21 de agosto del 2017
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Pongamos que, del sueldo de uno, el 30% se lo lleva el estado, que de ese 30%, la mitad se queda en tu comunidad y la otra va a parar a las arcas del estado para distribuirlo según su criterio. Pongamos que de esa “mordida” parte fuera destinada a sufragar gastos que tendrías sea cual fuere tu situación geográfica y el resto fuera destinado a cubrir necesidades específicas de otras Comunidades Autónomas. Al final, a efectos prácticos una ínfima parte de tu sueldo se destinaría a personas de otra comunidad.

Particularmente, no me queda nada claro que la proximidad geográfica haga mejores o peores a las personas que no conozco. Por experiencia, diría que no hay mucha diferencias y en todas partes hay buenas y malas personas, con lo cual el aspecto territorial no me parece un criterio suficientemente poderoso para repartir el dinero. Si acaso podrás formar más fácilmente una comunidad con intereses similares -aunque a decir verdad, poco o nada me une a mi vecino falangista-, pero ya me dirán de qué sirve formarla con quien quiere todo lo posible para él. Sin embargo, el principio de solidaridad sí me convence, pues reparte el dinero según un principio de equilibrio e igualdad. Si en mi casa hubieran viviendo diez personas, prefiero que todos lleguen a tener un mínimo de recursos para afrontar el día a día, antes que dárselo al de la habitación de al lado y que otro se pudra al otro extremo de la casa.

La teoría populista que sacó a relucir ayer la nueva “perla” del PP, Cristina Cifuentes (bajo cuyo mandato la guardia civil apaleaba a los manifestantes en plena crisis) no solo es inexacta y falta de sustento teórico, es además una muestra de lo indecentes que pueden ser los dirigentes políticos con tal de rapiñear unos cuantos votos, así como del ínfimo nivel que circula por los parlamentos autonómicos. ¿Por qué Cifuentes y muchos nacionalistas se ven con el derecho de adueñarse de mi capital trabajo y el de todos los inmigrantes? ¿Acaso han trabajado ellos por nosotros? ¿La retribución que percibo y la riqueza resultante es propiedad de los oriundos del lugar? Si Madrid se queja de Andalucía, ¿podrá entonces quejarse Cataluña de Madrid o Francia y Alemania de España y Cataluña? ¿Podría el tercer mundo reclamar al primer mundo toda la riqueza y recursos resultantes de sus tierras y del trabajo allí desarrollado? Cuando falte mano de obra debido al envejecimiento de la población, ¿se mantendrá este discurso según el cuál, los madrileños pagan los servicios sociales, hospitales y escuelas andaluzas?

Lamentablemente, está discusión de baja estofa es más recurrente de lo que uno piensa y genera corrientes de opinión. Soy andaluz afincado en Cataluña. Esta tierra me ha dado tanto como yo a ella, ella todo lo que tiene y yo lo poco que tengo. He convivido con la etiqueta de vago y de vivir del erario público aunque no fuera un vago y trabajara con toda mi pasión para hacer crecer sus empresas y proyectos, que a la vez eran los míos. A menudo esa visión del mundo viene amparada por gente respetable, que ven injusto el éxodo de capitales. Por lo que a mí respecta, yo, ciudadano del mundo que no cree en banderas ni fronteras, estoy orgulloso de que parte de mi sueldo se destine a cubrir necesidades de personas que tienen menos recursos. Ojalá se pudiera repartir más y mejor en todo el mundo. Ojalá tuviéramos un modelo en el que pagara más impuestos y se aseguraran los derechos de muchas familias. Ojalá este mundo pudiera avanzar todos de la mano. No se tratan mis impuestos de un arma arrojadiza, ni de un elemento de disputa, al revés, es un orgullo contribuir para crear un mundo más justo.

Lo que debería causar vergüenza es sentirse dueña de una tierra sólo por haber nacido en ella y pensar el mundo como un conglomerado de espacios restringidos que luchan entre sí por una cuestión de dinero. Esa visión clasista de la realidad es muy propia de Cifuentes y su bancada de hooligans, cuya actuación de ayer pasará a la historia del esperpento, como cuando los ladrones del Partido Popular de Valencia se aplaudían entre sí. En el fondo, no es ya una cuestión monetaria, es la política propia del que azuza el odio y el miedo para erigirse como protector de un pueblo. El miedo al de fuera para que no te quiten lo que es tuyo. ¿Les suena?

Que mis impuestos repercutan en este tipo de gente y no, por ejemplo, en las familias que les cortan la luz o las que huyen de las guerras, es una muestra más que antes que el reparto presupuestario, nos deberíamos preocupar por un reparto de ética, decencia y humanidad.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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