20 de agosto del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Pagar para que te compren un libro. Escritores que financian su primera edición. Imprentas disfrazadas de editoriales. Editores que no leen los libros. Estas y otras situaciones acontecidas en paralelo deberían llevar a la industria editorial a una reflexión seria acerca de sí misma; qué era, en qué se ha convertido y qué aspira a ser.

Son muchas las variables que influyen en el decaimiento de una industria incapaz de reformularse con un mínimo de respeto hacia todos los actores del reparto. La crisis económica, la devaluación salarial, el cambio del modelo de lectura –narrativa transmedia-, la creación de un relato made in Hollywood y el oscurantismo entre bambalinas, son algunos de los motivos que le han llevado a su desprestigio.

Empecemos por lo más obvio, en España casi cualquier persona puede publicar un libro, pero pocas pueden publicar un buen libro. 

Decía un amigo escritor que la industria editorial ha sido copada por monstruos que sólo piensan en términos de marketing. Entienden la literatura como un negocio. Vivir de la industria literaria es una forma de estar en contacto con el mundo y aún mantiene un gran prestigio social. Para los tiburones de los negocios, es un caramelo. En un momento de resentimiento de los valores que rodean a la cultura, con la complicidad de un gobierno que desprecia cualquier manifestación artística, sus posibilidades de éxito aumentan.

El sector, como el país, ha sufrido los recortes en sus entrañas. Dos gigantes editoriales, Random House Mondadori y Editorial Planeta amenazan con copar casi todo el mercado y dejar las migajas para el resto. La mediana editorial está en peligro de extinción. Las editoriales pequeñas la sostienen una o dos personas que se dejan la vida en pos de un sueño.

 

El clásico editor que acompaña el proceso de edición, lo tutela, el que sugiere, corrige y guía, el que busca la perfección del obra, ya no es tan clásico. Se está perdiendo su figura porque no tiene ni tiempo, ni dinero. Además, ve como el intrusismo profesional se premia, mejor un editor empresario que un editor romántico. La falta de recursos económicos es una losa para una industria que, en ocasiones, parece desorientada. Las raquíticas estructuras editoriales imposibilitan la lectura del aluvión de manuscritos que llegan a cualquier editorial. En la pequeña y mediana editorial, los editores son ahora lectores, correctores de estilo, diseñadores y agentes de prensa. Los autores se convierten en sus propios publicistas. Esto desvirtúa al texto como principal garante del autor. El autor puede llegar a tener más posibilidades de publicar si acumula seguidores en las redes sociales que si ha escrito un buen libro.

Existe, además, una fuerte opacidad en la industria editorial. Todo parece un mundo feliz de cara al exterior, donde autores y editoriales suplen con buena voluntad, sentido del humor y mucha pose lo que es una industria que va desmoronándose sin remedio repartiendo culpas entre todos sus integrantes.

El autor sufre un vía crucis y rara vez tiene un reconocimiento económico que compense el esfuerzo invertido. Muchas editoriales jamás pagan royalties, los anticipos brillan por su ausencia y se ven como el eslabón de la cadena que menos cobra por la venta de un libro (8% – 10% del precio de venta). Al final, muchos de los autores salen de la industria con otro libro por escribir, el de su desencanto con una industria que lo necesita para sobrevivir al tiempo que lo explota hasta dejarlo sin aliento. Los autores con más suerte, pasarán una década con seis o siete libros publicados, cierto reconocimiento social y la posibilidad de encadenar trabajos complementarios que colaboren con mayor éxito a la ardua tarea de sobrevivir. Los de menos fortuna, deambularán entre la precariedad y la desidia pensando en que ya les podía haber dado por cualquier otro oficio. Con todo, el mundo digital ha abierto una ventana al make yourself – y su reverso tenebroso, el todo vale- y al menos, los autores pueden buscar la visibilidad que en otros tiempos era sencillamente imposible. En las ferias del sector, cada vez hay más autores que nacieron en la red.

Roy Galán es un ejemplo de escritor que ha entendido la conexión entre redes sociales y difusión de obra literaria.

En la cadena editorial, el autor se siente a menudo decepcionado con la editorial, la editorial decepcionada con el apoyo social e institucional, y los lectores decepcionados con una industria más preocupada en aferrarse a un pelotazo editorial que en crear cultura y pensamiento. La pescadilla que se muerde la cola está ávida de transparencia, de asociacionismo -es un mundo muy individualista, sin apenas asociaciones de escritores con una actividad pública relevante- y del impulso altruista de unas instituciones que sientan la cultura como un derecho y no una obligación, como un bien y no un privilegio.

Y entre que llega, o no, la reinvención de un modelo caduco e injusto, los autores miran al cielo esperando que el libro que lo cambie todo sobrevuele en el horizonte, como un unicornio que ha venido a recogerlo. Pero es eso, un animal mitológico.

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    2 Réplicas

  1. Laura

    Estoy de acuerdo con lo que has expuesto, pero me gustaría dar una opinión personal:

    ¡Que se vayan a tomar viento las editoriales españolas!

    Si no se reinventan es su problema. Los autores más avispados ya han encontrado su filón en la publicación digital, y aunque es menos cómodo por el trabajo extra que supone, al final el resultado es más satisfactorio.

    Ya bastante han devaluado el trabajo del pobre escritor que apenas ve beneficios de las ventas de sus ejemplares, que firma contratos abusivos por no tener más opción para luego no obtener ni siquiera una promoción decente de su obra.

    Pues ya que el escritor necesita otro trabajo para sobrevivir, que ese trabajo sea en pro de su obra, y que por una vez pueda decir: “yo vivo de la escritura”.

    ¡Saludos!

    • Jim Rose

      Laura, casi todo lo que publican esos autores independientes en Amazon y Wattapad es una inmundicia, una montaña de caca y moco, basura asquerosa, sensiblera, cursi, un cliché insoportable que, por si fuera poco, no ha pasado por un editor que al menos limpie un poco los errores.

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