal antidroga Javier Zaragoza y el juez Baltasor Garzón abrieron la veda para combatir el narcotráfico gallego. Con una cuidada producción y atención al detalle (los acentos, las caracterizaciones de los principales protagonistas, los emplazamientos, la fotografía), esta Galicia entonces clandestina es hoy foco de atención en todo el mundo.

Como ya sucediera en Los Soprano, Breaking Bad u Ozark, la narración relata el mito y caída de uno de sus principales cabecillas, Sito Miñanco, el mítico narcotraficante gallego. A su alrededor, a la manera de Toni Soprano, todo un entramado de clanes con sus diferentes patriarcas, cómplices y esbirros.

Pero a diferencia de las series estadounidenses anteriormente citadas, Fariña se enclava en un periodo histórico fundamental para entender la entrada de droga en España y el drama que desató en los años ochenta en este país, y se establece como el reverso tenebroso de Cuéntame. Un vacío legal que desató una invasión en forma de marea blanca, la fariña. En ese sentido, solo Narcos aguanta la comparación de fluctuar con éxito entre la realidad y la ficción. No es casualidad, Sito Miñanco tuvo como referente directo o indirecto a Pablo Escobar, y aunque en Galicia reinó durante algunos años un pacto no escrito contra los delitos de sangre, la manera de ganarse a su entorno de forma populista y hacer uso de su fortuna para comprar voluntades y adhesiones, recuerdan a la del narco colombiano.

Otra característica que comparte Fariña con algunas series contemporáneas, es la de presentar a su protagonista con luces y sombras, obligados por las circunstancias a delinquir (en Breaking Bad era una enfermedad, aquí la marginación y pobreza) con valores en franca decadencia, creando un aura de oscura fascinación en torno a su figura. En Fariña, si bien la mayoría de los jefes de los clanes (Manuel Charlín, Laureano Oubiña, Terito o los narcos colombianos) son presentados como farsantes, demagogos y, en definitiva, delincuentes, Sito Miñanco hace gala de lealtad y misericordia en muchas de las escenas excelsamente intepretadas por Javier Rey. De ahí el debate que surge en torno a la peligrosa atracción que los Narcos pueden producir entre la adolescencia.

Los conflictos adyacentes al narcotráfico terminan de ensalzar entre thriller histórico para la ficción española, justo cuando más se aleja de la ficción. La corrupción política de Alianza Popular, la putrefacción de las instituciones públicas -que también relatara Crematorio-, la compra de funcionarios estatales, la marea de muertos que provocó la droga, el surgimiento de Erguete bajo el liderazgo de Carmen Avendaño, son elementos que ayudan a entender las raíces de muchos problemas de nuestra sociedad, algunos sospechosamente vigentes.

Sin renunciar a su naturaleza multitudinaria, la serie sobre el narcotráfico gallego marca la cúspide de una época de excelentes producciones que ojalá conozca pronto más y mejores episodios. Patria, basada en el Best Seller de Fernando Aramburu, con el país vasco y el terrorismo de ETA como protagonistas, ya se avista a lo lejos de la mano de la HBO.

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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