22 de junio del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Me despierto a la noche con un dolor en el pecho que a la mañana resulta insoportable. A la llegada al trabajo se enreda lo que me pasa con lo que sospecho que me pasa (amagos de infarto, un tumor maligno descubierto a última hora, una enfermedad desconocida,  mortal e incurable…), sé que voy a tener que ir al médico y pienso en esos casos de muertes acontecidos a la puerta del hospital, que es algo así como morir en la orilla. Mi dolor es, en escala médica, de 7 sobre 10.

En el corazón una punzada continua que nada tiene que ver con el desamor ni la opresión de los tiempos.

Hace años que me empadroné en Barcelona, ahora ejerzo mi voto aquí  y me desempeño como un catalán más, pago mis impuestos, me beneficio de su sistema de salud pública e incluso, con un poco de mala suerte, podría morir aquí. Sí, soy hipocondríaco. Cuando alguien me pisa el pie, creo que se me puede gangrenar como a Bob Marley y terminar muriendo de cáncer.

En el Centro Médico de San Antoni María Claret no hay nadie a la hora de comer, los pasillos están tan vacíos y fríos como una avenida a las tres de la madrugada. Lo dicen los horarios y lo dice el sentido común, a la hora de comer la gente come, no se pone enferma. Al entrar me preguntan si he viajado recientemente y si he tenido fiebre. Pero la fiebre no la tengo yo, sino una sociedad recién sacudida por una enfermedad del tercer mundo, el Ébola, cuyas ondas expansivas llegan hasta Barcelona.

Manifestación contra los recortes en Madrid. Fotografía: EFE

Manifestación contra los recortes en Madrid. Fotografía: EFE

Resumo mi caso y me derivan a la recepción de la segunda planta, donde pasa consulta mi doctora de cabecera. Antes de partir, avisan: Está comiendo, así que hasta las tres no podrá atenderte. Pero mi dolor no puede esperar tanto, me encuentro contraído, como una gamba, rebuscando en mi pecho el motivo del dolor, preguntándome el porqué de esta nueva traición de mi cuerpo. En la recepción de la segunda planta me preevalúan: ¿Qué sientes? Les digo que siento un pinchazo fortísimo en el pecho, que a veces parece algo muscular y otras veces como gases. Las dos doctoras se miran, asienten al unísono y no lo dudan: a la doctora de urgencias. Decir gases en asuntos pectorales es decir que algo va mal en la máquina que bombea nuestra sangre.

La doctora de urgencias es joven y novata, consulta libros de medicina, usa el bolígrafo para señalar los puntos del cardiograma que me acaba de hacer, y concluye: Todo apunta a una pericarditis. La pericarditis es una inflamación del tejido que cubre al corazón, una enfermedad que afecta en su mayoría de casos a hombres de entre 20 y 50 años. No es grave, pero a mí pericardio me suena a miocardio y miocardio a infarto de miocardio y a muerte, y vuelvo a mis ensoñaciones catastrofistas. De repente el pecho me duele más, 8 sobre 10. Me derivan a Urgencias en el Hospital de Sant Pau.

Salgo a la calle a pedir un taxi porque en la recepción no quieren llamar para pedirlo. “Pasan muchos fuera”, dicen. El trato de los funcionarios del estado difiere mucho del de los profesionales de la salud, impecable. Supongo el grado de hartazgo directamente proporcional al tiempo que estás enfrente del usuario, pero cómo hacer para llegar a un punto de encuentro.

El hospital de Sant Pau está ubicado en un conjunto arquitectónico impresionante, un recinto modernista obra de  Lluis Domènech i Montaner. Fue declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1997. Programa visitas para turistas en varios idiomas y conferencias de todo tipo, alberga entidades de prestigio internacional en su interior, alquila sus salones a entidades privadas y particulares, y dispone de un archivo histórico con más de 600 años de historia. Pero dentro, en los pasillos del hospital, faltan doctores, enfermeros, habitaciones y camas, y sobra gente, mucha gente.

Detalle rostro joven manifestante. Foto: Agencia EFE.

Detalle rostro joven manifestante. Foto: Agencia EFE.

Llego al recinto con la mano en el pecho y la cara de un perro abandonado. “Sisplau, yo estaba antes”, me dice una mujer cuando hago cola. Me mira mal. Espero, dolorido e impaciente, alguna muestra de humanidad en una capital hostil.

Cuando expongo mi caso en recepción utilizo la única arma de la que dispongo que puede acelerar el proceso de atención, mi cardiograma. Estiman mi caso lo suficientemente grave como para pasar el primer filtro y desemboco en una sala pequeña, al margen de la primera gran sala a rebosar de gente. Aquí no somos treinta o cuarenta, sino diez o doce personas, y todas andan resoplando, como si llevaran allí tres o cuatro horas.

Al poco comprendo que sí, que las llevan. Lo escucho en las conversaciones, lo veo en sus gestos, lo leo a través de sus miradas. Comparto sala de espera con varias personas de avanzada edad, una joven que sostiene un tarrito donde guardar la orina, una mujer en silla de ruedas junto a su cuidadora sudamericana y un joven que llora con la mano sosteniéndose el pecho. Cada vez que aparece un batablanca a hacer un llamamiento son recibidos como ángeles en el infierno, y su anunciación con alegría infinita por quien espera y tristeza renovada por el resto de pacientes (nunca mejor llamado, pacientes).

Dos horas después, por fin me llaman. Me atiende una doctora preciosa que no para de sonreír. No sé qué puede hacerle tanta gracia en un lisiado como yo. Conversando descubro que lo hace porque sus padres son andaluces y yo también. Lo andaluz suele ser recibido así, con una mezcla de ternura y humor. Me trata con la mayor de las delicadezas. No sólo ella, también la enfermera, a la que le pregunto cómo están las cosas en el hospital. “Ahora comienzan las dificultades, se acerca el invierno y vienen las gripes, que debilita a personas que acentúan sus otras enfermedades. Esto se satura.”.

El autor de la crónica en los pasillos del Hospital de Sant Pau.

El autor de la crónica en los pasillos del Hospital de Sant Pau.

¿Ha viajado recientemente fuera de España? No. ¿Fuma? No. ¿Se droga? No. ¿Bebe? Sí, los fines de semana. Miento porque ayer me bebí cerveza a la hora de cenar. He decidido omitirlo, aunque no sé muy bien por qué. No puedo mentirle a mi doctora en nuestro primer día, las relaciones no funcionan así. Me comunica que me harán una radiografía, un nuevo cardiograma y una analítica de sangre. Un completo, dice la enfermera. Esto es fatal, porque los resultados suelen demorarse en el tiempo. ¿Cuál es su grado de dolor? 5 sobre 10, digo. Y es cierto, psicosomaticamente, mi cuerpo entiende que estoy seguro, aparca su urgencia y se relaja un poco.

Un celador me conduce por las venas del hospital hasta la sala de radiografías y entonces descubro el verdadero drama de este hospital, y probablemente, de todos los de la ciudad. Muchos ancianos descansan, si es que así puede decirse, en camillas aparcadas en los pasillos. Sus esperanzas cuelgan de un gotero en un escenario lúgubre. No parece que acaben de llegar. Sus ronquidos, sus quejidos de dolor, sus suspiros de hartazgo, son la música de lo peor de nuestro amputado sistema de salud. Y es algo que sólo lo logra ver quien no tiene más remedio. Yo, por ejemplo.

En unos minutos, me convierto en unos de ellos. Mi camilla descansa en un pasillo y el frío me sube por la espalda. Mi dolor es de 6 sobre 10. Detrás de mí un señor que ronca intermitentemente, delante, una columna insoportable. “Te dejamos aquí afuera, entiende que la habitación debe ser para los pacientes que hemos de tratar”.  Claro, asiento. Los celadores, los doctores, los enfermeros, conforman un conglomerado en el que abundan los guiños, el mimo y la complicidad. Se abrazan, se tocan, se aferran a lo humano. De otra manera, me parecería imposible.

Salgo y son aproximadamente las 23h. Cinco días de reposo absoluto y un aluvión de pastillas que deben frenar mi pericarditis. Más allá del susto y de mi imaginación, nada grave. He pasado el tiempo de una jornada laboral en las entrañas del sistema médico catalán, desprovistos de los mismos fondos que su clase política dirigente ganaba en mordidas y viajes a Suiza.

Fotografía de El Blog de Juan. Fotografía y Revolution.

Fotografía de El Blog de Juan. Fotografía y Revolution.

Pensaba en el diagnóstico, no en el mío, sino el que yo le daría al sistema sanitario público al llegar a casa (ha sido mi primera vez en cuatro años que he ido a urgencias). Pero ya lo hace Teresa Romero en los medios, la auxiliar de enfermería que ha superado el virus del Ébola: “Doy las gracias al personal sanitario abnegado que pese a la nefasta dirección política ha conseguido obrar el milagro”.

Y es que es exactamente eso, un milagro, lo que están haciendo los profesionales sanitarios con un sistema de salud enfermo, asaltado por dirigentes neoliberales, e indirectamente, ahogado por corruptos y mafiosos, que jamás verán los pasillos fríos de un hospital público porque tienen los bolsillos llenos para comprarse otro. La codicia, nada nuevo, es al final el virus que nos está matando.

Mi dolor es, a escala médica, de 10 sobre 10.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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