26 de mayo del 2017
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Esta semana me sorprendí discutiendo en las redes sociales con algunos jóvenes españoles sobre el aspecto migratorio. Sobre los que se van sin quererlo y los que recibimos porque no tienen otro remedio. Y he sentido miedo e impotencia.

Un joven aseguraba que en España a los refugiados se les daba una casa mientras hay españoles con casas que se caen a pedazos. Lo cierto es que a ninguno de los 898 refugiados que acogió España (se comprometió a 16.000) el año pasado se les dio una casa en propiedad. Están todos en casas de acogidas, la mayoría no se queda en el país, y tienen un duro divagar por delante, como recoge el informe CEAR 2016.

Otro joven aseguraba que los rumanos se pasan el día en el bar y pegan a sus mujeres para luego cobrar la paga que se les asigna a mujeres maltratadas, volviendo con ellas a los dos meses de serle concedida la ayuda. Rocambolesca historia, cuanto menos. Poco importa el seguimiento que hacen los agentes sociales, que necesiten acreditar un segundo hogar, que los extranjeros o extranjeras de procedencia europea que denuncian malos tratos no lleguen al 6,2% y que entre estos haya un fraude de menos del 0,1%. Poco o nada importa. Ahí está la falacia, corriendo por la red.

Otra chica aseguraba que algunas familias extranjeras venían a cobrar y vivir del cuento. Un bulo como tantos que hay en torno al inmigrante. United Explanations desmontó los 10 rumores más extendidos con un esclarecedor artículo. Mentiras que son una y otra vez desmontadas por asociaciones (Stop Rumores) y organismos públicos y que sólo esconden una cosa detrás: Miedo. Miedo a la falta de oportunidades y al fracaso que canalizan a través del miedo al diferente.

No eran bichos raros. Eran jóvenes normales, con perfiles como los de otros cualquiera. Gente que sale con sus amigos, que aman a su familia, con hobbies propios de su edad.

De entre muchos de los miembros del debate, algunas características comunes: marcada xenofobia, incredulidad, indignación con el estado, alusiones a la teoría de la conspiración, palabras comodines como “demagogos”, “buenrollista”, “populismo“,”políticamente correcto” y “perroflautas”, amor por la patria y alusiones a la injusticia y a un país que no tiene remedio.

 

Quería saber dónde había leído algo similar. Al rato, caí en la cuenta. Era como en el fantástico libro de “Crónicas de la América profunda”, de Joe Bageant. Compartían las características de sus personajes. Sentían la amenaza de un mundo incontrolable que viene a devorar la promesa de la clase media. Sentían indignación ante un mundo que les cortaba todos los caminos que iniciaban, que cerraba todas las puertas.

No sé si les suena, es la España de Trump. La de Farage, Le Pen, Thulesen, Hofer y cía. La de la indignación reaccionaria que cuando descubran que Ciudadanos, además de cuñadismo, es un invento de marketing para reforzar el discurso de las élites, se entregarán a cualquier cosa. Y cuando digo cualquier cosa, será cualquier cosa. Es nuestra responsabilidad enseñarles otro camino.

 

La fotografía principal fue publicada en su contexto original en El Mundo
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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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    Una Réplica

  1. T&T

    Hay que hacer autocrítica: España y Portugal, de largo, son países donde la social-democracia “progre” ha disfrutado de una hegemonía cultural absoluta en los últimos 40 años. Aquí no hay “nacionalistas” en las instituciones, exceptuando media docena de ayuntamientos… Y el PP, seamos serios, no es un partido de ultraderecha.

    El argumento del “cuñadismo” está abocado al fracaso. Tuvo su gracia durante unos meses, quizá. Ridiculizar al que no piensa como tú, como hacen las portadas de El Jueves, no da de comer a millones de españoles, ni les baja el recibo de la luz, ni les encuentra un trabajo temporal para ir tirando. Toda la “intelligentsia progre”, la que lee a Gramsci, está comodamente incrustada en lo público, en su torre de marfil habitual: los padres en el PSOE, los hijos en Podemos, como Errejón. La gente los está calando, y lo saben

    Efecto péndulo, efecto “caranchoa”. Esto solo lo arregla una izquierda radical fuerte, como la de los países del este de Europa. En Grecia tienen al KKE, aquí, en el “estado español” lo más parecido es el PCPE y el PCOE, que se llevan a matar entre ellos. Para ellos, la izquierda es patriota y nacionalista: aquí pronuncias la palabra “España” y ya eres un neonazi.

    Hay que agradecerle al PP y a los medios de comunicación, sobre todo las televisiones, que censuren y silencien a partidos de extrema derecha en España. De lo contrario, crecerían mucho más rápido que Podemos.

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

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