30 de abril del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El mundo real es tan incomprensible que se ha vuelto imprescindible recurrir a la ficción para entenderlo. Éste es probablemente uno de los aforismos más llamativos de los últimos años y es que las incoherencias entre los anuncios y los hechos de numerosos gobiernos, el contraste entre el conocimiento general y la incoherencia de nuestras conductas diarias, son a veces demasiado difíciles de digerir.

Las paradojas crecen, se extralimitan, y nos zarandean con mayor fuerza. Un reciente ejemplo: un presidente como Trump quiere posesionarse como el presidente de todos los americanos después de haber increpado a media nación y alentado al racismo. Algo revulsivo.

En ese contexto precario, el análisis de las figuras literarias nos ayuda a leer entre las líneas y entender en qué parte del relato nos encontramos. Ya sabemos que es mejor leer a tiempo las conclusiones, que concluir a tiempo que hay que leer. Esto es un retruécano creado por el mismo autor. Pero miremos la actualidad, pongámosle palabras y entenderemos que decir “Make America great again” (Que América vuelva a ser grande) es un pleonasmo peligroso revelador de grandes desbordamientos y tropiezos en el futuro, cuando justamente el país norteamericano parecía haber tomado un liderazgo hábil y equilibrado.

Los cambios son tan rápidos, nuestras conclusiones tan apresuradas, el espacio para pensar tan limitado, los titulares de periódicos tan frívolamente –y capciosamente– escogidos, la incitación al consumo tan exagerada, la dualidad entre “oficialismos” y “subversivos” tan marcada, que sólo a través de ella, la literatura, podemos entender por dónde nos lleva esa trama frenética e insondable que es la actualidad.

De una manera parecida, el inolvidable eufemismo “España va bien” era una simplificación de un presidente caricaturesco que llevó el país a una guerra (la de Irak) en contra de grandes manifestaciones del pueblo. E ir en contra de las voluntades, nunca es bueno. El resultado puede verse hoy: una región entera destruida por los bombardeos, y la mayor crisis de refugiados desde la Segunda guerra mundial.

Cuando algunos expertos explican que “Europa no va por buen camino”, una litote ya muy popular, están reconociendo que la Unión Europa está peor que nunca y que no se construyó nunca desde el principio de identidad o solidaridad social, sino desde el concepto meramente comercial o financiero. Pero eso no se atreverán a reconocerlo. Y los que vendrán después con discursos populistas para aprovecharse de la situación se adueñarán de las hipérboles, y dirán: “Yo ya lo dije un millón de veces: Europa estaba muerta antes de haber nacido”. 

Las figuras de estilo son también, y sobre todo, los recursos que tiene un escritor para escribir su historia (o darle el efecto que él quiera). Así podremos entender que ciertas figuras literarias son forzadas (o mal empleadas). Dos simples ejemplos: en Colombia, el electorado se pronunció en contra de la paz porque el gobierno no supo nunca socializar su acuerdo y porque tampoco consiguió alentar el ciudadano de a pie a salir y votar por el fin del conflicto. De algún modo, el presidente Santos se enredó en el texto de su propia aventura. Por otro lado, en Gran Bretaña, el primer ministro no supo leer ni la realidad ni los tiempos dentro de su partido, y se comprometió con un referéndum que ahora no sólo afecta su país, sino todo el continente europeo. Grave ironía. Aquí deberíamos recurrir a un apóstrofe: “¿Qué hiciste para caer tan bajo?”. O una deprecación como “¿Señor, y quién salvará Europa?” (porque la llegada de Trump tampoco es esperanzadora).

La guerra es fuente de numerosas figuras de estilo, todas ellas escandalosas en el fondo. Las potencias occidentales inventaron “la guerra limpia”, un oxímoron despreciable para justificar injerencias de mal gusto y desviar la mirada de la opinión pública. Ninguna guerra es limpia. O peor todavía, “la guerra preventiva”, una especie de prolepsis difícil de justificar que se emplea para aniquilar un enemigo que molesta (y no tener ningún cargo de consciencia por ello). Y de todas estas formas de guerra nació un eufemismo empleado con mucha facilidad en los medios de comunicación: “los daños colaterales” (como si la destrucción de hospitales, escuelas y niños fuese algo inevitable).

La actualidad nos enseña que hay que desconfiar de las metáforas. Las metáforas se corrompen. La prueba es “la primavera árabe”: una revolución supuestamente nacida de las redes sociales, que debía liberar a los pueblos oprimidos y que terminó siendo un baño de sangre, una gran desilusión, muchas veces debido al intervencionismo occidental.

La corrupción es el gran problema. Es el problema que afecta a todos los continentes. Y este hecho salta a los ojos. Se ve desde la luna (y esto no es una hipérbole).

The following two tabs change content below.

Johari Gautier

Periodista y narrador franco-español nacido en París (Francia, 1979). Autor de los “Cuentos históricos del pueblo africano” (Ed. Almuzara), y las novelas “El Rey del mambo” (Ediciones Irreverentes) y “Del sueño y sus pesadillas” (Ed. Atmósfera Literaria).

Últimas entradas de Johari Gautier (ver todo)

Tags: , , , ,

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para ofrecerte una experiencia de usuario óptima. Si sigues navegando estás dando tu consentimiento a nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies