26 de mayo del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Tú crees que la democracia consiste en elegir qué quieres ver en la televisión, poder escoger un programa de tu agrado entre decenas de propuestas, pero qué sucede cuando todas las propuestas son en realidad la misma con ligeros, ligerísimos, matices. Puedes buscar en el último de los canales de la TDT un espacio que te considere algo menos idiota que Tele5, pero tu capacidad para ejercer la libertad de elección queda reducida a poco más que una constatación: todos somos idiotas en mayor o menor medida.

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Siempre puedes apagar el televisor. Y votar a Le Pen.

Le Pen

Le Pen, si la votas, estás fuera de juego.

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Houston, tenemos un problema. Y no es un problema de comunicación precisamente. Si algo no funciona es nuestra responsabilidad, nuestra y de quien nos gobierna, encontrar modelos alternativos que mejoren lo que conocemos, pero tu voto no sirve para alcanzarlos. Tu voto legitima el grado de idiotez que estás dispuesto a soportar durante los próximos cuatro años y en España, los ciudadanos tenemos una capacidad de resistencia muy elevada. Si aguantamos cuarenta años a Franco, cómo nos va a importar que nos llamen idiotas a través de una televisión de plasma después de cada consejo de ministros.

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Nada tan antiguo como las banderas y, a la vez, nada tan útil. La izquierda renunció a las banderas y los ciudadanos entendieron, ayudados por los medios de comunicación y los partidos del “centro” del espectro político, que no amaban a su país, a su prójimo. A ti y a mí. Alguien que no quiere a su país no merece vivir en él. No merece los mismos derechos, las mismas leyes ni las mismas oportunidades. Merece la expulsión y, en última instancia, la purga. Necesitamos compartir una visión, por efímera que parezca, que nos iguale un poco (la igualdad fue el gran objetivo de las izquierdas hace tiempo). Nada hay más igualitario que una victoria en un mundial de fútbol, incluso que un codazo en la nariz de Luis Enrique, para sentir que formamos parte de un todo que sufre y celebra a la vez, en mayúscula fraternidad. Aquellos que no se emocionan con los símbolos no los merecen. Ni a ellos. Ni a nosotros.

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Banderas

El Roto es un viñetista que ha tratado muchas veces los nacionalismos.

Ejercicio de conciencia:

Coloque sobre una mesa un montón de billetes (los que sea capaz de reunir en este momento. Sepa que la dificultad de este ejercicio aumenta con el peso del dinero). Sujete la bandera de su país por los extremos, con las dos manos. Ahora, sacuda con fuerza la tela y compruebe hasta dónde llegan los billetes. Los suyos. Los nuestros. Si sacude con suficiente potencia alcanzará la frontera de Suiza y entenderá por qué la libre circulación monetaria es más importante que la libre circulación de las personas.

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Queremos formar parte de la historia, que nuestro paso por la vida sirva para algo más que para madrugar, trabajar ocho o diez o doce horas y volver a casa cansado para preparar la cena, acostar a los niños, ver la serie de Antena 3 y quedarte dormido en el sofá antes de las once la noche. Sabemos que nosotros, cada uno de nosotros, servimos para algo más importante que esta vida intrascendente. Por eso alzamos al poder a Le Pen, porque ella nos da la oportunidad de formar parte de la historia. Ella nos ofrece un sitio a la derecha del sillón presidencial, un lugar desde el que comprobar el resurgir de Francia en Europa y en el mundo. El rojo, blanco y azul teñirán cada rincón y cantaremos juntos  la marsellesa como defensa de la grandeza nacional, cómo símbolo de una revolución permanente que, por otro lado, tiene casi 250 años. Pocas cosas hay menos revolucionarias que las vitrinas de cristal con ribetes dorados.

revolucin ajedrez

Pocas cosas menos revolucionarias que la propia palabra: Revolución.

Desde allí arriba, al final de la alfombra de terciopelo rojo, veremos los bombardeos sobre Siria, Rusia, China o cualquier pueblo que se nos ponga por delante. Desde allí asistiremos a la reconquista del territorio, a la expulsión de las minorías, al cierre de las mezquitas, a la defenestración de una clase de ciudadanos que nunca debieron ejercer como tales. Adiós al burca y al Corán. Adiós a los negros y a los rumanos. Adiós a los refugiados y a los extranjeros sin papeles.

Allí no nos salpicarán las bombas que colocarán en el metro de París como respuesta a las nuevas leyes democráticas elegidas por ciudadanos libres como nosotros. Si la cosa se pone realmente difícil, queremos estar cerca de la llave del gas. No me llame cómplice del genocidio, por favor, llámeme ciudadano responsable. O Gerard. Siempre quise llamarme Gerard. Es lo suficientemente afrancesado para que no vengan a por mí.

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Por favor, que nadie cite a Bertolt Brecht esta noche. Tampoco a Martin Niemoeller. Están pasado de moda.

 

La imagen de portada es del cómic de Max, Vapor.

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Zamora, 1983. Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, trabaja como creativo publicitario. Ha publicado las novelas 25 centímetros (DVD Ediciones, 2010) y El día después (Ediciones Lupercalia) y los poemarios Odio (La Bella Varsovia, 2011) y amor.txt (La Bella Varsovia, 2014). También he coordinado la antología Tiros libres. Relatos de baloncesto (Ediciones Lupercalia, 2014) junto a Patxi Irurzun y Daniel Ruíz García. Colabora con diversas publicaciones y mantiene el blog Una ciudad llamada Perdición.

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