17 de diciembre del 2018
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Desde hace ya demasiado tiempo no pasa mes, ni tampoco semana, sin que resultemos golpeados como sociedad por un nuevo caso de esa lacra que se ha calificado eufemísticamente como “violencia de género”. Como dice Raquel Rosario Sánchez, escritora dominicana especialista universitaria en Estudios de la Mujer, Género y Sexualidad (Invisibilizar el sexo+universalizar el género= destruir el feminismo, 2018): hablamos mucho sobre “violencia de género” cuando en realidad lo que queremos es decirles a los hombres, como clase social, que cesen inmediatamente de estar violentando y asesinando mujeres y niñas. Se trata de violencia no de género; se trata de violencia contra la mujer.

Cuando recibimos la lacerante noticia del asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja, como sociedad nos rasgamos las vestiduras: ponemos las banderas a media asta, guardamos los correspondientes minutos de silencio en la puerta del Ayuntamiento e Instituciones de la población correspondiente, después de leídos los manifiestos de rechazo, pasados los días de luto oficial y, en caso de haber huérfanos, si es que éstos no han sido asesinados también por el psicópata de turno, activados los servicios sociales, nos olvidamos del caso hasta el siguiente. Esta forma de actuar refleja la doble moral de la sociedad con respecto al patriarcalismo rampante: parece desagradarnos mucho pero hacemos poco o nada para erradicarlo. Una doble moral que se manifiesta, por ejemplo, en la actuación del Gobierno con respecto al Pacto de Estado Contra la Violencia de Género. Aprobado por unanimidad de todos los partidos políticos, incluido el Partido Popular, en Julio del 2017, llegado el momento de la dotación presupuestaria para su desarrollo, el Decreto que debía liberar los 200 millones de financiación para este ejercicio nunca fue llevado al Consejo de Ministros. ¿Será que el famoso “no nos metamos en eso” de Mariano Rajoy con respecto al tema de la discriminación salarial que sufre la mujer, afecta también a la “violencia de género”?

 

Tal vez, una de las mayores muestras de esa doble moral o hipocresía social que nos caracteriza, sea la actitud de los medios de comunicación en el caso Diana Quer. Los mismos que, una vez resuelto, se hacían eco de la indignación social por este asesinato, cuando se produjo la desaparición, de forma velada o no tanto, señalaban a la propia Diana o a su familia -por su carácter, amistades, la relación entre sus padres o en desavenencias familiares- como responsables.

El juicio contra La Manada por la violación de una joven en los Sanfermines, es otra prueba más del patriarcalismo señalado. Si una mujer amenazada no se resiste poniendo en juego su integridad; si la misma, además, trata de normalizar su vida haciendo las actividades propias de una chica de su edad, la sombra del “consentimiento” empieza a cobrar fuerza y no sólo por parte de los abogados de los agresores si no, y eso es lo grave, por los medios de comunicación. Pareciera que, según dice irónicamente Manuel Jabois en El País: “La chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo”. No es de extrañar que los medios, cada vez más escasos, que conservan los principios éticos de la información como seña de identidad, criticaran abiertamente esta práctica con titulares similares al siguiente: Juicio a “’La Manada’: cuando ciertos medios se convierten en “cómplices” de la violencia sexual.

No es éste el único ejemplo de culpabilizar a la víctima tanto por “consentir” las relaciones sexuales como, después, por realizar una falsa denuncia. Es el caso de los exjugadores de “La Arandina”. El Código Penal señala en su artículo 183: el que realizar actos de carácter sexual con un menor de 16 años, será castigado como responsable de abuso sexual a un menor con la pena de prisión de dos a seis años. Y la víctima, en el momento de los hechos, tenía 15. Pese a ello, los medios han tratado de extender, como hemos señalado, la sombra de la duda y, al igual que el caso de “la manada”, mostrar a los presuntos delicuentes como “buenos chicos”. Sembrar la duda sobre la víctima es sembrar la duda sobre la mujer. Y es que, desde los orígenes de nuestra era, la imagen de la mujer está teñida de culpabilidad. Como señala críticamente Coral Bravo (2018): provenimos de la Eva bíblica, esa mujer que nos contagió a todas las mujeres de la culpa del pecado original, porque osó morder la manzana. Todas somos “culpables”, y todas nos merecemos el repudio y el desprecio masculino.

Esta estrategia de culpar a la víctima es, además, coherente con el hacer de los medios  en la denominada “etapa de la posverdad”. En palabras de Priscila Muñoz (2017), dichos medios elaboran falsedades que no aportan a la reflexión ciudadana ni permiten abrir un debate que aporte a la sociedad, ya que entregan la desinformación con un sesgo, no contrastan las fuentes y no presentan todos los puntos de vista, elaborando sus contenidos – como señala la autora – en base al sensacionalismo, la espectacularidad y el entretenimiento. Esta práctica de culpabilizar a la víctima refleja, además, la estructura de poder imperante en nuestra sociedad: el responsable último de las acciones que se toman contra él, es siempre el más débil. Recordemos la frase de Rajoy para justificar la crisis económica y con ello su recorte en temas sociales: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Frase que nos recuerda a esta otra pronunciada por él mismo años después: “Los pensionistas han vivido muy bien hasta ahora…”.

Si bien es cierto que el patriarcalismo se ha convertido en seña de identidad social a lo largo de la historia, no lo es menos que en los últimos tiempos estamos viviendo su repunte, responsable último del “machismo a granel” que venimos criticando. ¿Cómo se explica que en una sociedad educativamente mejor formada y, al menos en apariencia, más avanzada se produzca todo esto? La antropóloga Rita Segato encuentra la explicación en la precariedad que se está imponiendo en todos los aspectos de la vida.  A siglos de mostrar al hombre como “el fuerte”, “el dominador”, el que tiene la obligación de mantener a la prole, se enfrenta una realidad de paro y precariedad laboral coincidente con un empoderamiento de la mujer como colectivo. El aparato económico y mediático del patriarcado sería el responsable, en el mejor de los casos, del denominado “techo de cristal” o  limitación velada del ascenso laboral de las mujeres en el  interior de las organizaciones, así como de la brecha salarial de la mismas; en el peor, de los feminicidios que señalábamos al comienzo. Con diferente intensidad, unos y otros son reacciones de violencia para mantener su hegemonía.

¿Qué hace la sociedad y la política frente a esa violencia? La realidad es que que nada, o muy poco. Recordemos la citada frase de Rajoy al ser preguntado sobre la brecha salarial, pero recordemos también que cada mujer asesinada es un fracaso del sistema económico; la mencionada teoría de la precariedad iría en esta línea. Es un fracaso del sistema jurídico: ¿cuántas mujeres habían solicitado protección, viéndola denegada o aún concedida no han podido evitar la agresión que ha acabado con su vida? Pero también es un fracaso del sistema educativo que normaliza las diferencias entre los géneros, cuando no las fomenta, en lugar de educar en la cooperación e igualdad de derechos entre todas las personas con independencia de su género e identidad sexual. Como caso extremo, señalaremos los conciertos educativos a centros en los cuales se produce una educación segregada por géneros; como casos más cotidianos: uniformes diferentes para niños y niñas en los centros concertados o, según hemos sido testigos en un centro público, filas segregadas para niños y para niñas en alguna actividad o disfraces para ellos de “superhéroes” y para ellas de “princesa” con motivo del Carnaval. Estas prácticas, en apariencia inocuas, van normalizado el trato diferenciado en función del género, así como la mentalidad de la desigualdad.

 

Por todos estos motivos, la huelga de mujeres del 8 de marzo está más que justificada y sin restar un ápice de protagonismo a las mismas, queremos a través de estas lineas, mostrar nuestro apoyo pues -además de sus justas reivindicaciones- la lucha de la mujer en pro de sus derechos, como señalábamos hace aproximadamente un año en otro medio, es lucha en favor de los Derechos Humanos.

 

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Antonio Ureña

Antonio Ureña García es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como escritor, ha publicado ensayos y relatos en diferentes revistas y medios electrónicos. Es coordinador del Proyecto Internacional Leer es un Derecho y editor de la revista Tiempo de Poesía. En sus escritos persigue hacer una reflexión critica sobre la cultura y sociedad actuales a modo de herramienta que colabore a hacer frente a la impostura y el letargo en los que pretenden sumirnos.

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    Una Réplica

  1. xavier

    Hoy una pancarta me ha dejado pensativo ” No naci mujer para morir por serlo”, creo que no puede decirse mas en tan pocas palabras, y me vale “morir” como cuando es triste y lamentablemente real y me vale como eufemismo de la barbaridades que se aplican sobre las mujeres en forma de menos sueldo, mas trabajo, dificultades para ascender y la persecucion y menosprecio por el mero hecho de ser mujer.
    Y es algo que vivimos cada dia, yo en mi trabajo sin ir mas lejos y soporta mi compañera de trabajo por parte de su jefe que tambien es el mio, pero que a mi no me dispensa el mismo trato, indignante.

    Vaya mi solidaridad y respeto para todas ellas incluida , mi mujer, mi hija y mi nieta.

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

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