13 de julio del 2018
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Kierkegaard fue un filósofo danés del siglo XIX que tuvo una infancia algo complicada. Criado en el seno de una familia muy numerosa y religiosa, tuvo que sufrir desde bien pequeño la manía persecutoria de su padre, convencido de que Dios había decidido que mataría a toda su familia de uno en uno y a lo largo de los años. A raíz de eso el pequeño Sören fue objeto de una vigilancia extrema al mismo tiempo que desarrollaba varias manías y traumas psicológicos, la mayoría orbitando alrededor de la religión y la mística divina de Dios.

Con el paso de los años, tras diversas desgracias familiares que le hicieron decantarse por la teología, Kierkegaard llegó a la conclusión de que había llegado al mundo para dar luz a las tinieblas; él era un elegido del Señor para intentar abrir los ojos a la Humanidad y sus trabajos estaban condenados a la posteridad. Y con una necesidad enfermiza por dejar salir todo ese magma que latía en su interior, comenzó a escribir sus ensayos y trabajos teóricos. Fueron muchos y siempre bailando entre la locura, la desesperación y la búsqueda incesante de un “algo” al que aferrarse para no caer en barrena.

En uno de sus trabajos, “Temor y Temblor”, diseccionaba hasta la extenuación el célebre pasaje biblíco en el que Abraham recibe del mismísimo Dios la orden de matar a su único hijo Isaac; esa historia de la Biblia le sirve a Kierkegaard para explorar hasta el fondo todo lo referente al sacrificio de todo lo amado en pos de un objetivo mayor. Enfrenta al héroe trágico contra lo que él denomina “el Caballero de la Fe”, y queda claro que para el filósofo danés el segundo es quien realmente merece la más grande de las admiraciones, pues es capaz de renunciar al amor absoluto y sacrificarse por un objetivo que trasciende nuestro plano, llegando a lo divino.

 

¿A qué viene todo este rollo?

En una época en la que la reflexión y la pausa parecen una prohibición, Kierkegaard se nos puede revelar como una figura que nos puede enseñar hasta qué punto ser una persona que duda puede enseñarnos cosas que de otro modo no podríamos ver. Y es así porque todas y cada una de las reflexiones de Temor y Temblor son las del propio Kierkegaard, que se compara con Abraham y duda de poder tener la misma fe que aquella figura bíblica. No sabe si será capaz de conseguir lo que cree que ha de conseguir. Y esa duda le empuja, paradójicamente a seguir intentándolo con empeño.

Porque para el filósofo danés, el mérito de las hazañas no son si se consiguen o no, si no que se intentan: el atrevimiento a dar el paso, ese primer empuje, es el que vale la pena, el que da sentido a nuestros anhelos. ¿Y acaso no vivimos en un mundo plagado de dudas? Si dejamos de lado el mensaje teológico de Kierkegaard, ¿acaso no habla de superar los miedos e intentar vencer a esas fuerzas que nos pueden llegar a dominar? Para él los actos en sí no nos definen, sino el atreverse a hacerlos o no. La duda es positiva siempre que nos lleve a tomar decisiones, a evitar que nos estanquemos… y llegue entonces el miedo.

Hoy en día el temor convive con nosotros a todas horas; nos llega bombardeado en la prensa, en la televisión, en la radio… nos llega por Internet, nos llega por correo… el miedo es el mecanismo de algunos para coartar nuestra libertad, incluso la de equivocarnos. Los cambios pueden ser malos y lo mejor es perpetuar lo que ya tenemos, rezan algunas creencias arraigadas en nuestra cultura actual. Y no sólo a través del miedo; también mediante unas técnicas de coacción muy sibilinas. Como dice Byung-Chul Han: “Se elimina la decisión libre en favor de la libre elección entre distintas ofertas.” El panorama debería servir para bajar los brazos y abandonarse a la resignación.

Pero Kierkegaard, dentro de su pesimismo, se plantea que tal vez renunciar al amor sea un camino para lograr metas mayores; sin ser tan extremistas, se puede interpretar como intentar escalonar nuestras prioridades para centrarnos en lo que creemos importante. Es más, esa renuncia al amor puede ser en realidad ser inconformista y tener la suficiente fuerza de voluntad para estar siempre en constante evolución. Kierkegaard admira a Abraham porque es capaz de renunciar al mayor amor que existe, el que se profesa a un hijo, para seguir su camino a la fe aunque esto signifique romper con cualquier tipo de ética moral. En una lectura fuera de la teología no deja de ser un alegato a luchar con todas nuestras fuerzas por nuestros sueños, a desprendernos de nuestros miedos (el amor) y a aceptar las dudas como parte natural de ese proceso hacia nuestros anhelos. Las respuestas a esas dudas, o la simple búsqueda, irá eliminando ese miedo poco a poco. Lo cual nos lleva a ser personas críticas. Lo cual nos lleva a ser personas que no podemos ser manipuladas.

Leer a Kierkegaard nos puede hacer libres.

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Alejandro F. Orradre

Escritor || Jedi frustrado || Reseño mis lecturas en elfindeltsundoku.wordpress.com || Colaboro en @murraymagazine y @hablandoconletr

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