23 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



No debería asombrarnos lo que ya no deja de ser una seña de identidad de los tiempos que estamos viviendo. La siempre buscada justicia social, legal y económica continúa siendo una utopía que es utilizada por nuestros políticos para dar miedo -las pensiones, los impuestos- a la par que esperanza -trabajo para todos, mejores servicios sociales-, cuando la única realidad es que nada de lo que se nos promete termina por llegar.

Esta semana hemos asistido a un nuevo vaudeville en una de las tantas ramas que se agitan de nuestra sociedad: el juicio de la Infanta Cristina e Iñaki Urdangarín, entre otros. El famoso Caso Noós, del cual apenas ya se hablaba en los medios y que entre el viernes y el sábado fue el tema estrella de los periódicos e informativos televisivos. Carnaza para llenar minutaje y a esperar que el próximo escándalo les resuelva la papeleta.

La sentencia ha sido la esperada: doña Cristina de Borbón queda absuelta de todos los cargos y su marido es condenado a seis años -que apenas serán unos meses- en una cárcel que en realidad se asemeja más a un retiro espiritual. Sólo les ha faltado pedir perdón por molestar y agachar la cabeza. Así están las cosas.

Poco tardó el Gobierno en llenarse la boca con expresiones como “la Justicia funciona”, “se ha demostrado que todos somos iguales ante la ley”, etc. Cacareos que dan vergüenza ajena, pues a nadie con dos dedos de frente y un mínimo de interés por las noticias sabrá que la Infanta ha sido tratada como se ha hecho toda la vida con las clases privilegiada: con, valga la redundancia, privilegios. Nada de los sucedido en todo el juicio ha sorprendido a propios y ajenos: ni a los que estaban a favor -los que quieren seguir viviendo de este sistema- ni tampoco a los que estaban en contra -buena parte de la población-.

No han faltado quienes han salido rápido a la palestra para decir que ya es algo muy significativo que se haya encausado judicialmente a un miembro de la realeza, que años atrás era impensable y que es una muestra de que nuestro país es uno de los más avanzados del mundo. Los mismos que se enorgullecen de ser los garantes de una justicia despolitizada y equitativa –los mismos que están ahogados en casos de corrupción, y que todavía no han permitido que se toque a su Gran Líder-, los mismos que dicen con tranquilidad que los españoles debemos acostumbrarnos a pagar una luz cara. Esas personas dicen ahora que la Justicia funciona a la perfección: quien la hace la paga, seas ciudadano, político o realeza. Incluso ellos la pagan. No sé qué pensarán de ello los franceses, que hace más de dos siglos fueron mucho más expeditivos. Por supuesto no es necesario llegar a esos niveles, pero no podemos dar ejemplo ninguno de ser justos y equitativos.

La indignación ha sido tímida y fría como el invierno que estamos viviendo. Algunas voces se han alzado, algunas columnas han hablado sobre el tema, pero queda flotando en el ambiente una sensación de prisa por pasar página; pudiera parecer, y no pretendo ser desconfiado, que la opinión pública se resigna a que los de arriba tengan sus privilegios y los de abajo tengan que remar contra la corriente de mierda que cada día nos ahoga más y que amenaza con colapsar en cualquier momento.

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Alejandro F. Orradre

¿Escritor? || Coleccionista de blurays (480) || Bolaño || Librópata || Miembro de la PAE || Escribo cosas raras en @murraymagazine y @Neupic

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