20 de agosto del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Ahora todo el mundo habla de bullying, antes llamado acoso escolar. Si existía antes y pasaba desapercibido y ahora se pone en el foco mediático, no podemos decir que no nos alegremos porque el fenómeno, como todo lo que tiene que ver con la vejación de las personas, merece una atención especial.

Hoy, la sociedad, aunque parezca en muchas ocasiones lo contrario, tiende a tomar más conciencia con casi todo lo que tiene que ver con injusticias, aunque a muchos se nos ocurran unas cuantas excepciones que se empeñen en romperme esta afirmación. Sea como fuere, todo el mundo habla de bullying y, como suele ocurrir cuando todo el mundo habla de algo, todo el mundo parece saber más que nadie. Y es que el programa de Jesús Vázquez ya se ha granjeado varias decenas de artículos tildándolo de poco menos que oportunista y otros tantos adjetivos que preferimos omitir para no dañar la sensibilidad del lector. No nos vamos a extrañar a estas alturas tampoco con la ausencia de valores y meteduras de patas por acción u omisión de la que hacen gala continuamente los medios televisivos pero el caso es que la comunidad educativa no parece muy contenta con un programa que  frivoliza y se aprovecha del dolor de las víctimas al tiempo que genera desconfianza hacia los centros educativos y sus capacidades para afrontar estos temas.

Pero concedámosle por un momento a estos señores televisivos que desde los centros educativos se podría hacer mucho más para erradicar estos temas y, dicho esto, analicemos. Cuando comencé a trabajar en esta profesión, creo que en el segundo año, me sorprendí a mí mismo rompiendo los esquemas que tenía con un alumno conflictivo al exponernos la orientadora la situación familiar que atravesaba el alumno soportando continuos malos tratos del padre hacia su madre. Fue esta misma orientadora, desde su formación de psicóloga, la que haciendo auténticos malabares para sacar hueco de su agenda repleta de contenidos impuestos más burocráticos, conseguía echar una mano al crío al menos para tratar de digerir una situación de todas formas indigerible. Evidencié de un modo claro lo que ganarían los centros educativos con equipos de profesionales conformando un departamento de orientación verdaderamente digno de tal nombre. Qué fácil sería con cuatro o cinco profesionales por cada uno de ellos, que pudiesen detectar con prontitud todo tipo de anomalías, que prestasen servicios psicológicos para ellos, que se pusiesen en contacto con otras instituciones si el caso así lo mereciera, que fácil si estas comunicaciones fuesen rápidas y efectivas, que…

Qué lejos estábamos entonces y más lejos aún ahora. Y es que cuando los de siempre parecemos hablar de subir la inversión en educación, corremos el riesgo de que nuestro presidente nos tache de ser “unos tristes que hay por ahí que van diciendo que todo está fatal”.

 

 

Con la crisis, no solo llegó una excusa perfecta para ahorrar en “educación” y así engordar las cuentas de las tarjetas blacks, sino que trajo consigo una desigualdad creciente que desembocó, como no podía ser de otra manera, en un empobrecimiento paulatino de las clases más desfavorecidas. Esto suena muy bonito y estamos hartos de escucharlo por doquier, pero significa, entre otras muchas cosas, que la marginalidad también crece, que los problemas en el seno de la familia crecen, que crecen los casos de violencia al no existir alternativas, climas irrespirables en cada casa, aderezado todo con una chispa de ignorancia creciente. Es fácil que en ese terreno los casos de acosados y acosadores también crezcan en las aulas. Pero si entonces no teníamos, ni de lejos, suficientes recursos para abordarlo como la situación por su complejidad requiere, ahora directamente muchos centros se encuentran desbordados. Como desbordados se encuentran desde asuntos sociales. Y no metamos en la ecuación el uso y abuso de las nuevas tecnologías y el arma de destrucción masiva en la que se convierte en las manos de unos niños cuyos padres andan a años luz de estar educados para ese respecto… y la granada estalla en las manos en forma de comentario hiriente en Instagram o humillación sutil en el Whatsapp; y es que nuestros adolescentes tienen unos códigos, un lenguaje y unas formas de comunicarse que se nos escapan en muchas ocasiones de nuestra propia capacidad de observación.

Pero el problema es de los docentes, que tenemos muchas vacaciones y miramos para otro lado. Menos mal que tenemos a Jesús Vázquez haciendo un programa en Cuatro.

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Profesor de secundaria de Biología. Activista

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