24 de agosto del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



 “Yo pregunto a los presentes
si no se han puesto a pensar
que esta tierra es de nosotros
y no del que tenga más.”
Víctor Jara

 

Desde pequeño, he percibido la palabra frontera como algo negativo. Me sonaba a valla, a verja, a alambres de espinas, a espacio cerrado a cal y canto. Con el tiempo, me supo a arancel, a aduana, a restricciones. Las fronteras desprenden conservadurismo y temor al más allá, parecen proteger de nuestras miserias, huelen, definitivamente, a miedo. El instinto protector del ser humano respecto a sus bienes nos privó del derecho a sentir la frontera como un espacio de crecimiento y a vivir la libertad en su estado más puro. Acotamos nuestras fronteras diciendo que teníamos fronteras. Perdimos, con esa aceptación, parte de nuestra humanidad.

Jose Saramago parodió el significado de las fronteras de manera soberbia en Las intermitencias de la muerte. Qué haríamos si la muerte dejara de existir y nuestros cuerpos vagaran inertes, residuos de sí mismos, sin ton ni son, por este sinsentido al que llamamos vida. Hay demasiada gente viviendo así. Se llevaría las manos a la cabeza el Premio Nobel luso si viera cuánto de real había en sus distopías, y qué pronto se han cumplido sus alertas de forma enmascarada. La Muerte de la novela, antropomorfa y enamorada, podría llamarse hoy Ébola. El Ébola no sería más que una metáfora sobre la metáfora, que viene a constatar cuánto pavor le tenemos al pobre, y cuánto nos enrocamos sobre nosotros mismos cuando creemos que tenemos algo que perder. Nuestro miedo occidental ha costado veinte mil muertos en quince años sólo en este flujo migratorio.

CIE1
En España hay 9 centros en los que se concentran a los emigrantes sin papeles que son detenidos por la policía en su intento de acceder a una vida mejor, 9 espacios que señalan nuestra incapacidad como sociedad. La opacidad de los mismos contrasta con la claridad de la reglamentación internacional, que permite a los inmigrantes pedir asilo allá donde vayan. Ellos ni siquiera lo saben, y tampoco se lo van a decir en el interior de los muros donde habitan, los llamados CIE (Centro de Internamiento de Emigrantes).

Lo que al oído suena casi como un centro social es, en realidad, lo más parecido a una cárcel. En el caso de Barcelona, un mamotreto de insoportable estética en mitad de la Zona Franca, allí donde las empresas acumulan sus mercancías en almacenes tristes como el otoño y fríos como el invierno. Como mercancía, también, se trata a los inmigrantes, absolutamente apartados de la sociedad urbana y civil, condenados al ostracismo, encerrados en un contenedor humano.

Dicen lenguas reivindicativas que son espacios insalubres, lleno de conflictos, que les falta hasta un váter en las celdas, que no pueden ni hacer una llamada y que cuando alguien los visitas (voluntarios de ONG, abogados, personal diplomático), tienen que ir rescatando miradas del medio de la nada, allí donde se refugian los que no tienen derecho a soñar.

CIE2
A las puertas del CIE, un autobús me deja junto a un grupo de amigos en la campaña protesta que se ha denominado “Tancarem el CIE”. En catalán, “Cerraremos el CIE”. He viajado al lado de un senegalés que viene a título personal. Barcelona es capaz de hacer llegar los gritos de la calle a cualquier rincón insospechado, igual que es capaz de hacerse la sorda ante aquello que no le interesa. La protesta aúna más de 80 movimientos sociales, agrupaciones políticas, ONG, movimientos de barrio, entidades vecinales, etc. Al principio me embarga cierto escepticismo, no lograremos el propósito de rodear el CIE como símbolo de protesta, hay apenas cien personas que han llegado en diferentes autobuses y algunos ciudadanos que se acercan dando un paseo. Los mossos nos miran cómo acentuando nuestra ridiculez.

Pero en breve la cosa se anima. Una primera avanzadilla acude con pancartas. Luego un grupo en bicicleta y hasta tres autobuses más. Al final, algo más de quinientas personas que simbolizan la sociedad catalana de base, de un multiétnico y multicultural que espantaría al más puritano.

 

CIE3
Nos encontramos en pleno auge del movimiento social participativo en España, del que han surgido trasvases lógicos y ramificaciones solidarias. “Nunca antes los perroflautas dieron tanto el coñazo”, había leído en el foro de un conocido diario liberal semanas atrás. Y es cierto, la desafección política en el país es tal, que los ciudadanos han ido involucrándose en aquellos movimientos que representaban, en mayor o menor medida, sus deseos, sus anhelos, de una sociedad más justa. A veces, casi cualquier agarradero que por allí pasara. A vuelo de pájaro, distingo a la agrupación del proceso constituyente de Cataluña por una república catalana, los Scouts catalanes (imposible imaginar a los scouts andaluces en un acto así), la batucada de los Diables de Sants, la gente de Can Vies, el movimiento Okupa de Gracia, los Stop Desahucios de Tarragona (en Cataluña, Stop Desnonaments), un centro social de emigrantes El Raval, Podemos de Salt (justo el día de la gran asamblea ciudadana en Madrid, que constituirá las bases de su partido), Frontera Sur y S.O.S Racisme, quizás, la organización que más rápidamente se vincularía a lo que estamos hablando, al margen de los organizadores de la propuesta.

De esta mezcolanza deriva el primer comentario de los portavoces, “la existencia del CIE es inconcebible en un nuevo modelo de país, por dignidad, por vergüenza, por humanidad, cerraremos el CIE”. La multitud contesta gritando: “Tancarem, tancarem, tancarem, les centres de internament”.

CIE5
Es lo que tiene el lenguaje de la calle, que es cristalino, que lo podría entender hasta un perro. Los mossos y el CIE tienen que escuchar a un palmo de sus narices verdades incómodas para todos, que aluden a su decencia, “Hemos esperado 30 años un reglamento que luego ha sido papel mojado”, a su honor, “Son personas indignas, quienes le niegan la dignidad al otro ser humano”, a su capacidad de infundir miedo “no tenemos miedo al CIE, ya conocemos todas sus mentiras, vamos a acabar con ellos”.

Está excepcionalmente bien organizado el acto, tan transparente que sólo falta asaltar el CIE y liberar la libertad. La cadena humana funciona, los cantautores se pronuncian por Víctor Jara y Mercedes Sosa, los jóvenes raperos ponen el grito en el cielo (“un CIE para los monarcas”), los organizadores se miran con una mezcla de rabia y orgullo, mientras los mossos siguen como estatuas humanas a las puertas del CIE. Hay un poso en todo esto, una latencia que indica que se han dado pasos importantes para el cierre de estos espacios de la vergüenza. Todo va bien hasta que un portavoz dice: “Estoy seguro de que allí dentro hay gente que nos escucha”.  

Podría ser, sí, solo que nunca lo sabremos.

No advertirán en esta crónica nada que pueda trascender a la experiencia del emigrante. De los procedentes de África allí encerrados no se sabe nada, ni qué sienten, ni qué necesitan, ni cuántos son, ni cómo se alimentan, ni qué esperan de un futuro que siempre les ha dado la espalda. Sus gritos, sus fobias, sus anhelos, sus urgencias, se ahogan en un vía crucis de 50 días que silencia sus sueños, pero también su derecho a protestar sobre esta gran farsa que Europa ha creado para sentir menos remordimiento. En el autobús de vuelta, converso con una octogenaria que me cuenta el drama que vivió atendiendo a inmigrantes en Almería. “Lo peor es que ni hablan, los pobrecitos”. Supongo que habrá algunas cosas peores, aunque ahora no sabría decirlas, que el hecho de quedarte sin voz, alejado del teatro la vida, sepultado tras un telón de hormigón.

 

Más informaciónTancarem el CIE

 

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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