21 de septiembre del 2018
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La cosa fue más o menos así. El grupo de pop Andy y Lucas mostró una camiseta en uno de sus conciertos con los rostros impresos de las víctimas de asesinatos mas mediáticos en España los últimos años. Pedían “Justicia”, es decir, un endurecimiento de las penas para sus asesinos. La madre de una de las víctimas se ofendió y lo hizo público mediante un comunicado, a lo que Lucas reaccionó ofendiéndose, con un argumentarlo, cuanto menos cuestionable. “Este país se está volviendo loco”, decía el 50% de Andy y Lucas.

Más allá del desafortunado episodio, durante su intervención Lucas diciendo qué ellos no son ni de izquierda, ni de derecha, ni de centro, ni de arriba ni de abajo, cómo van a politizar ellos un mensaje si dependen de los Ayuntamientos para dar conciertos. 

Un mensaje tenebroso expresado con tanta naturalidad que asusta. Y es que, en su inocencia, Lucas no hace sino certificar cómo funciona el circuito cultural de este país a nivel musical. A base de una cultura inane, que no habla por no molestar. Lucas hace alusión a sus contratantes, los partidos que mandan en los ayuntamientos, y a la necesidad de no moverse para salir en la foto.

No es problema solo de Lucas, pero es necesario aludir a él y a los que tantos como él, se sienten condicionados por la política institucional para desempeñar su carrera. La resistencia del artista, su independencia, su integridad, nuestro proyecto común de cultura, está en juego. El artista debe comprender su papel agitador.

Si no, será difícil que Andy y Lucas le canten alguna vez al corrupto, analicen el drama de los desahucios, las muertes en el Mediterráneo o por ejemplo, se pronuncien por la cuestión catalana o los atropellos de la casa real, pues eso podría molestar a unas u otras fuerzas políticas, máxime si entra en conflicto con los ayuntamientos que le contratan por toda España. Sin embargo, podrán cantarle al amor perdido o a la idea endurecer las penas de asesinos atroces, temas muchos más populares y de aceptación general.

No hay peor censura que la autocensura que provoca la sumisión, y no hay peor cultura que una cultura devota y domesticada. La cultura debería ser el compromiso del artista con su obra, en su pretensión de descubrirnos nuevas maneras de sentir o de pensar, más allá del precio que tenga política y económicamente. Eso hace más grande a los pueblos, que avanzan por encima de su clase dirigente. Lo sabemos bien en Andalucía, donde Lorca, Cernuda, Machado y tantos otros pagaron el precio humano de la osadía de sus letras.

Lo saben muy bien artistas cuyo compromiso político -que no partidista- le ha cerrado puertas pero ha permanecido integra su dignidad. Una dignidad que, de alguna manera, es la dignidad de todas.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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