17 de febrero del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Cuando vivía con mis padres, comíamos los cuatro, o los cinco, según el día, en la cocina.

Nos lo pasábamos bien: cada uno intentaba decir una chorrada más gorda, aunque yo figuraba siempre entre los favoritos.

Una vez al mes, a eso de las tres de la tarde, sonaba el telefonillo, o el porterillo electrónico.

Con aquel estridente zumbido mensual, a mi padre se le cambiaba la cara. La sangre le desaparecía del rostro. Casi a cámara lenta, los ojos se le tornaban de brótola, mientras dirigía, progresiva pero decididamente, su mirada hacia el techo, con un juramento como único horizonte:

– ¡Mecagoensuputamadrecabrón!

De manera previsible –esto pasaba todos los meses a la misma hora, sin falta–, mi madre trataba de contener la rabia nada escondida de mi padre. La previsibilidad de ambos era tal que parecían repetir un teatrillo mensual de variedades familiares, con su momento dramático y su trasfondo entrañable.

Lo que trastornaba el almuerzo y la digestión de mi progenitor no era el sonido del timbre, sino su mensaje: venía el cobrador del seguro. Un señor mayor que, una vez cada treinta días, acudía a nuestra vivienda a la peor hora, ataviado con una riñonera en la que guardar los billetes que mi padre tenía que aportarle para poder salvar los muebles de la casa en caso de que esta ardiera.

Como la casa no había ardido nunca, el que lo hacía era mi papá. Una vez calmado y vuelta su mirada a la Tierra, miraba a su esposa y, tras respirar, se dirigía al despacho donde tenía la cartera -y donde nos escondía el Pan Bimbo en sus tiempos, pero eso es otra historia-.

No contento con el primer exabrupto, se daba la vuelta y volvía a mirarnos, buscando complicidad: “elhijodelagranputamecagoenlaputahostia”. Mi madre, puntual, volvía a corregirle.

Todo este maremágnum se calmaba justo unos segundos antes de abrirle la puerta (“Abre tú, que como vaya yo a abrir le voy a pegar una hostia”). El pobre hombre ejercía un oficio de todo menos agradecido: cobrar un dinero que el ciudadano ve que está cediendo, ante la alternativa, aún peor, de perder la casa en un incendio. Un impuesto privado. Y a la hora de comer.

Recuerdo pasarlo mal en aquellos momentos. Cuando mi padre volvía a la mesa todavía le quedaban rescoldos verbales que no vamos a reproducir aquí por no saturar este texto. Mi madre –y nosotros, con el tiempo– le insistíamos en que domiciliara el pago para evitar estas situaciones. Nos parecía absurdo.

Pero mi padre se negaba. ¿Una contradicción de un señor huraño de Granada?

Mi padre nunca domicilió aquel pago porque consideraba que, si lo hacía, aquel señor mayor de riñonera hortera, faz de cordero degollado y horarios ofensivos, se quedaría en la calle.

La conducta de mi padre reventaba todos y cada uno de los modelos de maximización de la utilidad individual que tuve que estudiar en la Facultad de Económicas a finales de los noventa. Ni siquiera encajaría en la revisión ‘behaviorista’ que buscaba flexibilizarlos. Le salía de los cojones.

El trabajo es algo para tomárselo muy en serio porque, al final, conforma un entramado de relaciones entre personas.

Entre seres humanos con sentimientos y vulnerabilidades, que no por llevar conductas individualistas, pretendidamente libres, dejamos de estar sujetos a riesgos y sufrimientos inmerecidos.

Cuando hablamos de empleo y, peor, de ‘mercado de trabajo’, deberíamos tener esto muy en cuenta. Somos personas.

Hace poco, hablando con mi padre, le pregunté por el cobrador. Había decidido domiciliar, por fin, el pago mensual del seguro.

La razón: que dicho cobrador le había comunicado con antelación que se iba a jubilar. Espero que la pensión le dé para la mitad de las risas en los almuerzos que a nosotros nos proporcionó. Y la casa, sin arder. Casi mejor.

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Andrés Villena

Andrés Villena

economista y doctor en sociología. Ha trabajado en la redacción de varios periódicos digitales y ha colaborado en medios de comunicación como El Plural, Telecinco, Público, Ctxt, Bez, Alternativas Económicas y El Español, entre otros. Ha sido investigador y profesor auxiliar en la Universidad de Málaga, en la escuela EUSA de Sevilla, y realiza trabajos de consultoría en comunicación y análisis de datos para instituciones públicas, privadas y del Tercer Sector.
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