16 de noviembre del 2017
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A poco de nacer me hicieron emigrante. Así, pude comprender años después el verdadero sentido del pensamiento de Jorge Luis Borges, cuando afirmó que “los argentinos descendían de los barcos”.

América toda fue receptora de esa fuerza de trabajo internacional que contribuyó al desarrollo de aquellos países en momentos en los que Europa se debatía en dos guerras sucesivas y España entraba en las décadas oscuras del régimen franquista.

Luego, desde España, a fines de los cincuenta y sesenta, la emigración se debió a los desastres de la dictadura. Al hambre y a la imposibilidad de tener futuro en ella. Éramos un “daño colateral” del sistema franquista.

Desde los ochenta y noventa, América retornó a expulsar a sus jóvenes, ya fuese por razones políticas, económicas o sociales. En todos los casos, esas personas contribuyeron al crecimiento y posterior desarrollo del Estado del Bienestar o Social. La “Tercera Vía” ya se aplicaba en los escenarios chilenos. En los noventa en los argentinos. Populismo privatizador.

Borges-LaReplica-Argentina

Fotografía que ilustra la emigración española a Argentina, de la biblioteca nacional de Argentina.

En esos años regresé a España y fui nuevamente un inmigrante, bajo la calificación eufemística de “retornado”. La visión de esos flujos de personas como una amenaza proviene generalmente de los que suponen tener los derechos de propiedad acerca de lo “nacional”. Tal vez sean los hijos y nietos, de los que se beneficiaron del resultado de la guerra civil. Aún lo hacen. Son los fervientes neoliberales que padecemos.

Esa visión xenófoba no deja de ser paradójica. Gracias a esa emigración fue posible el éxito del modelo Aznar-Rato de la expansión urbanística. No me explayo aquí en cuestiones que tienen que ver directamente con la corrupción subyacente, alimentada por las tramas que hoy eluden, en su mayoría, la prisión y la devolución de lo robado.

Hace treinta años fui un emigrante retornado. Desde entonces he procurado comprender el fenómeno. Una conclusión ha sido la instrumentalización política del drama de la emigración. Pero, sí fue utilizado para procurar un granero de votos a través del clientelismo. Esto, les ha valido a unos y otros dentro del bipartidismo para lograr más espacio en el parlamento. Más allá de ese objetivo, los ciudadanos en el exterior, poco importan a los sucesivos gobiernos desde los albores de esta neodemocracia que nos hemos dado.

Desde fines de la primera década de este siglo, el futuro de los españolitos ha sido nuevamente la emigración. Con el creciente desprecio que reciben de las autoridades “nacionales”. No dejan de evidenciar el fracaso del modelo. Por ello, tal vez, se les dificulta el derecho al voto. Se les recorta la cobertura de la Sanidad. Se les pretende ocultar en el silencio de los medios. En la melancolía del desgarro que supone partir.

El gobierno afirma que, con nacionalidad española, son 38.398 los que han emigrado durante los años 2012-2013-2014, pero sólo en el segmento de 15 a 29 años. Si se amplía hasta los 35 años, la cifra sube hasta 64.204.

Los datos son del blog Destino Emigra.

Los datos son del blog Destino Emigra.

Sin embargo, según datos del Instituto Nacional de Estadística 2,1 millones de españoles residen en el extranjero al 1 de enero de 2015. Cantidad incrementada un 6,1% respecto al 2014. Además de ser un 48% más alta que los 1,4 millones que vivían fuera de nuestro país en 2009.

El INE no resulta una fuente fiable para reflejar la realidad de la emigración. El propio organismo lo ha reconocido. Los datos oficiales indican 2.186.795 personas entre el 1 de julio de 2008 y el 1 de julio de 2013, de los cuales el 11,98%, es decir 262.081, son españoles de nacimiento o nacionalizados.

El gobierno actual tampoco se muestra interesado en esclarecer la dimensión de ese movimiento. ¿Formará parte de una operación de ingeniería social, como “daños colaterales” del modelo neoliberal? En 2014, en total, casi 125.000 españoles se han marchado. En cualquier caso, las estadísticas oficiales sobre emigración española se basan en las bajas en el padrón cuando los emigrados se dan de alta en los consulados de España en el exterior.

Reitero que la inscripción como residente en el extranjero no sólo supone baja en el padrón de España. Tiene consecuencias, entre otras, implica no disponer de médico de cabecera cada vez que la persona regrese. Tampoco el votar con la fluidez que debería corresponder. El partido en el poder le teme a ese voto, en su mayor parte indignado.

Los datos oficiales subestiman la emigración española. El propio fenómeno pone en evidencia el fracaso del modelo. El Gobierno minimiza el impacto de la emigración hablando de “movilidad exterior”. Es el discurso de los eufemismos. Confusión. Eufemismos. Silencios. Abandono. Deserción de la obligación de apoyar a los ciudadanos españoles que emigran. Esa es la realidad.

Pero, el fenómeno migratorio no es sólo español. Desde los confines del África meridional seguirán llegando oleadas de personas huyendo del hambre, la violencia y las guerras. Las concertinas no lo evitarán. Parece ser que somos exportadores de esa barbaridad. No es nuevo el gran negocio de los traficantes de personas utilizando las rutas de la droga. En este caso se limitan a facilitarles una salida riesgosa y a unos costes elevados, aún para nosotros. Son conocidos. Forman parte del entramado corrupto de esos gobiernos. Con el silencio cómplice de los gobernantes de la UE.

El concepto de refugiado sólo adquiere vigor cuando el Estado receptor lo otorga. En tanto, esas personas que huyen del desastre de Siria, Irak, y demás comunidades étnicas y religiosas, siguen siendo consideradas emigrantes o, lo que es lo mismo, una amenaza para nuestra identidad, según el ministro del Interior. Los gobiernos de esta Europa fallida, consideran al fenómeno migratorio como una amenaza sobre la que se deben actuar. Se encontraban cómodos expulsando a los nacionales. No valoraron la marea humana proveniente de Oriente Medio.

En cambio, las Sociedades Civiles, en general, la han visto como una oportunidad de ejercer la solidaridad. Y la han organizado de modo ágil, por las propias urgencias de la situación.

El libro al que alude el autor.

El libro al que alude el autor del texto.

En Vida de Consumo, trabajo que recomiendo de manera obligada, Zygmunt Bauman, en la página 179, nos remite al concepto de “infraclase”. Acuñado por primera vez por Gunnar Myrdal en 1963, este autor, “…al hablar de los peligros de la desindustrialización, la cual podría convertir, según él temía, a grandes sectores de la población en desempleados permanentes e inutilizables, no a causa de la ineficiencia o los defectos morales de quienes se quedaran sin trabajo, sino porque lisa y llanamente no habría trabajo suficiente para todos aquellos que necesitaran, desearan o pudieran trabajar.”

A esto se le llama hoy “desempleo estructural”, dentro de un modelo de consumo que ya no resiste más.

También en “Vida de Consumo”, Bauman menciona una idea esclarecedora: “”El “orden del egoísmo” genera una atmósfera de desconfianza y suspicacia. El “orden de la igualdad” inspira confianza y solidaridad”.

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Alberto Vila

Economista, Analista Político en Diario 16, Bastión Digital, La Réplica y Liverdades / Comunicación y RRPP / Me baso en información publicada
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