24 de junio del 2017
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Por si al lector aún le cabe alguna duda acerca de la capacidad de obediencia del individuo, aunque vaya en contra de sus propios principios éticos, terminaremos con el que tal vez es el más conocido de todos los experimentos sobre obediencia a la autoridad. Nos referimos al “experimento de la cárcel de Stanford”.

EL EXPERIMENTO DE LA CÁRCEL DE STANFORD

En 1971, Philip Zimbardo y otros investigadores de la Universidad de Stanford, California, llevaron a cabo un insólito experimento que pretendía analizar cómo reaccionaban personas normales cuando se las introducía en una situación crítica. En concreto se quería estudiar el comportamiento humano en cautividad, por lo que se acondicionó los sótanos de la Universidad para que se asemejaran a una cárcel. Todo el experimento sería grabado mediante cámaras.

Se seleccionaron a 24 voluntarios para participar en el estudio, todos ellos estudiantes universitarios sanos y psicológicamente estables, la mitad de los cuales asumirían el rol de prisioneros y la otra mitad de guardias. El reparto fue realizado al azar mediante el lanzamiento de una moneda. A los sujetos que harían el papel de guardias se les proporcionó uniformes, porras y gafas de espejo como símbolos de estatus. Trabajarían en turnos de ocho horas y cuando no estuvieran de servicio harían vida normal, dormirían en sus casas y asistirían a clases normalmente. Por el contrario, los que asumieron el rol de prisioneros, pasarían las 24 horas del día en la cárcel simulada de los sótanos de la Universidad, alejados de su entorno habitual y llevando sólo una ligera bata blanca sin ropa interior, sandalias con suela de goma, cadenas en los tobillos y una media en la cabeza para simular tener la cabeza rapada. De igual manera, serían designados mediante un número que llevarían cosidos en sus batas.

El día de comienzo del experimento los participantes con el rol de prisioneros fueron “detenidos” en sus casas por miembros del departamento de policía que se prestaron a colaborar en el experimento. Los prisioneros fueron imputados de robo a mano armada y pasaron por todo el proceso habitual de detención, que incluía la toma de huellas dactilares, ser fichados y fotografiados, la lectura de sus derechos, así como desnudados, duchados y despiojados para su inmediato encarcelamiento en unas pequeñas celdas.

Por otro lado, un miembro del equipo investigador haría las funciones de alcaide de la prisión y el investigador principal, el propio Zimbardo, las de superintendente. En una reunión previa con el grupo de participantes que asumirían el papel de guardias, Zimbardo les transmitió una serie de directrices acerca de cómo comportarse con los prisioneros. A los guardias se les dijo que tenían que imponer disciplina y control al grupo de presos, hacerles sentir la pérdida de su privacidad e incluso inducirles cierto grado de miedo. En ningún caso estaba permitido hacer uso de la violencia física.

Lo que ocurrió fue desconcertante. Sólo dos días después de comenzar el experimento se comprobó que los límites entre lo que era real y ficción desaparecieron. Los participantes asumieron de tal modo su rol que terminaron por interiorizarlos y comenzaron a comportarse como si lo que tan sólo era un experimento sobre una cárcel simulada se hubiera convertido en una prisión real o incluso algo peor. Al segundo día del experimento y ante un motín de los prisioneros, los guardias empezaron a manifestar conductas claramente sádicas hacia los reclusos. Además de utilizar contra ellos extintores de incendio para aplacar el motín, los castigos y humillaciones a las que a partir de ese momento fueron sometidos se incrementaron. Estos castigos incluían, por ejemplo, la prohibición de los guardias a que los reclusos hicieran uso del lavabo, la obligación de que fueran desnudos, la retirada de colchones a fin de que durmieran en el suelo, la privación del sueño, la retirada de comida, la exigencia de limpiar los retretes con las manos e incluso la obligación de que llevaran a cabo actos homosexuales como forma de humillación. Por la noche, cuando los guardianes creían que las cámaras no se encontraban grabando, los actos de crueldad hacia los prisioneros aumentaban. Sometieron a los reclusos a castigos corporales aun teniendo en cuenta la prohibición expresa por parte del equipo investigador acerca de ese tipo de conductas. Jóvenes perfectamente normales se habían transformado en guardias brutales.

Una de las cosas más curiosas que mostró este experimento es que incluso el propio Zimbardo se dejó arrastrar por su implicación en el experimento y en sus propias palabras: «A veces olvidaba que era tan sólo un experimento», llegando a involucrarse en la situación como si ésta fuera real. Esto ocurrió por ejemplo en el cuarto día del experimento cuando ante los rumores de una evasión, el propio Zimbardo solicitó a la policía que le dejara hacer uso de las celdas reales de la comisaría para proseguir el experimento, a lo que afortunadamente la policía se negó. Ante tal negativa Zimbardo reaccionó con notable enfado.

Algunos prisioneros empezaron a manifestar reacciones psicosomáticas de estrés como sarpullidos e insomnio. Un prisionero, el 416, comenzó una huelga de hambre como protesta por los abusos a los que estaban siendo sometidos. En respuesta a ello, los guardias lo pusieron en una celda de castigo donde se hallaba confinado en solitario. Lo más llamativo es que los demás presos lo vieron como un alborotador y cuando los guardias dieron a elegir al resto de los prisioneros si preferían que se le perdonara a 416 el confinamiento en la celda de castigo a cambio de sus mantas, los presos prefirieron conservar sus mantas y que 416 continuara recluido en solitario. Esto es una muestra de hasta qué punto los participantes en el estudio habían interiorizado sus papeles ya que, recordemos, todo formaba parte de un experimento en el que cualquier participante era libre de abandonarlo voluntariamente en el momento que quisiera. Muy al contrario, todos los prisioneros se mostraron pasivos ante las humillaciones a las que estaban siendo sometidos y ninguno abandonó el experimento a pesar de los castigos que se encontraban padeciendo. Tan sólo dos presos tuvieron que ser sustituidos (y no por propia voluntad sino a criterio de los investigadores) debido a las reacciones de estrés extremas que estaban manifestando.

Finalmente, el experimento tuvo que ser cancelado a los seis días cuando en principio estaba previsto para una duración de dos semanas.

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA

A pesar de las críticas que tuvo el experimento de la cárcel de la Universidad de Stanford, los resultados que se obtuvieron parecen apuntar de nuevo a lo que ya había señalado Milgram años atrás: en determinadas situaciones el individuo es capaz de llegar a perder toda perspectiva y aceptar de forma conformista lo que se le imponga aunque vaya en contra de sí mismo y de los demás. Conformismo que se manifiesta independientemente del valor ético de la orden y aun cuando vaya en contra de la propia moralidad.

Lo experimentos que hemos tratado en este artículo no fueron los únicos que estudiaron la obediencia a la autoridad pero sí son los más conocidos y citados. De igual manera, hay que señalar que estos experimentos serían prácticamente imposibles de realizar hoy en día, ya que los criterios éticos de las investigaciones científicas no permiten llevar a cabo este tipo de estudios. No obstante, su impacto en el ámbito de la psicología fue tremendo. Y no sólo han dejado huella en el ámbito científico. No son poco los libros, novelas y películas que han tratado sobre algunos de estos experimentos. Entre éstas últimas cabe destacar dos producciones cinematográficas alemanas muy interesantes y que se basan respectivamente en el experimento de la cárcel de Stanford y la experiencia de la Tercera Ola: Das Experiment (El Experimento) de Oliver Hirschbiegel (2001) y Die Welle (La Ola) de Dennis Gansel (2008). Más recientemente se han recreado los experimentos de Milgram y Zimbardo en las películas norteamericanas Experimenter de Michael Almereyda y The Stanford Prison Experiment de Kyle Patrick Álvarez, ambas de 2015.

EL PODER DE LA AUTORIDAD

¿Qué se puede concluir de todos estos experimentos? Es posible que ahora el lector sea capaz de responder con mayor claridad a las preguntas que se le plantearon al principio de este artículo. También seguramente podamos entender cómo en determinados momentos históricos, y ante determinadas circunstancias sociales, personas buenas y perfectamente normales pudieran comportarse cruelmente o ser encubridoras de actos abominables, como ocurrió en la Alemania nazi. La respuesta está en el increíble poder que la autoridad tiene sobre la voluntad de las personas. Y Hitler supo aprovecharse de ese potente mecanismo psicológico. Unas escalofriantes palabras suyas lo corroboran: «La gente necesita un miedo saludable, quieren algo que temer, quieren algo que les asuste y los vuelva terriblemente sumisos. El terror es absolutamente indispensable para fundar una nueva potencia». No es de extrañar que a través de una propaganda basada en la férrea autoridad, el control y la sumisión a un líder, muchos buenos alemanes terminaran comportándose como lo hicieron.

Pero deberíamos preguntarnos por otra interesante cuestión: ¿Qué efecto se produciría en cada uno de nosotros si de pronto adquiriésemos un gran poder sobre los demás? ¿Actuaríamos con justicia o nos transformaríamos en pequeños dictadores? Piense en lo que ocurrió en el experimento de la cárcel de Stanford, cuando a unos estudiantes normales y sanos (los guardias) se les otorgó poder sobre otros compañeros (los reclusos). Recuerde también cómo Jones y Zimbardo reconocieron que se excedieron en sus papeles de líderes a medida que se iban involucrando en sus respectivos experimentos. No son pocos los ejemplos en la historia que muestran cómo individuos sin poder, al adquirirlo, se transforman en auténticos tiranos. Se cuenta, por ejemplo, que en el pasado siglo durante la ocupación británica en la India, los soldados más crueles contra el pueblo ocupado eran los “cipayos”, es decir, nativos indios, compatriotas al fin y al cabo, reclutados al servicio del ejército del Imperio.

EL PODER DEL GRUPO

Además, y según demostró Solomon Asch (maestro y mentor de Milgram), cuando el individuo se enfrenta a una situación difícil en la cual no sabe muy bien qué decisión tomar, suele delegar tal decisión en el grupo de referencia, es decir, el grupo al que pertenece y, en especial, a la jerarquía de dicho grupo. El grupo se convierte así en el modelo de comportamiento de la persona. El peligro es que si el grupo actúa erróneamente, entonces el sujeto individual se inclinará a comportarse también erróneamente. Si el grupo actúa mal, el individuo tenderá a aceptar conformistamente esa situación y actuará mal. Así ocurrió en la Alemania del Tercer Reich, cuando millones de alemanes terminaron por imitar los comportamientos antisemitas y racistas que observaban en su grupo de referencia, en este caso, el pueblo alemán bajo el dominio de Hitler. No es que la mayoría de alemanes fueran antisemitas; se limitaron a reproducir las conductas antisemitas que observaban a su alrededor.

También en el experimento de la cárcel de Stanford pudimos ver este proceso de pérdida de la individualidad a favor del grupo y sometimiento de la voluntad al poder de la mayoría. Tanto los presos como los guardias tendieron a mimetizar las conductas que observaron en el grupo de referencia al que pertenecían respectivamente: comportamientos crueles en el caso de guardias y de sumisión en el de los presos. Recordemos que tan sólo un prisionero, el 416, se rebeló contra los guardias y, paradójicamente, los demás presos maltratados como él, sus propios compañeros, lo recriminaron por no comportarse obedientemente. Esto no difiere demasiado de lo que en el terreno laboral se conoce como “Mobbing”: una situación donde un jefe hostiga y acosa a un empleado sobre el que tiene poder, con la complicidad silenciosa de los demás compañeros que temen enfrentarse al acosador e incluso acaban participando en este acto de violencia psicológica contra su propio compañero acosado. Y es que como dijo Zimbardo: «En la historia de la humanidad se han cometido muchas más barbaridades y atrocidades en aras de la obediencia que en aras de la rebelión».

EL PODER DE LA SITUACIÓN

¿Es entonces la naturaleza humana esencialmente buena o somos inherentemente malvados? No hay respuestas a esta cuestión o tal vez esta pregunta haya estado desde siempre mal planteada. Más bien somos buenos o malos en función de la situación en la que nos encontremos. En este sentido cabe decir que, ante determinadas circunstancias, la situación gana la partida a nuestras personalidades individuales. Como decía Zimbardo, mientras que en situaciones normales actuamos noblemente, en malas situaciones puede manifestarse el lado más cruel de nuestra naturaleza y cuando la situación ha pasado volvemos a ser nosotros mismos nuevamente.

En definitiva, no nos conocemos tanto a nosotros mismos como creemos y ni siquiera imaginamos en lo que podemos llegar a convertirnos ante determinadas circunstancias ya que, tanto para lo bueno como para lo malo, lo que somos depende en gran medida del contexto en el que en cada momento nos encontremos. Todos somos en potencia siervos y tiranos, víctimas y verdugos, ángeles y diablos. Sólo deben darse las condiciones apropiadas para que se manifieste lo uno o lo otro.

UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN

Hemos visto como nuestros actos están en gran medida determinados por el grupo al que pertenecemos, la situación en la que nos encontramos y la autoridad a la que estemos sometidos. A veces esa autoridad es clara y se puede identificar fácilmente: cualquier persona o personas concretas con poder sobre nosotros en cada contexto. Otras veces esa autoridad es más difusa y para referirnos a esas fuentes de poder sobre nosotros solemos usar términos vagos como “la administración”, “la burocracia”, “las entidades financieras”, etc., obviando a veces que tras esos conceptos ambiguos se encuentran personas reales que ejercen cotidianamente un control efectivo sobre cada uno de nosotros.

Tras todo lo dicho, propongo para terminar que el lector se plantee una última cuestión: ¿En qué medida se siente usted libre a la hora de elegir cómo actuar? Pregúntese, en definitiva, hasta qué punto sus elecciones se deben a su propia voluntad personal o sencillamente está procediendo obedientemente a lo que se espera de usted.

Para más información:

Zimbardo, P. (2008). El Efecto Lucifer: El porqué de la maldad. Barcelona. Paidós Ibérica S.A.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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