14 de noviembre del 2018
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El pasado 14 de diciembre se inauguró en la antigua fábrica Fabra i Coats de Barcelona la exposición memorial La ferida d’ Hipercor. Barcelona 1987.

La muestra, organizada por el Museu d’Història de Barcelona (MUHBA) dentro de los Programes de Memòria del Ajuntament de Barcelona recoge el testimonio de la terrible herida que dejó aquel atentado en muchas familias como consecuencia de las muertes y las secuelas físicas y psíquicas producidas, así como del olvido y las trabas burocráticas a que fueron sometidas por parte de las instituciones españolas.

© Guillermina Puig. Fuente: web Ajuntament de Barcelona.

 

 16:08 h.

El relato siguiente pudo haber sido el bombardeo de un edificio en Dresden o Guernika o la explosión de una bomba napalm en un poblado en la guerra del Vietnam.

Pero no.

Fue en un centro comercial barcelonés de un barrio de trabajadores ajenos a un conflicto político de tintes muy violentos.

21 muertes y 46 heridos. Sucedió el viernes 19 de junio de 1987. En la primera planta del parking del centro comercial Hipercor en el barrio de Sant Andreu de Barcelona el comando Barcelona de ETA aparcó un Ford Sierra. El vehículo alojaba una carga explosiva de más de 200 kilos de peso compuesta de amonal, gasolina, pegamento y escamas de jabón. Para Caride, Hipercor es una empresa de capital francés (no lo es) y estas son objetivo de ETA. Un temporizador hizo estallar la bomba a las 16.08 h. En pocos segundos la deflagración provocó una bola de fuego de 2300 grados de temperatura que se expandió por todo el aparcamiento y perforó – formando un ascensor vertical – la planta superior donde se encontraba la zona comercial de compras y alcanzando mortalmente a numerosas personas, la mayoría mujeres.

“Fue el Apocalipsis”, manifestaría Roberto Manrique Ripoll, víctima del atentado.

El informe pericial que la policía redactó citaba textualmente:

Una bomba de elevadísima combustibilidad y adherencia, de efectos análogos al napalm.

En el parking se formó una gigantesca y espesa nube negra de monóxido de carbono que asfixió a varias personas. La nube invadió la planta comercial, el parking, los ascensores y comenzó a salir al exterior intoxicando a los que presenciaban el suceso desde la calle.

Los servicios de emergencias se encontraron un escenario difícilmente olvidable. El doctor y jefe de cirugía plástica del Hospital de la Vall d’Hebron, José Luís Bañuelos, tuvo que viajar de urgencia desde Sicilia a Barcelona y operó a los heridos sin descanso día y noche hasta contar treinta y siete, siete de los cuales fallecerían por no superar las graves heridas sufridas.

 

© Cristóbal Castro. Fuente: Dossier prensa exposició La ferida d’Hipercor.

 

El no-desalojo

El comando Barcelona estaba integrado por Domingo Troitiño, Rafael Caride y Josefa Ernaga. Obedecen órdenes del dirigente de ETA exiliado en Francia Santiago Arróspide Sarasola alias Santi Potros. El autor de introducir el coche fue Caride, y Troitiño de realizar tres llamadas telefónicas de aviso: a la Guardia Urbana a las 15.12 h.; a Hipercor a las 15.15 h. y al diario Avui a las 15.25 h. En medio de la confusión se pensó que se trataba de una falsa alarma y la policía decidió no desalojar el establecimiento. Aquellos fatídicos 56 minutos entre la primera llamada y la explosión fueron analizado por Antoni Batista en el libro “Terror i negligencia. Hipercor i la construcción periodística d’ETA” donde puso de manifiesto el error policial al no desalojar el establecimiento, teoría que, ha generado numerosas controversias. El periodista Jordi Corachán, autor de la crónica sobre el atentado y la operación policial que permitió detener al comando terrorista (Barcelona negra, 2009), se refirió a él de forma implícita como el “amigo de los radicales” y señaló que quería “alimentar la tesis macabra de la indolencia policial”. Corachán, que constó en una lista de amenazados por ETA, ofreció una crónica excelente, rica en detalles y ajustada al relato. Pero omitió parte de la realidad, obviando que el Estado acabaría siendo condenado por la Audiencia Nacional en 1994 debido a la actuación de las fuerzas de seguridad.


¿Era plausible un atentado en aquel momento? El comando Barcelona en los últimos meses cometió hasta once atentados, con el resultado de tres muertes, diversos heridos y cuantiosos daños materiales en diversas empresas. Una semana antes del atentado el comando hizo explotar dos oleoductos de la refinería de petróleo Empetrol de Tarragona. El incendio de dantescas proporciones y el pánico ante una la posibilidad de una catástrofe industrial provocaron la huida de hasta 20.000 personas residentes en la zona campo a través. La proximidad de tres centrales nucleares, el reciente accidente nuclear de Chernóbil hacía poco más de un año y el recuerdo de la tragedia del camping Els Alfacs en 1978 hizo el resto.

 

Acción-reacción

La ciudadanía barcelonesa reaccionó a la agresión saliendo a la calle. El domingo 21 de junio se manifestaron 70.000 personas en las calles del barrio de Sant Andreu. El lunes 22 de junio se manifestaron alrededor de 500.000 personas en el centro de Barcelona. Las muestras de solidaridad de miles de ciudadanos se reflejaron a través de los improvisados escritos en el pavimento de Las Ramblas y los incontables crespones negros que colgaban en los balcones confeccionados con simples bolsas negras de basura.

El titular de La Vanguardia lo resumía todo con un:

“Barcelona desarma a ETA”.

 

© EFE. Fuente: Dossier prensa exposició La ferida d’Hipercor.

 

Nueve días antes, el 10 de junio de 1987 se celebraron elecciones al Parlamento Europeo y Herri Batasuna consiguió en Catalunya 39.692 votos (y a las pocas horas del recuento se producía el mencionado atentado de Empetrol). Tras Hipercor, las simpatías que generó el movimiento independentista vasco quedaron cortadas de raíz y generó fuertes críticas en la izquierda abertzale, en el entorno de ETA y con la boca muy pequeña en su cúpula dirigente (ordenaron dejar de lado los grandes atentados en edificios civiles). La conmoción social y la indignación alcanzaron unas dimensiones ciclópeas y se intensificó la colaboración ciudadana por querer dar con los autores de la matanza.

 

Calvario parte 2

Los heridos que tuvieron que pasar por el médico forense para la evaluación de lesiones se conocieron por primera vez 174 días después del atentado. Hasta 1989, año de la primera sentencia, ningún organismo público los atendió. No mostraron interés ni hicieron seguimiento alguno. Ni siquiera les informaron del juicio.

De los 21 muertos y 46 heridos, sólo trece víctimas/familias cobraron indemnización por responsabilidad civil subsidiaria del Estado por conducta omisible porque la policía no desalojó el establecimiento. Treinta y tres víctimas quedaron sin derecho a indemnización.

En 2003, en el segundo juicio contra los terroristas, algunas víctimas declaran que en todos esos años nadie del Estado se ha interesado por ellos. A gran parte de ellos se les rechazó el derecho a las pensiones de la Seguridad Social tras múltiples recursos y negativas de los tribunales.

La lista de agravios es interminable tal y como la periodista Nuria Navarro recopiló en El Periódico: Hipercor, la versión que los políticos no cuentan.

Los videos de las entrevistas a varias de las víctimas que se proyectan en el espacio memorial corroboran la indolencia e insolidaridad con que fueron tratadas. Obtuvieron por respuesta el silencio administrativo después de dolorosos procesos de pérdida de familiares o de tratamientos paliativos muy duros.

Roberto Manrique, herido en el atentado y Álvaro Cabrerizo que perdió a su mujer y dos hijas, tuvieron el arrojo y determinación suficiente para luchar por los derechos de las víctimas de Hipercor, primero a través de la Asociación de Víctimas de Terrorismo (AVT) y después en la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas (ACVOT) que crearon en 2003. Roberto nunca ha eludido su crítica a la instrumentalización política y a algunos representantes de asociaciones de víctimas a los que no duda en llamar “cuatro salvapatrias”. Gracias a su tesón e impagable labor, las víctimas de Hipercor han podido ser reconocidas, identificadas, localizadas (en gran parte) y visualizadas en la sociedad. Su lucha ha trascendido en la prensa en incontables ocasiones, en las redes desde su blog el trastero azul e incluso en círculos académicos como el trabajo de investigación del historiador Xavier Ceresuela en 2011 sobre las asociaciones de víctimas de terrorismo en Catalunya.

Entrevista a Roberto Manrique. Fuente: Dossier prensa exposició La ferida d’Hipercor.

 

Las sentencias

Si la imagen de la policía quedó en entredicho por el no desalojo, la posterior operación de investigación y captura del comando terrorista consiguió enmendarla. Fue el 5 de septiembre de 1987 cuando un operativo policial detiene en un piso de la calle Mallorca, 80 de Barcelona a Domingo Troitiño, Josefa Ernaga y José Luís Gallastegui. La justicia no logra sentar en el banquillo hasta 2003 a Santi Potros y Rafael Caride detenidos en Francia y extraditados a España tiempo después.

La Audiencia Nacional condenó en 1989 a 794 años de prisión a Josefa Ernaga y Domingo Troitiño (sentencia 49/1989). Y a Santi Potros y Rafael Caride en 2003 a penas de 790 años de prisión según sentencia 32/2003.

La Audiencia Nacional consideró al Estado responsable civil subsidiario y se le condenó a indemnizar a trece de las familias (sentencia 10/1994). Se estimó que hubo tiempo más que suficiente para desalojar el edificio entre el primer aviso y la explosión. El informe de los bomberos manifestaba que el desalojo pudo haberse llevado a cabo entre 10 y 15 minutos. En la sentencia se lee textualmente:

No es que digamos que la Policía no hizo correctamente lo que tenía que hacer, es que, sencillamente, no hizo nada, y ello plegándose a intereses comerciales defendibles, cierto, pero no a cualquier precio de vidas humanas”.

 

Memoria

Treinta años después ¿se ha tomado conciencia desde las instituciones de la enorme importancia que merecen las víctimas de ser atendidas debidamente? ¿Han sido suficientemente proactivas en dicha atención más allá de la celebración mediática de las efemérides? Tras el visionado de dos entrevistas no cabe duda: la respuesta es no.

Jordi Morales, víctima del atentado quedó huérfano a los 7 años. Tardó años en ser reconocido como víctima. El problema para la Administración es que sus padres no estaban casados. Asistió al acto de homenaje en el mes de junio de 2017, en el Parlament de Catalunya. El protocolo les asignó asientos en la cuarta fila por detrás de las autoridades.

O Jessica López que quedó sorda. El problema para la Administración es que en el momento del atentado estaba en el útero de su madre.

Todo un misterio.

Como el planteado por Roberto Manrique a Rafael Caride:

¿Por qué un gallego se va a Cataluña a matar a gente de toda España porque un vasco que vive en Francia le dice que tiene que hacerlo?

 

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Jesús Sánchez Tenedor

Historiador. Documentalista. Licenciado en Historia del Arte (UB) y en Documentación (UOC) Máster en Estudios Históricos (UB). Tesina sobre "Violencia política en la Transición". Entabla a diario estrechas y relaciones con los documentos en los archivos: cuentan cosas que la ficción envidia. La Historia es su ideología. Su hábitat mental es el extrarradio. Su pasado también: Prefiere escuchar, ya que es un arma de sabiduría masiva. El problema es que en las raras ocasiones en que habla, arranca y no para y Fidel Castro parece un aficionado a su lado. Por eso casi nadie le escucha y prefiere tener la razón de los locos que ser un loco de la razón. Fascinado por la Transición, prepara un libro sobre su gran agujero negro: el Caso Scala.

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