12 de julio del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Todavía hoy, la condena de Sócrates se explica en las aulas en clave de “barbarie de la filosofía”. Si atendemos a los escritos de Platón y Jenofonte, Sócrates era un tipo con elevados principios morales, sabio, educador, feo pero carismático, sobrio en sus preguntas, excelso en las conclusiones. Un hombre irreprochable condenado por la ignorancia de unos ciudadanos democráticos, por la locura de unos seres humanos enajenados y alejados de la sabiduría. Ante una hoja de servicios tan inmaculada, el helenista Robin Waterfield propone un ejercicio de reconstrucción histórica que nos aleje de ese ideal. En su ensayo La muerte de Sócrates[1], de lectura obligada para toda persona interesada por la filosofía, trata de hallar los argumentos y, ¡oh sorpresa! los encuentra. Fijada la acusación:

ACUSACIÓN: Meleto, hijo de Meleto, piteo, contra Sócrates, hijo de Sofronisco, alopecense. Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud. Pena: la muerte.
Waterfield argumenta como sigue:

Para empezar nos habla de las fuentes:
Platón ficcionó a Sócrates idealizándolo hasta un nivel que no resulta creíble. Jenofonte hace lo propio. No obstante, Aristófanes, el comediógrafo griego por excelencia, lo ridiculiza en Las nubes[2], presentándolo como alguien quisquilloso y charlatán.

En segundo lugar, Waterfield nos refiere un contexto histórico marcado por la derrota ateniense en la La guerra del Peloponeso[3] y la restauración de la democracia. Recuerda que Sócrates permaneció en Atenas durante la reacción oligárquica de 404, el llamado “gobierno de los 30 tiranos”, momento histórico caracterizado por una “caza de brujas” contra todo aquel sospechoso de apoyar la democracia.

En tercer lugar, sus alumnos, entre los que destacaba Alcibíades, no eran ni mucho menos un dechado de virtudes. Alcibíades, además de ser más cínico que un político español, conspiró contra la Atenas democrática, se pasó al bando espartano y, posteriormente, una vez segura su suerte, retornó a su polis. Alguien así no es de fiar. Asesinado en 404 mientras huía de nuevo hacia Persia tras la caídas de los oligarcas, su nombre aparecía ligado al de Sócrates indefectiblemente.

En España, el juicio y condena de Sócrates fue interpretado por Josep María Pou.

En cuarto lugar, en el año 399 a.c. Atenas necesitaba buscar culpables de su desgracia e, indirectamente, Sócrates aparecía como uno de ellos, aun cuando solo indiciariamente y con argumentos susceptibles de ser rebatidos.
Finalmente, su actitud desafiante ante el Tribunal no podía gustar a los “dicastas”(una especie de jurado-juez sin parangón en un sistema moderno), que en número nunca inferior a 300 ciudadanos atenienses lo condenaron por un margen relativamente estrecho.

En palabras del autor:
Sócrates fue castigado por el conflicto intergeneracional, provocado por factores sociales más que individuales y, desde luego, no por una única persona; fue castigado como maestro moralmente subversivo, cuando había otros a los que se podía haber endosado igualmente esa extraña acusación; fue castigado como crítico de la democracia, a pesar de no haber sido el único, ni mucho menos; incluso Critias y Alcibíades fueron producto de su tiempo más que de las enseñanzas socráticas. Sócrates fue condenado a muerte porque los atenienses deseaban purgarse de tendencias indeseables, y no solo de un individuo indeseable.

Sócrates, así visto, proyecta una imagen menos atractiva. Sus enseñanzas eran válidas (el método socrático resulta excelente) pero el producto de las mismas claramente cuestionable. Respecto del cargo de impiedad, si bien cumplía con los ritos, su posición religiosa estaba bastante marcada por el agnosticismo.

Sócrates, humanizado por Waterfield, no dejaba de ser, a juicio de muchos atenienses, un tipo desagradable que hacía preguntas a la gente con el objetivo de hacerlos sabios. Es decir, que todo aquel que fuera interrogado por él sabía que iba a quedar como un gilipollas. Y estas son cosas que, como se sabe, no gustan a nadie.

Por todas estas razones Sócrates fue condenado.

______________________________________________________________________________

Referencias
1. Waterfield, R., La muerte de Sócrates, , Madrid, Gredos, 2011.
2. Aristófanes, Las nubes, , Madrid, Ediciones Cátedra, 1999.
3. Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, , Barcelona, Editorial Juventud, 1975.

Podéis seguir más artículos como éste en el blog del autor.

The following two tabs change content below.
David Condis Almonacid. Escritor y letrado de la Seguridad Social. España no puede caer en una espiral autodestructiva. Replicar forma parte del proceso dialéctico que debe conducirnos a soluciones equitativas.

Últimas entradas de David Condis (ver todo)

Tags: , , , , ,

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para ofrecerte una experiencia de usuario óptima. Si sigues navegando estás dando tu consentimiento a nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies