19 de octubre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Imagínenlo por un instante.

Un día cometen el error de sus vidas y atropellan a una persona, que fallece en el acto. O te das cuenta que esa juerga con tus amigos no era sino una repugnante violación. O eres tú el que aparece en los periódicos bajo la etiqueta de pederasta. O has cometido cualquier delito que condicionará tu vida, la de tu gente, la de un montón de inocentes. Primero te costará asumir que el peso de la justicia caerá sobre ti. Luego tendrás que comprender la magnitud de tus actos, y lidiar con el daño irreversible que has hecho a personas inocentes, un peso con el que tendrás que cargar el resto de tu vida. Y más tarde, verás como una tu cuerpo, tu rostro, tu vida, se convierte en una diana sobre el que todo el mundo dispara. De esos recuerdos que tenías con papá y mamá jugando en el jardín, de las cintas vhs jugando con los hermanos en la playa, de los sueños de adolescencia, de la promesa de un futuro de independencia y libertad… ya no queda nada. Sólo un abismo del que saldrás, en el mejor de los casos, siendo un anciano borracho de culpa. 

Ser un monstruo es insoportable. Si eres la víctima, la cosa será incluso peor. Verás cómo en Internet se informa sobre cada detalle de la violación que sufriste. Que te obligaron a hacer sexo oral, que si hubo penetración anal, que si en algún momento consentiste los hechos. Verás la vida de tu hija desbrozada para explicar su asesinato a manos de un asesino machista. Si tu marido murió un día de sol en el que salió con la bici a correr, verás el rostro de su asesino, sabrás cómo murió, todos los detalles de la vida de su asesina, la fotografía tomada tras su muerte. Si tus hijos murieron cayendo de un ascensor, verás su historia íntima y personal, a la luz de todo el mundo. Si perdiste las piernas por un error que lamentarás toda una vida, verás un sinfín de personas mofándose de tu desdicha.

Si bien es lógico defender que el papel de los medios de comunicación es informar, cabe preguntarse dónde están los límites entre lo que es información y lo que no lo es. Entre lo que nos edifica y el puro morbo. La primera acción actúa alertando sobre problemas, explicando sus motivos, sus causas y sus consecuencias para conformar una sociedad mejor. La segunda, es pura ambición de audiencia, clickbait de andar por casa, visitantes, estadística… negocio. Y en ese nudo gordiano en el que se encuentra nuestro periodismo social, inmerso en el puro amarillismo, donde sólo podemos apelar a la responsabilidad de los directores de medios y los propios periodistas, para que evalúen la conveniencia o no de sus acciones.

El poder de los medios puede condicionar la vida de muchas personas previamente sacudidas por hechos atroces.
Suficiente tienen en su martirio personal como para añadir otro factor que les pueda llevar a la reclusión, la exclusión o la tragedia (239 suicidios en la última década). La información debería extralimitarse a lo que la ciudadanía necesita o no saber. Que en los actos multitudinarios brota la violencia machista, sí. Que hay un pederasta suelto, también. Que se cometen atentados y cómo proceden los terroristas, claro, pues es la mayor amenaza a la que nos enfrentamos. Pero invadir de manera reiterada el derecho a la privacidad de las víctimas que rodean a la delincuencia y recrearse en el dolor causado es un error, pues esos detalles sólo alimentan el morbo y el juicio popular, en ocasiones equivocado. En nada nos beneficia convertir nuestros medios en un patio de vecinos de dudosa catadura moral.

Unos por cómo informan y otros por cómo navegan, en el proceso de depuración de la información que emitimos y en el acto de consumirlo, nos queda mucho por mejorar.

 

Los datos, el mejor sustitutivo del morbo.

 

 

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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