22 de agosto del 2017
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“El turismo mata a los barrios”.

Decía la pintada de los cuatro encapuchados de Arran sobre un Bus turístico en Barcelona. Ya se tilde como acto de terrorismo, vandalismo o como acto simbólico, lo cierto es que la acción de las mal llamadas “juventudes de La CUP” ha sacado a la palestra una discusión que hace tiempo que se merece la ciudad. Ha sido por tanto, un éxito comunicativamente hablando.

Tocar la gallina de los huevos de oro -Barcelona es la tercera ciudad europea donde los turistas gastan más dinero– ha alertado a medios de comunicación y partidos políticos que, hasta ahora, habían pasado de puntillas sobre el asunto de la masificación turística y la gentrificación de los barrios. 

Un tema sobre el que la acaldesa de Barcelona, Ada Colau, lleva tiempo trabajando de barrio en barrio, y ante el que no consigue poner freno con sus solas competencias. No basta con discutirla en asambleas de barrio ni con acciones puntuales desde el Consistorio, el problema exige la implicación de todos los actores del reparto. Para la gente de los barrios persisten los mismos problemas, la turistofobia sigue creciendo y la convivencia entre unos y otros se hace cada vez más difícil.

Que el odio vertido por los medios sobre La Cup no te ciegue, Barcelona -y quién dice Barcelona, dice las grandes ciudades- tiene un problema gigantesco y debe trabajar para solucionarlo. Basta ver el mapa del precio de la vivienda durante el último año.

Ni que decir tiene que el ritmo de crecimiento en el precio de las viviendas es inasumible por la población local, máxime en una ciudad donde existe una galopante desigualdad económica (la renta per capita en el distrito de Sarrià-Sant Gervasi es de 37.168 euros al año y en Nou Barris de 10.634 euros) y un gran número de personas sumidos en la precariedad. Los pisos son, cada vez más, propiedad de grandes grupos o familias muy pudientes. La contaminación, el ruido y la pérdida de la identidad está ahuyentando a los habitantes de los barrios y Barcelona corre el riesgo de despertarse un día sin reconocerse al espejo.

Por otro lado, se nos olvida que cuando salimos de casa, nosotros también nos convertimos en turistas, y solo la proyección de un modelo sostenible tendrá su réplica en el extranjero, y fomentará la sana convivencia entre culturas.

Ni el guiris go home ni el capitalismo salvaje, ni Barcelona podría existir sin el turismo, ni podría existir sin sus gentes. Ni tiene sentido una ciudad que solo se mira el ombligo, ni una de espaldas a su ciudadanía.

Y es que éste es un problema que va más allá del signo político, es un problema socioeconómico de primer orden. Y todos los actores del reparto deberían, más allá de tirarse dardos por twitter, de estar trabajando en sentar las bases de un crecimiento sostenible de la ciudad, que respete a sus vecinos y vecinas, que cuide los espacios compartidos y, al tiempo, que ofrezca un servicio de calidad a sus visitantes.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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