12 de julio del 2018
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El desapego es evidente. En un mundo tan desigual que da pavor, the working class no encuentra respuestas en las políticas de izquierdas. Por algún motivo, no solo no le convencen, sino que vivimos una ola reaccionaria donde podemos encontrar clase obrera entregada a postulados neoliberales y apoyando figuras como Trump, Macron, Rivera o Mariano Rajoy. No es raro encontrar librepensadores -como se hacen llamar los conservadores de la era digital- con dificultades para llegar a fin de mes, que opinan que la izquierda es una cloaca de contradicciones donde al final encuentran más de lo mismo. O barrios tradicionalmente obreros confiando su voto a partidos de derecha. ¿A qué se debe?

La derecha cool seduce a la clase obrera. ¿No será por la sensación de abandono?

Ya debatimos aquí sobre la clase obrera abandonando a la izquierda, pero… ¿Y si no es al revés? ¿Y si no la izquierda se ha visto atrapada en un contexto que la desacredita y la enfrenta a su propia caricatura? ¿En qué ha fallado la izquierda a la clase obrera? A modo de reflexión y autocrítica, lo analizamos en los que nos parecen sus diez errores fundamentales.

Superioridad intelectual

Es difícil intentar seducir a una gran masa de votantes partiendo desde una posición de superioridad moral autoimpuesta. Esto le sucede con cierta frecuencia a la izquierda, que habla de la clase obrera como quien habla de una panda de borregos desamparados. Presupone a la clase obrera como un ente manipulable y sin cultura que necesita de líneas gruesas para decidir el destino de su voto y participación política. Lo cierto es que no es tan manipulable y el voto obrero está disgregándose en España entre muy diferentes partidos políticos. Francamente, poco superior te puedes sentir a una padre o una madre de familia que se pasa doce horas fuera para llevar el pan a casa, y luego hace las labores del hogar, educa en valores y, si tiene la posibilidad, le regala una promesa de futuro a sus hijos e hijas. Nada, ni los estudios, ni los libros, ni el marketing, ni el éxito, ni el dinero, nada, te sitúa más alto en una posición moral que sacar una familia hacia delante.

Elitización de su clase dirigente

Para seducir a la clase obrera no tienes que parecerte a ella, sino ser parte de la misma o, al menos, entender su contexto, sus motivaciones y sus anhelos. Y esto es algo que a los intelectuales de izquierda se les ha olvidado. Solo hay que ver, por poner un ejemplo, un programa de Fort Apache, brillante pero inaccesible para muchísima gente. Lo mismo les pasa a algunos líderes políticos, que ni conocen el lenguaje de la clase obrera, ni su mensaje es cercano y pedagógico, ni se han visto en sus dilemas, por tanto, es difícil que se sientan como portavoces válidos.

Enredarse en intereses que no son los suyos

Es recurrente leer en las redes sociales cómo muchos de los autodenominados clase obrera se quejan de que la izquierda suele confundir lo urgente, lo importante y lo necesario. A un trabajador o trabajadora poco le importa -y esto no quiere decir que no sea algo necesario- aspectos como el nombre de las calles, la memoria histórica, la boina de contaminación o el lenguaje inclusivo, por poner algunos ejemplos. Ven en el televisor a representantes de la ciudadanía hablando de otras cosas cuando su cuenta corriente padece de un raquitismo exasperante. Es cierto que existe una batalla por el relato y que es necesaria mucha pedagogía sobre ciertas luchas olvidadas, pero en grado sumo, a personas despolitizadas lo que le importa es aquellos elementos esenciales: techo, trabajo y comida.

Pese a que es vergonzoso que existan calles con estos nombres, quizás cambiar sus nombres no responda a los intereses de la clase obrera.


La imperiosa necesidad de un líder

Salvando el ejemplo de José Mujica, hablemos claro, pocas figuras principales de la izquierda han resistido el paso del tiempo con una gran aceptación popular. No digamos ya si echamos la vista muy atrás. La izquierda históricamente ha necesitado hiperliderazgos para alcanzar cuotas de poder, pero quizás esos tiempos hayan pasado. Ya sea por el desgaste de la primera línea de batalla, por la propia erótica del poder que conduce a la perversión del individuo (la diferencia entre el Felipe González con chaqueta de pana y el actual es un gran ejemplo) o porque sencillamente, no supieron actuar a la hora de ejercer el liderazgo, la izquierda carece de figuras de reconocido carisma. En España, Pablo Iglesias tiene unos índices de popularidad bajísimos y Alberto Garzón está marcado por la palabra maldita: Comunismo. Con todo, son las alcaldesas del cambio quienes más consenso han logrado: Carmena y Colau. Pero lo hacen, y ojo a esto, a lomos de proyectos colectivos de cocción lenta y un pretendido espíritu participativo. ¿No será el tiempo de la colectivización del liderazgo?

Tomar la alternativa como un todo, cómete el plato entero

A veces, acceder a la izquierda es más difícil que aprobar la licencia de conducir. O tomas el todo o te quedas fuera de juego, desplazado por los puristas o ignorado por sus élites. No existen procesos de acercamiento progresivo a una ideología política que tiene mucho de manera de vivir ni tolerancia hacia las numerosas contradicciones del ser humano, la izquierda parece cómoda en su papel de gran incomprendida y no es capaz de tolerar las zonas grises de sus potenciales votantes. La izquierda pretende que su masa social pase por un molde prefabricado según su modelo ideológico y eso es sencillamente imposible. Hay personas que no creen al mismo tiempo y con la misma intensidad en la igualdad, la transparencia, la república, el feminismo, el ecologismo y el ateísmo, y NO PASA NADA.  Para sentirte de izquierda no todo tu pensamiento debe ser de izquierda, ¿o sí?

La atomización de la izquierda

Suele suceder que un acercamiento a las estructuras internas de las izquierdas produzca hartazgo primero y rechazo después. Si lo reconocen quienes están dentro, qué no dirán los que están fuera. La izquierda está llena de familias que han cocido su cohesión durante la militancia y se han convertido en grupúsculos impermeables que buscan el bienestar de sus miembros. Poco importan los propósitos primigenios, te los ves en las primarias, en los periódicos y en las redes sociales combatiendo machete en mano porque determinadas familias supervivan a estos juegos del hambre que se ha convertido la política. Eso, mientras en los plenos de los Ayuntamiento y en Europa votan prácticamente lo mismo. La generosidad y la despersonalización que enriquecen algunos mítines desaparecen cuando llega la hora de decidir sillones.


La adaptación de un discurso revolucionario a la realidad global y digital

Mientras el liberalismo ha encontrado una especie de perfecto terreno de cultivo para sus pretensiones con la globalización, la izquierda no ha sido capaz de adaptar su discurso a un mundo hiperconectado. Si bien las primaveras sugerían que era posible un uso del contexto digital para conseguir avances sociales, el neoliberalismo ha ganado la batalla con su posverdad y los contenidos patrocinados y encubiertos. Por ello, es más necesario que nunca enarbolar un ideario colaborativo, comunitario y transparente, que permita hacernos avanzar en un contexto que el liberalismo ha tomado como propio y que se asocia a unas oportunidades que tienen más de Ítaca digital que de realidad social. De lo que puedes proyectar a lo que puedes conseguir hay un mundo y la meritocracia made in Cifuentes se ha apropiado del discurso.

El fiasco de los sindicatos mayoritarios

Si hay algo que, por encima de Felipe González, simboliza en España el fracaso de la izquierda y de la clase obrera organizada son los sindicatos mayoritarios del país. Ni estuvieron en la crisis, ni reivindicaron una subida mayor del salario mínimo ni han tenido la profundidad en su renovación interna que la sociedad les exigía. Por si fuera poco, se erigieron como esquiroles de la huelga feminista, Hay poca gente en España que crea en CCOO y UGT, organizaciones anquilosadas que se asocian a lo peor de los partidos tradicionales. Si eres un trabajador y estás en apuro, sabes que la solución está en los sindicatos alternativos y eso es poco menos que un drama.

Hay, entre la clase trabajadora, quienes no entienden de crear ni romper fronteras.

El delicado equilibrio entre los nacionalismos y las izquierdas

A muchos votantes de izquierda les perturba un abrazo entre David Fernández y Artur Mas, tan sencillo y tan complejo como eso. Tiene que ver con una bifurcación en los caminos que llevan a la igualdad. Los independentistas de izquierdas dicen que es más sencillo romper con el estado, fundar uno nuevo y luego construir la igualdad. Los no independentistas entienden que es un absurdo mudarte de opresores cuando puedes aglutinar intereses con comunidades de mayor relieve. En cualquier caso, hay mucha izquierda desperdigada, desorientada y desencantada en el camino de los utopías.

La manifiesta inferioridad

No todo va a ser culpa de las izquierdas. La creciente desigualdad que potencia el control de los medios de comunicación y la reproducción de posverdades, la incertidumbre internacional y el miedo, el puro y duro miedo, provocan que los discursos de izquierdas no encuentre altavoz y los postulados que benefician a la clase dominante se vean amplificados, propagando actitudes que perpetúan las desigualdades. Esto obliga a la izquierda a hacer un sobresfuerzo que, unida a sus propias  flaquezas, agota sus pretensiones antes de tiempo. Pero no queda otra que aludir a la inteligencia colectiva para proteger y garantizar nuestros derechos y libertades. Insistimos, la lucha feminista y la de los pensionistas, por citar dos ejemplos, marcan el camino. Debemos aprender a leer el momento que estamos viviendo, de plena regresión ideológica, para darle la vuelta a la tortilla. No nos podemos permitir una sociedad más injusta y desigual, hay demasiado en juego.

 

 

La fotografía son de EFE.
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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    4 Réplicas

  1. ue siempre ha defendido la izquierda

    Me ha encantado el análisis que haces. No he leído algo mejor sobre el tema. Creo que estas reflexiones habría que llevarlas a una especie de escuela de verano en la que los militantes de izquierda reflexionaran sobre la posible crisis de su presencia entre los trabajadores. Porque es una pena que la reflexión neoliberal y, sobre todo, su implantación en nuestra sociedad nos este ganando la batalla. Los valores que siempre ha defendido la izquierda debieran ser puntos de referencia para una sociedad tan empobrecida tanto en su reflexión como en su implantación en la realidad de los más necesitados de cobijo intelectual y moral. Quizás sea necesario que surjan nuevos líderes con carisma que acaben iluminando los anhelos y las ilusiones de la gente corriente, y que los restituya a su ámbito natural como es el de una izquierda implicada con ellos. Los viejos líderes que, en su día pudieron ilusionar ya son eso “viejos” y desgastados referentes que ya no ilusionan ni a sus más fanáticos seguidores. Va a ser complicado que la izquierda acabe ilusionando de nuevo a una clase obrera un tanto descreída y escéptica con los mensajes y, sobre todo, los comportamientos de muchos de los que ahora se proclaman líderes de sus organizaciones.

    Atenagoras

  2. Rosa

    Estoy muy de acuerdo con casi todo el artículo, salvo con una cosa: los sindicatos mayoritarios han hecho verdaderas barbaridades, y entiendo su mala prensa (lo de la huelga feminista ha sido el último ejemplo, sí) pero esto: “Si eres un trabajador y estás en apuro, sabes que la solución está en los sindicatos alternativos y eso es poco menos que un drama.” tampoco es del todo cierto: las grandes luchas obreras que se han librado últimamente (Coca Cola, AirBus…) han sido apoyadas y soportadas por los sindicatos mayoritarios. Convivo con algún sindicato “alternativo” muy activo en redes sociales, pero a la hora de la verdad, no tienen ni estructura, ni la quieren, para atender realmente al trabajador (y me refiero a cuestiones legales, y de juicios, que al final es el soporte más necesario para los trabajadores. Por otro lado, ha habido una desconexión brutal de la lucha obrera (por muchas razones) y las últimas huelgas generales planteadas han tenido un seguimiento mínimo, a veces testimonial, “maquillado” por algunos sectores. La lucha obrera debe ser sindical, pero los sindicatos no son nada sin la militancia obrera, y el liberalismo ha hecho perfectamente su trabajo, instalando el miedo en los trabajadores.

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