21 de septiembre del 2018
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Estimado señor Pérez-Reverte,

Me permito escribirle porque, verá, yo fui como Rufián, uno de esos niños a los que le pegaban en clase o temían que le pegaran cuando era pequeño.

Cursé EGB en un colegio problemático del sur de Andalucía con un alto porcentaje de fracaso escolar y gran parte del alumnado viviendo, cuando no directamente excluidos de la sociedad, al borde de la marginalidad. Como bien sabrá, la infancia es el escenario donde se define nuestra personalidad, fijamos nuestros modelos de conducta y patrones de comportamiento. Yo tuve un ambiente familiar modélico, pero un entorno académico difícil.

Vi de todo en el colegio Pio XII de Jerez de la Frontera allá por principio de los noventa. Chicos pegándose a latigazos con cadenas de hierro, alumnos que robaban a los profesores, he visto niñas que no podían elegir si le levantaban las faldas o le tocaban sus partes, he tratado con cantidad de drogadictos que se pinchaban jaco al fondo del campo de fútbol, he presenciado como alumnas se tiraban de los pelos, y a otros escupirse, pisarse, liarse a mamporros y darse donde más duele. He visto cosas que, desgraciadamente, eran muy habituales en determinados colegios marginales en aquella época.

Un año, un alumno conflictivo, un mamotreto de uno ochenta de altura entonces, procedente de una familia desestructurada, la tomó conmigo. Yo era bajito, miope y enclenque.  Y por si fuera poco, empollón. Por ello, me amenazó con pegarme y con robarme, me decía con señas que me iba a rebañar el cuello en plena clase y trataba de poner a los demás alumnos en mi contra. Los profesores, que escuchaban día tras día las amenazas que me profería, no le echaban cuenta. No les culpo, suficiente tenían con un grupo donde sucedían cosas así cada día y donde los profesores llegaron a ser agredidos por el alumnado. Suficiente tenían con que la mitad del alumnado no cayera en la desgracia. ¡No eran ellos, era el sistema! Como dice mi amiga Marta Güelfo, la educación no cambia el mundo, si acaso se esfuerza en ponerle parches.

Pero a lo que íbamos, en la infancia recibí numerosas amenazas, alguna que otra galleta y corrí infinidad de veces hasta mi casa, que como en el juego ese del pilla-pilla, era mi salvación. En casa nadie me pegaba ni me agredía, todo era amor. Pero el mundo real estaba ahí afuera, acechante. Y créame, el mundo se me hacía mucho más jodido entonces de lo que es ahora -y mire que ahora es jodido-. Hoy en día, guardo un mal recuerdo del colegio y revivo la infancia como un lugar difícil, agridulce.

Pese a todo, hoy en día, me considero una persona medianamente normal. Tengo trabajo, familia, soy amigos de mis amigos, y me esfuerzo, aunque sea un poquito al día, en intentar hacer que este mundo sea más justo e igualitario.

Cuando usted se refiere a los que le pegaban o temían que pudieran hacerlo de forma peyorativa, o se ríe de niños como el que yo fui, aunque pueda creer que se trata de un coloquialismo más y no haya que sacarlo de contexto, creo que se comporta de forma irresponsable. Usted sabe mejor que nadie la importancia del lenguaje y podía haber elegido cualquier otra forma de expresarlo. Porque con su trascendencia pública, manda un mensaje a la sociedad que perpetua y justifica al matón, señalando como pardillo al que le quitan el bocadillo -la víctima como culpable- y estableciendo como modelo de conducta al que logra evitar esa situación. Algo así como “solo los más fuertes sobreviven”. Este discurso testosterónico, extrapolable a la política, al mundo laboral o al personal, acentúa valores más que discutibles, y pasa por alto lo más elementales valores de conducta, respeto y buen comportamiento.

Usted clama públicamente contra la corrupción, se indigna con los violentos y se echa las manos a la cabeza cuando un político no se comporta como es debido, pero se ríe de los niños a los que le quitan el bocadillo y le parece un argumento de peso para atacar a quienes no comparten sus ideas políticas. Pues bien, ahí empieza todo. En la infancia. En ese espacio, a veces idílico y otras veces amargo, donde se hacen y deshacen las personas. Solo respetando esa infancia, hasta en asuntos tan aparentemente triviales como el uso del lenguaje, podremos respetarnos luego, unas personas a otras.

Con afecto,

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    10 Réplicas

  1. Jose maria rueda

    El amigo Javier López Menacho describe con prontitud el ambiente en las escuelas publicas de principios de los 90, no dista mucho del que sufrimos a mediados de los 70 y principios de los 80.
    En su caso en respuesta al cretinismo exhibido por el escritor Arturo Perez Reverte al referirse a G.Rufian.
    Un reflejo sociològico de una transición pseudodemocratica,aposentada en un regimen fascista que durante dècadas sigue condicionando una sociedad postfascista. Algo que en la Europa que derrotó al fascismo no se da. Aquí se murió en la cama y dejo bien atada una herencia sociològica y unos rescoldos que se avivan disfrazados de constitucionalismo ante cualquier movimiento de cambio.

  2. Héctor Sierra

    Patente de corso
    Esas jóvenes hijas de puta
    Arturo Pérez-Reverte
    XLSemanal – 25/1/2015

    Supongo que a muchos se les habrá olvidado ya, si es que se enteraron. Por eso voy a hacer de aguafiestas, y recordarlo. Entre otras cosas, y más a menudo que muchas, el ser humano es cruel y es cobarde. Pero, por razones de conveniencia, tiene memoria flaca y sólo se acuerda de su propia crueldad y su cobardía cuando le interesa. Quizá debido a eso, la palabra remordimiento es de las menos complacientes que el hombre conoce, cuando la conoce. De las menos compatibles con su egoísmo y su bajeza moral. Por eso es la que menos consulta en el diccionario. La que menos utiliza. La que menos pronuncia.

    Hace dos años, Carla Díaz Magnien, una adolescente desesperada, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, se suicidó tirándose por un acantilado en Gijón. Y hace ahora unas semanas, un juez condenó a las dos acosadoras a la estúpida pena -no por estupidez del juez, que ahí no me meto, sino de las leyes vigentes en este disparatado país- de cuatro meses de trabajos socioeducativos. Ésas son todas las plumas que ambas pájaras dejan en este episodio. Detrás, una chica muerta, una familia destrozada, una madre enloquecida por el dolor y la injusticia, y unos vecinos, colegio y sociedad que, como de costumbre, tras las condolencias de oficio, dejan atrás el asunto y siguen tranquilos su vida.

    Pero hagan el favor. Vuelvan ustedes atrás y piensen. Imaginen. Una chiquilla de catorce años, antipática para algunas compañeras, a la que insultaban a diario utilizando su estrabismo -«Carla, topacio, un ojo para acá y otro para el espacio»-, a la que alguna vez obligaron a refugiarse en los baños para escapar de agresiones, a la que llamaban bollera, a la que amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta, a la espera de madurar en esplendorosos adultos, desarrollan ya desde bien jovencitos. Desde niños. Que se lo pregunten, si no, a los miles de homosexuales que todavía, pese al buen rollo que todos tenemos ahora, o decimos tener, aún sufren desprecio y acoso en el colegio. O a los gorditos, a los torpes, a los tímidos, a los cuatro ojos que no tienen los medios o la entereza de hacerse respetar a hostia limpia. Y a eso, claro, a la crueldad de las que oficiaron de verdugos, añadamos la actitud miserable del resto: la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejando -anuncio de los muy miserables ciudadanos que serán en el futuro- que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos. Y el colegio, claro. Esos dignos profesores, resultado directo de la sociedad disparatada en la que vivimos, cuya escarmentada vocación consiste en pasar inadvertidos, no meterse en problemas con los padres y cobrar a fin de mes. Los que vieron lo que ocurría y miraron a otro lado, argumentando lo de siempre: «Son cosas de crías». Líos de niñas. Y mientras, Carla, pidiendo a su hermana mayor que la acompañara a la puerta del colegio. La pobre. Para protegerla.

    Faltaba, claro, el Gólgota de las redes sociales. El territorio donde toda vileza, toda ruindad, tiene su asiento impune. Allí, la crucifixión de Carla fue completa. Insultos, calumnias, coro de divertidos tuiteros que, como tiburones, acudieron al olor de la sangre. Más bromas, más mofas. Más ojos bizcos, más bollera. Y los que sabían, y los que no saben, que son la mayor parte, pero se lo pasan de cine con la masacre, riendo a costa del asunto. La habitual risa de las ratas. Hasta que, incapaz de soportarlo, con el mundo encima, tal como puede caerte cuando tienes catorce años, Carla no pudo más, caminó hasta el borde de un acantilado y se arrojó por él.

    Ignoro cómo fue la reacción posterior en su colegio. Imagino, como siempre, a las compis de clase abrazadas entre lágrimas como en las series de televisión, cosa que les encanta, haciéndose fotos con los móviles mientras pondrían mensajitos en plan Carla no te olvidamos, y muñequitos de peluche, y velas encendidas y flores, y todas esas gilipolleces con las que despedimos, barato, a los infelices a quienes suelen despachar nuestra cobardía, envidia, incompetencia, crueldad, desidia o estupidez. Pero, en fin. Ya que hay sentencia de por medio, espero que, con ella en la mano, la madre de Carla le saque ahora, por vía judicial, los tuétanos a ese colegio miserable que fue cómplice pasivo de la canallada cometida con su hija. Porque al final, ni escozores ni arrepentimientos ni gaitas en vinagre. En este mundo de mierda, lo único que de verdad duele, de verdad castiga, de verdad remuerde, es que te saquen la pasta.

  3. TT

    No simpatizo con ninguno de estos dos personajes, pero el artículo vehicula de forma tramposa la idea de que la España de Reverte, la España heteropatriarcal, machista y franquista, reprime a la Catalunya sensible y moderna de Rufián.

    Curiosamente, Rufián se ha ganado el pan durante años en una ETT subcontratando servicios (“externalizando”, lo llaman los pijos) a países del tercer mundo, y ofreciendo sueldos y contratos precarios a esos jóvenes que tanto dice defender.

    Y lo de la infancia, adoctrinar en la escuela, etcétera… de eso, mejor que no hable Rufián, ni la izquierda socialdemócrata y progresista española. Mas lucha de clases, más socialismo, y menos progresismo burgués, señores

  4. Raul

    Pienso que el comentario de Reverte, pese a que a muchos les ha parecido desafortunado, ha sido sacado de contexto. No debería escocer nada de esa frase, cuando la misma persona ha escrito esto, denunciando mucho más duramente y visceralmente tu testimonio:
    http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/971/esas-jovenes-hijas-de-puta/

    Leelo, quizás cambies de opinion, y lo dejes como un ligero patinazo de tono que ha hecho escocer a mucho sensible.

  5. Cosmo

    TT, en ningún momento, ni de soslayo siquiera se vehicula idea alguna acerca de una supuesta imposición de España sobre Catalunya. Que los personajes sean diametralmente opuestos y que coincida la situacción de uno de ellos con la del autor no define sus ideas en absoluto.

  6. David

    “Cuando usted se refiere a los que le pegaban o temían que pudieran hacerlo de forma peyorativa, o se ríe de niños como el que yo fui, aunque pueda creer que se trata de un coloquialismo más y no haya que sacarlo de contexto, creo que se comporta de forma irresponsable.”

    Hombre de paja detected. Este párrafo sí que es irresponsable.

  7. Javier López

    TT, ¿de dónde sacas esa lectura? Anonadado me hallo. ¿Qué tiene que ver el independentismo y España con una argumentación que trata de advertir sobre la responsabilidad en el uso del lenguaje por parte de personajes públicos? Sinceramente, creo que has visto fantasmas donde no los hay,

    David, cuéntanos por favor, porqué tu detectómetro ve irresponsable ese párrafo.

  8. Ada

    Hola Javier
    En primer lugar te agradezco tu artículo, un ejercicio de valentía que en estos días es difícil que vea la luz. Afortunadamente creo que cada vez hay más valientes, más periodistas valientes que van haciéndose ese hueco para las cosas que “no se quieren ver”. Así que te doy las gracias por haber creado este medio, laReplica, y este artículo.

    Soy hija de profesor y no me atrevería a decir que sufrí “matonismo” por ello (sí, cierto acoso por parte de parte del profesorado y de algunos alumnos. También yo era/soy empollona, era/soy gafotas).
    Creo que Pérez-Reverte ha demostrado en ese artículo que fue uno de los primeros periodistas en sacar a la palestra un tema tan doloroso y tan escondido. Creo que la comparación que realizó en La Sexta se saca de contexto y que es importante que seamos capaces de construir el discurso a partir de la entrevista completa y a partir del discurso contra el matonismo que lleva diciendo Reverte años. Por ser un escritor conocido cualquier cosa que diga se considerará ataque: si habla de mujeres se preguntan quién es él para hablar de mujeres, por qué osa crear una novela con protagonistas femeninas; si habla de violencia de género en sus artículos… lo mismo.

    Somos afortunados por tener estos periodistas entre los que te incluyo que tienen la decencia de sacar a la luz hechos deleznables que por desgracia están ahí. Y también creo que somos idiotas, porque en vez de compartir y difundir esta información, solemos tirarnos tierra encima.

    Perdona el chorreo. Una vez más, gracias (que esto era lo que yo venía a decir)
    Bss
    Ada

  9. Javier López

    Muchas gracias Ada por tus palabras, me alegran.

    Verás, el motivo de mi carta no es decirle a Pérez Reverte que es un matón, ni mucho menos. Ni creo que lo sea el hombre. Simplemente creo que en su testosterónico estilo comunicativo, muchas veces pasado de rosca, se sobrepasó usando el lenguaje. Y ahí es donde voy, con la visibilidad que tiene, creo que debe ser cuidadoso en el uso de las expresiones. Yo he visto la entrevista y creo que fue un error.

    Y también creo que el lenguaje tiene un uso social y político con consecuencias inmediatas, y hay que ser responsable con ello. Incluso cambiarlo y adaptarlo al uso de los nuevos valores y avances sociales. De ahí que hable de ello, de mi experiencia, de lo que espero de figuras que son referentes intelectuales para muchas personas. 🙂

    Gracias por leernos.

  10. Héctor Sierra

    Javier, te lo resumo. Eres un payaso. Atreverte a mencionar al maestro Reverte es de una arrogancia sin límites. Mira su biografía y mira la tuya, hombre. Y luego métete en un agujero y no salgas.

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