25 de junio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hace años yo era un machista. Sin medias tintas. Hacía míos esos argumentos típicos de cuñaos del estilo “yo no creo en el feminismo ni en el machismo, creo en la igualdad” o “la brecha salarial no existe, las empresas eligen a las personas más cualificadas según el puesto laboral“. Teorías heteropatriarcales que se sueltan alegremente, que apenas tienen profundidad y que consiguen un respaldo popular rápido e irreflexivo. También manifestaba comportamientos machistas con las mujeres propios de mi educación clásica y tradicional al más puro estilo postransición. Y así transcurría mi vida hasta aquel 15 de Mayo de 2011.

El maravilloso 15 de Mayo me trajo un interés insólito por la política, que si bien siempre lo había tenido, aunque quizás algo adormecido, ahora despertaba en mí un cariz activista. La pregunta, alentada por mi situación familiar y sociolaboral, era clara: ¿Por qué no tenemos todas las personas las mismas oportunidades? Esa cuestión me la planteaba en términos generales, pero también en una esfera muy concreta: en mi relación —y la de los hombres— con las mujeres.

Es una evidencia histórica que las mujeres han sido el género maltratado, silenciado, arrinconado, frecuentemente humillado y que ha vivido en desventaja durante la mayor parte de nuestra historia, por no decir siempre. Cada avance se lo ha tenido que ganar palmo a palmo, a contracorriente, logro a logro, con sufrimiento, inteligencia, organización y lucha colectiva. Coyuntura similar la han sufrido las personas homosexuales, de raza negra o con diversidad funcional. Imaginaos que alguien combina varias de estas características. Son colectivos que parten con desventaja sobre el hombre blanco heterosexual que se rige por las normas que una élite blanca y hererosexual les dicta. Es decir, que yo parto con ventaja sobre muchas personas a muchos niveles.

Vivimos en un incuestionable y asfixiante patriarcado. Desde hace años vengo fijándome en las esferas de poder y prácticamente todas las que observo están dominadas por hombres. Desde la izquierda más rupturista a la derecha más rancia y tradicional, mandan los hombres. A nivel social, político, deportivo, cultural… es exagerado. Cuando ves las cosas con las gafas violetas sientes el espanto, la desigualdad, la injusticia.

Sin embargo, cuando hablo con algunos amigos no politizados, ellos no lo sienten así. Me ven como un bicho raro por empatizar con la causa feminista. Hablan de modas, de idiotez, de histerismo. Alguno, en un momento nauseabundo me ha llegado a decir: “Dices esas cosas porque está intentando ligar, ¿verdad?“.

En fin, que para terminar con estos especímenes el feminismo es necesario, como lo es para construir una sociedad más justa e igualitaria. Y sobre todo, es INDISPENSABLE para frenar la sangría de asesinatos que se producen en España cada año. La violencia machista es insoportable. Además, el feminismo el único movimiento reivindicativo que sigue en alza y que está poniendo en jaque al sistema sin ningún tipo de complejos. Ha resistido mejor que cualquier movimiento social involucrado en el 15M y podemos considerarlo, sin temor a equivocarnos, como uno de los grandes motores del cambio. El feminismo fue capaz de derrocar a Gallardón, amargarle las europeas a Arias Cañete o la investidura a Trump. El feminismo es rock and roll político, es reivindicación, lucha, solidaridad y cambio.

Sin embargo, y pese a que el feminismo es un modelo a seguir en muchos aspectos, no es precisamente un terreno hospitalario y amable. Sus espacios de debate, sobre todo en las redes sociales (sucede menos en persona), son auténticas batallas campales en los que se discute con vehemencia, a menudo desde la afrenta. Las propias mujeres reconocen que existen, dentro del feminismo, facciones (minoritarias, afortunadamente) excesivamente puristas, poco abiertas al diálogo y proclives a sentar cátedra. Algunas van repartiendo por el mundo el carnet de feminista.

En lo relativo al trato con los hombres es totalmente lógica la desconfianza de las mujeres. Son siglos y siglos de opresión, de menosprecio, de maltrato… ¿acaso tú confiarías en tu opresor? Además, los hombres reaccionan con especial virulencia cuando ellas les recriminan sus hábitos machistas. Como cuando en Jerez se trató el tema de la cosificación de la mujer y la caverna neandertal salió en tromba a defender la postura heteropatriarcal con cualquier tipo de excusa.

Volvamos a mi experiencia; tras una época muy interesado en la causa feminista, y haber participado en numerosos actos violetas (charlas, talleres, concentraciones, etc) aprendí, según el propio prisma de la mujer, que el hombre debe relegarse a ser un acompañante en la causa. Ni más ni menos. Es totalmente razonable que una mujer defienda que un hombre no debe abanderar ni protagonizar la lucha por la igualdad. Ese espacio de liderazgo debe estar, obviamente, reservado para las mujeres.

Hasta ahí bien, todo lógico y sensato. El problema, a mi entender, aparece cuando en los foros de debate se invalida la opinión del hombre por el hecho de proceder de un hombre. La opinión y los conceptos, per se, no tienen género y en ese espacio de debate recibir una teoría con prejuicios empobrece. Aquí es cuando entra ese término tan suprautilizado llamado mansplaining. Según la wikipedia, la palabra mansplaining es un neologismo anglófono basado en la composición de las palabras varón y explicar, que se define como “explicar algo a alguien, generalmente un varón a una mujer, de una manera considerada como condescendiente o paternalista“. O lo que es lo mismo, se produce cuando un hombre pretende dar lecciones a un mujer sobre la igualdad.

He perdido la cuenta de las veces que me han acusado de mansplaining (prometo que me lo haré mirar). Tantas veces lo han hecho que mi interés por temas de género ha descendido notablemente. Hoy día no me apetece participar en debates ni nace de mí acudir a los eventos feministas. La acusación de practicar el mansplaining te incapacita como interlocutor pues no te ofrece el derecho a réplica. Recuerdo haber rebatido argumentos muy imbéciles que no había por donde hilarlos y ser acusado de mainsplainer, y a veces, cuando el debate llegaba a su punto culmen, de algo peor, de intentar dar lecciones a las mujeres. Yo, que soy un recien llegado a la política.

A veces me pregunto si no será el mansplainig un comodín para sellar cualquier debate de género con un hombre.

Pienso que el feminismo podría construir mejor desde la empatía, la comprensión y el calor, y que ciertos movimientos feministas se exceden en las formas. No obstante, sus razones tendrán. En cualquier caso, y volviendo al papel del hombre en la causa feminista, insisto en ese teoría del segundo plano y subrayo su rol como acompañante, como aliado, como cómplice en la batalla contra el neoliberalismo, contra el conservadurismo y el heteropatriarcado.

Al igual que en otras luchas sociales, que a menudo son transversales, y que también son necesarias e interesantes (como la causa LGTB, la de la diversidad funcional, los refugiados, el racismo, etc) un hombre heterosexual y blanco no es la persona más idónea para encabezar las reivindicaciones. Serán ellas, las mujeres, las que dicten cómo, cuándo y dónde. Y la verdad es que es de una lógica aplastante. Para liderar una causa es indispensable tener ese punto extra de empatía que te otorga la pertenencia.

Por tanto, no me considero una persona feminista (aunque en el pasado lo hiciera) pero sí me considero un simpatizante con la causa. Desde la humildad, el aprendizaje y la distancia. Es el rol más lógico, racional y confortable.

Si me preguntan qué haría si fuese una activista, apostaría por un feminismo radical, social, transformador, con conciencia de clase e imaginativo. Pero no lo soy. Serán ellas, las mujeres, las que elijan el camino a seguir. Echando la vista atrás, el que llevan caminado hasta el momento es, sencillamente, incontestable.

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.
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    Una Réplica

  1. t&t

    Las alianzas con asociaciones radicales feministas y animalistas, no suman, al revés: restan. No es un 1 + 1 +1, es un 1 -1 -1… Está pasando ya y nadie quiere admitirlo, cuando se quiera levantar la voz y dejar de ser “incorrecto”, será demasiado tarde para la izquierda

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