18 de octubre del 2017
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Ha vuelto a suceder, una nueva demostración del inmenso teatro de sombras en el que vivimos.

Allá por 2012, cuando todo parecía indicar que seguiríamos el mismo camino que la sufrida Grecia -rescate europeo, entrada de los “hombres de negro” para gobernar el país- el ministro de Hacienda, don Cristóbal Montoro (uno de los peores ministros, en general, de nuestra democracia) se sacaba de la chistera lo que él denominó “reajuste fiscal de fortunas en el extranjero”, y que el resto del mundo supo que era una amnistía fiscal descarada. En un principio quienes se ampararan en ella debían tributar un 10% del dinero que poseían en paraísos fiscales para ser “perdonados”. Si ya de por sí era vergonzosa tal bajada de pantalones del Gobierno ante el capital, más tarde se descubrió que las personas que decidieron formalizar su situación (un número irrisorio al final del total que debía hacerlo) tributó un pírrico 2-3% de sus pantagruélicas fortunas a cambio del perdón, de mirar a otro lado y seguir disfrutando de su desfalco.

Durante meses el PP se encargó sistemáticamente de negar tal amnistía (del mismo modo que hiciera el PSOE en la década de los ochenta), jugando con las definiciones -algo en lo que son unos expertos-, disfrazando las palabras a su antojo; al final, pasado un tiempo, no tuvieron más remedio -más por motivos electorales que no por vergüenza- que aceptar que lo que habían hecho era una amnistía fiscal en toda regla. Por si fuera poco, don Cristóbal Montoro (repito, de los peores políticos que ha dado nuestro país) tuvo que dar parte de un hecho rídiculo. Otro más. De los 40.000 millones que el ministro de Hacienda se vanaglorió de poder recaptar con aquella amnistía, terminaron siendo únicamente alrededor de 1.200 millones; un fracaso absoluto.

Esta semana pasada, cuatro años después, el Tribunal Constitucional declaraba inconstitucional aquella amnistía, asestando un bofetón histórico tanto a Montoro como de paso a Rajoy. La sentencia, demoledora y votada por UNANIMIDAD de todos los vocales del tribunal (entre los que hay que son más conservadores que el más conservador de los Populares), declaraba además que con aquella amnistía el Gobierno había “abdicado de sus funciones”, además de “dejar claro un trato de favor por una minoría, en contra de la igualdad de todos los ciudadanos españoles”, amén de otras lindezas (en Internet se puede encontrar la sentencia completa, no tiene desperdicio). La sentencia, por desgracia, no tiene efectos retroactivos y quienes se acogieron a tamaña pantomima se salvan; cuatro años han tardado, un período demasiado largo y que entra en sospecha cuando descubrimos que diez meses atrás era la fecha límite en la que prescribía las posibles demandas contra los amnistiados. Por lo menos, para arquear una ceja.

Llegados a este punto, ¿hace falta algo más para que tan nefasto personaje como don Cristóbal Montoro dimita? En cualquier otro país lo habría hecho el mismo día de la sentencia; la falta de salud democrática en España es tal que nada de eso pasará. Un tipo que cuando habla ya provoca cierta repulsión; hay en su expresión oral un deje de desprecio por el resto del mundo que no logra ocultar. Es un pequeño hombre que poco o nada hace por disimular su total falta de empatía con sus conciudadanos, a los que les debe (siempre se olvida eso) el cumplir con sus obligaciones porque ellos son sus jefes (otra cosa que también se olvida con frecuencia) y quienes le pagan su tan preciado sueldo.

Montoro dimitiendo, una quimera. Lo máximo que ha trascendido ha sido una suerte extraña de entonación del mea culpa por boca de Hernando, en un acto que nada tenía que ver y de forma indirecta. Montoro no hablará. Rajoy tampoco, ni siquiera a través de un plasma (que algún uso le tendría que dar ya que no le dejarán usarlo para declarar en el juicio sobre la financiación ilegal del partido que él mismo preside). Mudito a escena de nuevo; eso sí, para debatir sobre el sistema de juego del Real Madrid, el estilo de juego de Nadal o las perspectivas de la Roja, don Mariano Rajoy se convierte en un orador experto que no tartamudea, no guiña el ojo como un epiléptico y da la sensación de tener neuronas dentro de aquel cráneo decorado de un pelo tintado.

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Alejandro F. Orradre

¿Escritor? || Coleccionista de blurays (480) || Bolaño || Librópata || Miembro de la PAE || Escribo cosas raras en @murraymagazine y @Neupic

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