16 de enero del 2018
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El escenario político estadounidense (y las noticias internacionales que influencia cualquier novedad de este país gracias a su poder hegemónico) se ha visto sacudido por un escándalo… si todavía se le puede llamar escándalo a cualquier cosa que haga Trump. El candidato presidencial del partido Republicano es el centro de la controversia luego de que el 7 de septiembre 2016 The Washington Post publicara un video de Trump hablando sobre las mujeres de una manera enteramente misógina.

El candidato Republicano dice, entre otras cosas, refiriéndose a una joven actriz llamada Arianne Zucker a quien está a punto de conocer “Tengo que usar algunos Tic Tacs, en caso de que empiece a besarla”. Continua su conversación con el presentador estadounidense Billy Bush diciendo “¿Sabes qué? me siento atraído automáticamente a las mujeres bellas, sólo empiezo a besarlas. Yo ni espero”. Dentro del autobús, las voces de los hombres todas reaccionan con carcajadas ante tan hilarante confesión. Luego Trump aclara “Cuando eres una estrella, te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa. Agarrarlas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. Luego ambos salen del autobús y los dos saludan cordialmente a la actriz, como si fuesen dos mansos corderitos. Algo triste del video es que la muchacha ignora completamente que momentos antes ambos hombres se habían referido a ella como un objeto, literalmente (“eso se ve bien”) y habían bromeado sobre tocarla sin su consentimiento.

Pondremos a un lado el análisis de que Donald Trump tiene una larga historia de misoginia, racismo, xenofobia, y todo lo demás. También pondremos a un lado el análisis de que es una doble moral muy grande que ahora los políticos y las políticas del Partido Republicano de Estados Unidos se sientan supuestamente indignados y asqueados con los comentarios de Trump cuando dice que a él le gusta “agarrar a las mujeres por el coño” sin su consentimiento cuando la política partidista del Partido Republicano estadounidense consiste en estarse metiendo dentro de los canales vaginales de las mujeres y niñas para también ahí imponer sus políticas retrogradas en contra de los derechos reproductivos. Como ironiza la escritora Melissa McEwan en Twitter parodiando la reacción del Partido Republicano: “Estamos horrorizados que Trump quiera controlar el cuerpo de las mujeres con sus propias manos en vez de hacerlo desde la distancia civilizada de la Legislatura”.

¿Nos sorprenden las declaraciones de Trump? A mí no me sorprendió mucho quién lo dijo, porque el patrón con este personaje ya estaba establecido. Pero si me dio asco y tristeza que las palabras de un predador sexual de mujeres estén siendo reproducidas ad infinitum en los oídos y ojos de un sinnúmero de víctimas y sobrevivientes de violencia sexual sin ningún tipo de advertencia, ya que en muchos casos la noticia se ha manejado con poco tacto. Confieso que aparte de eso me enojo mucho la hipocresía evidente que pude apreciar en muchas personas que denuncian las palabras de Donald Trump pero que en otras ocasiones han apoyado la prostitución y el porno.

Quizás para algunas personas la conexión no sea aparente, pero la verdad es que el lenguaje de Donald Trump es idéntico al lenguaje de los prostituidores. Esa idea que de que las mujeres tú las puedes agarrar y tocar con o sin consentimiento, que las mujeres son objetos decorativos para el placer del hombre, que con la cantidad adecuada de poder (“ser una estrella” fue la expresión de Trump) las mujeres “te dejan hacer cualquier cosa”, es la razón por la que se inventó y la razón de que todavía exista una industria del sexo que incluye los clubs de strippers, el porno, la prostitución y obviamente, la trata.

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Esta frase y 9 más aparecieron en un reportaje de Huffington Post sobre Trump y el machismo.

Resulta bien hipócrita que mucha gente se indigne y diga que “nadie nunca debería hablar así de una mujer” al tiempo que apoyan, explícitamente o por medio de sus silencios, una industria en donde la norma es hablarle así (y peor) a las mujeres y niñas.

Algunas personas dirán que es diferente “porque en la prostitución y en el porno la gente paga y cobra ósea que hay consentimiento” y yo les respondo que su argumento es bien soso. Primero porque, ¿a qué creen que se refería Donald Trump cuando decía que “te dejan hacerles lo que quieras cuando eres una estrella”? Se refería a poder económico y cultural, es decir, se refería al poder lo cual se traduce en = dinero. Y segundo, ¿de cuándo acá nos olvidamos (especialmente la gente supuestamente progresista que tiene que tener un sólido conocimiento de cómo funciona el capitalismo) de que el dinero es el mejor comprador del consentimiento? Es bien irónico que al mismo tiempo que el feminismo intenta hacer popular la idea de que solo el sí entusiasta y libre de coerción es lo que vale como consentimiento para el sexo, hay una rama de la izquierda y también dentro del mismo feminismo (secuestrado por el capitalismo y el patriarcado) que asume que una trasferencia de dinero constituye algún tipo de excepción a esta regla.

Dividamos el asunto en dos:

Primero, en el porno se habla así de las mujeres y peor. La investigadora australiana Maree Crabbe, especialista en sexualidad en adolescentes, comenta que los estudios sobre “el porno más popular” revela que “el 88% de las escenas incluían agresión física como ahogar, ahorcar y abofetear” y que el “94% de estas violencias era contra mujeres”. Naturalmente, en la mayoría de las escenas las actrices actúan como que disfrutan mucho de las violencias y los insultos que le lanzan los hombres que las agreden. El porno sirve en sí como una educación sexual informal que le enseña a los hombres que bien en el fondo, a nosotras nos encanta que nos insulten, que nos cosifiquen y que nos agredan.

Como explica Gabriel Muñoz Herval en su escrito magistral “El Porno Feroz”, en el porno del XXI, “el porno es solo una coartada para la violencia”. Alguna gente argumenta que eso son solo fantasías, pero si esto es así Muñoz Herval analiza que “una de las grandes preguntas que hay que hacerse ante el porno es por qué millones de hombres se excitan, se complacen y envidian el papel de violadores y agresores que les otorga el porno”.

El porno no puede competir con la extrapolación de contenido gratis que produce la era digital y para competir tiene que expandirse a las esquinas más violentas y denigrantes que se puedan concebir en la mentalidad patriarcal. Quien defiende el porno hoy en día o se hace el ignorante de que el porno tiene más que ver con violencias contra las mujeres que con sexo o no le importa.

Esa degradación se “interpreta” en las pantallas y después en las alcobas en el cuerpo de las mujeres y niñas. Por ejemplo, las adolescentes tienen años quejándose de que se sienten presionadas a tener sexo anal con sus parejas porque estos, siendo adoctrinados por el porno donde el sexo anal es regular, las presionan a pesar de que las adolescentes se lo encuentran “doloroso y peligroso”. A los adolescentes no les importa el dolor de ellas porque el porno les ha enseñado que la respuesta natural de las mujeres ante el sexo anal y la violencia es más excitación y placer, a pesar de que la gran mayoría de las mujeres asegura que nos les gusta el sexo anal. El periódico The Independent reporta que “hay un clima de coerción, donde el consentimiento y la mutualidad no es siempre una prioridad para los adolescentes quienes intentan persuadir a las adolescentes” a que lo hagan aunque no les guste.

Ese clima de coerción no es una aberración en el porno, al contrario, es su joya más preciada. Todas las paginas porno famosas alardean de sus vídeos donde se sexualiza la violencia contra las mujeres. Pornhub, por ejemplo, es la página más visitada del mundo. Pornhub tiene categorías específicas* para quienes estén interesados en pornografía donde “la trama” sea la violencia doméstica, el racismo y las agresiones sexuales.

Muñoz Herval dice “La radicalización del porno abunda en su planteamiento como caza, tortura y castigo… Se hace una sola pregunta, obsesiva, definitiva: ¿qué más se le puede hacer a una tía? O, lo que es lo mismo: ¿Cómo se puede degradar y humillar más a una puta? El hastío, generado por las propias limitaciones de la representación sexual, sólo sigue esta vía compulsiva: más y más fuerte, más y más duro, más y más extremo. Podían plantearse otros caminos, pero no: la carrera, la lucha, la obsesión, es avanzar en la destrucción de la mujer, y se celebran y aplauden (y son rentables) ocurrencias como tratar a las mujeres como urinarios (Human Toilets), hacerlas vomitar (Gag On My Cock), abofetearlas (Slapp Happy), eyacular dentro de sus ojos (Pink In The Eye), asfixiarlas, escupirles, peerse en sus bocas y un sinfín de modalidades de vejación que son publicitadas y ofrecidas como atrevidas, innovadoras o incluso humorísticas.”

Entonces, que nos “indigne” escuchar a un candidato presidencial hablar sobre las mujeres de esta manera al mismo tiempo que apoyamos una industria donde no solo de deshumaniza a las mujeres por medio del lenguaje sino también de las acciones, acciones que se reproducen y se promueven para el placer y la excitación sexual de otros hombres (en su gran mayoría), es una hipocresía.

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Vayamos ahora a la prostitución.

En la prostitución, esa aseveración que hace Donald Trump, cuando dice que cuando eres una estrella te dejan hacer lo que quieras, es la norma. Por definición, la industria es un contrato donde se compra la coerción sexual con dinero. Como explica la investigadora Kajsa Ekis Ekman, autora del libro Being and Being Bought (Ser y Ser Comprada) “la prostitución es, en realidad, muy simple. Es sexo entre dos personas: una que quiere y otra que no quiere. Como el deseo está ausente, el dinero ocupa su lugar”.

Yo quisiera suponer que esto es un axioma suficientemente lógico que no necesita ser puntualizado, pero, solo por si quedan dudas… aquí transcribo algunos comentarios de hombres prostituidores donde confirman que si, en la prostitución los prostituidores también concuerdan con la idea de que si tienes cierto poder (en este caso monetario) puedes hacerle lo que tú quieras a una mujer.

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El proyecto The Invisible Men (versión canadiense y versión inglesa) recopila los comentarios que hacen hombres en las comunidades en líneas para prostituidores sobre las mujeres prostituidas que visitan y sus experiencias en la industria. Este es el comentario de un hombre que pagó 150 euros por sexo: “Su acento en ingles era raro, sonaba más mandarín que de Europa del Este. Sexo oral sin condón en dos posiciones para lo que yo asumí sería la primera ronda. Ella no quiso que le hiciera un masaje así que ella decidió dármelo a mí y no lo hizo mal. Pero después del masaje no se me quería acercar lo cual encontré extraño. La razón para este cambio se hizo evidente. 25/30 minutos en la sesión y yo le indiqué que quería otra ronda, ella me dice “una hora, una follada”. Aparentemente ella ya había tenido seis clientes ese día y le dolía el coño. Yo le dije que ese no era mi problema, pero ella siguió repitiendo la misma frase”.

Otro caballero que pagó 120 euros indica “Creo que en ese punto ella se dio cuenta de que yo estaba enojado y solo quería terminar y salir de eso. Yo tuve que literalmente obligarme a mí mismo a venirme en su triste mano. Ella dijo que le sorprendió y yo le dije “no estaba listo para venirme porque quería seguir follando”, a lo que ella no respondió nada y se quedó callada. Yo no le dije una palabra hasta que me iba, le dije gracias y adiós. A mí me parece que a ella no le gusta su trabajo, aunque honestamente, si tú eres una prostituta y eliges ofrecer tu cuerpo en una página de Internet, entonces tu sabes lo que te espera”.

Un tercero que no especificó cuanto pagó explica “Ella empezó a hacer el servicio sin ningún entusiasmo. Felación con condón, no me dejo hacerle sexo oral, no me dejo besarla, no me miraba a los ojos… después de 25 minutos ella decidió que no quería que la follaran (ella dijo que le dolía… yo fui gentil) y me preguntó si me podía hacer venir con la mano. Yo le dije que eso no era lo que yo tenía en mente y después ella empezó a enojarse diciéndome que ella no es una máquina y que los clientes usualmente duran 20 minutos. En ese momento se me fue la excitación y yo le dije que yo pague por un servicio de una hora y que eso es lo que recibo de las otras agencias.”

Esta es la industria. A los y las que quieren crucificar a Donald Trump por sus comentarios sobre las mujeres, los de ahora y los de siempre, que lo hagan. Pero que recuerden muy bien que Donald Trump solo ha dicho en público lo que millones de hombres alrededor del mundo saben y reproducen en privado utilizando los cuerpos de las mujeres y niñas como sus masillas donde ensayar sus proyectos patriarcales.

Si condenamos las declaraciones de Donald Trump sobre las mujeres, las de ahora y las de siempre, recordemos que Donald Trump no se inventó el patriarcado. Recordemos también que sus ideas tienen eco y se sustentan cuando conscientemente o por ignorancia deliberada promovemos industrias donde las palabras de Trump son realidades materiales.

El predador sexual ofensivo del momento será Donald Trump, pero la hipócrita es la sociedad.

 

*Ninguno de los enlaces mencionados en el párrafo dirigen a los videos violentos. Abren a la página de Google donde salen los resultados de la búsqueda especificada.

*La imagen de portada es de RTVE.

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Raquel Rosario Sánchez

Escritora y activista dominicana. Enfoque feminista con interes en la politica internacional. Escribe tambien regularmente para FeministCurrent.com y ElGrillo.do.

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