22 de agosto del 2017
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Se aproximaba mi decimocuarto cumpleaños. Era el año 1986. Unos amigos de mis padres me quisieron regalar un disco (un LP en aquella época) y me preguntaron cuál prefería. Si hubiera tenido que elegir tan sólo unos días antes, les hubiera pedido sin duda el “In the army now” de Status Quo. Pero casualmente (o no) aquella mañana había escuchado en la radio (en los 40 principales para ser exactos) una insólita canción que hablaba de cosas de las que no solían hablar las canciones que se pinchaban normalmente, y menos aún en aquella emisora en particular. Mientras casi todas iban de amor, desamor, el veranito, tus ojos, mi boca, tu sonrisa y menea el cuerpo arriba, abajo y demás bobadas, la canción en cuestión proclamaba la necesidad de escapar de la ciudad, del ruido de lo mundano, como forma de encontrarse a uno mismo y alcanzar la dimensión insondable de la verdadera libertad. Había palabras que entonces ni entendía, pero tuvo el efecto de un fascinante martillazo en mi cerebro de adolescente.

La voz de aquel cantante también se salía de lo normal; no era precisamente melódica ni bonita pero poseía un extraño encanto. Cantaba en español pero claramente tenía un acento que en un principio no supe identificar. Cuando poco más tarde vi el videoclip de aquel tema, la apariencia de aquel tipo, como no podía ser de otra manera, era de lo más extravagante: larguirucho y flaco, de inmensa nariz aguileña, gafas de pasta negra y pelos alborotados. Un leptosómico vestido de chaqueta y corbata con pinta de maestro, que aparecía eventualmente en programas de música juvenil y que casi no se movía mientras cantaba. Tan fuera de lugar como un camello en un canalón. Y claro, mi fascinación inicial se disparó a las puertas de Sirio. A los amigos de mis padres les pedí el LP de aquel italiano del que sólo había escuchado una canción (la cual, por cierto, daba título al disco). No supe en ese momento de qué forma afectaría a mis gustos (y por qué no, a mi vida) aquella decisión adolescente aparentemente trivial. Estaba perdido. Aquel disco era Nómadas y aquel cantante italiano, siciliano para más señas, era Franco Battiato.

Suele ocurrir que de un disco el 75% de las canciones sean prescindibles y si a lo sumo hay dos o tres que merezcan la pena, ya te puedes dar por satisfecho. Eso no ocurrió con aquel disco. Me costó pasar del primer tema (precisamente el “Nómadas”) por miedo a que lo que viniera después me decepcionara. Pero cuando finalmente me atreví, vino la crítica “Bandera blanca”, después la exótica “Yo quiero verte danzar”, seguido por la espacial “Vía láctea”, la oriental “La era del jabalí blanco”, y etc. Todos, y digo absolutamente todos los temas de aquel disco me apabullaron.

Pronto me sabía a pie juntillas las letras de las canciones y hasta mi familia las canturreaba por los pasillos de la cantidad de veces que lo reproduje en el tocadiscos a todo volumen. Mientras mis vecinos y amigos escuchaban cosas normales para la edad como Dire Straits, Queen, Pink Floyd o Deep Purple (eran otros tiempos) y construían su identidad musical con grupos que son referencias de la música universal, yo forjaba mi personalidad a ritmo del “Yo quiero verte danzar” y “Centro de gravedad permanente” (qué se puede esperar de una canción que se titule así). Estaba condenado a ser un friki con aspiraciones intelectuales. Estaba destinado a ser lo que ahora soy.

A finales de los años 80 Battiato era muy conocido en España y casi toda la generación actual de cuarentones y cincuentones identifica a Battiato sin problemas, e incluso reconoce alguna de las canciones antes mencionadas. Pero realmente la mayoría lo recuerda más que por él mismo, por la famosa y graciosísima parodia que hicieron Martes y Trece. Para quienes aún no la hayan visto o no la recuerden, imaginaos a Josema Yuste disfrazado de Franco “Napiatto” con una gabardina, sentado hierático en el suelo del escenario y con unas gafas con nariz de Groucho Marx, cantando con voz nasal pasajes del “Yo quiero verte danzar”. Mientras, al fondo, aparece Millán Salcedo vestido de gallina psicodélica, haciendo los coros y bailando como un robot. Estoy absolutamente convencido de que los Martes y Trece supieron captar la esencia cómica de Battiato y el componente de autoparodia que, estoy seguro, él conoce bien y a menudo incluso fomenta. ¿Qué se le puede añadir a un sketch sobre Battiato, que canta lo que canta y que apenas se mueve en el escenario? Pues una surrealista gallina haciendo los coros. Está claro. Todo fuera de las normas y de las pautas convencionales, llevándolo a lo excesivo, como lo es el propio cantante siciliano. Simplemente genial.

Resulta que años después (en aquella época no había internet) me enteré de que Battiato tenía una dilatada carrera en Italia, y que antes de lanzarse a cantar canciones ligeras (aunque usar este adjetivo en Battiato es prácticamente un oxímoron), provenía de la música experimental, del rock progresivo psicodélico y de la música electrónica. Algo de eso se le tuvo que quedar. Todo encajaba. E incluso representó a Italia en Eurovisión en el año 1984 alcanzando sorpresivamente un meritorio quinto puesto. Digo sorpresivamente porque la canción que Battiato compuso e interpretó para la ocasión, junto a una bellísima Alice, fue “Il treni di Tozeur” (“Los trenes de Tozeur”), un tema que se salía tajantemente de los cánones de un concurso pop como el de Eurovisión. Además, la temática de la letra no podía ser más inusitada: hablaba de una línea ferroviaria de Túnez, antaño símbolo de la opulencia del emperador tunecino antes de la proclamación de la república. Para más inri, la canción incluía la presencia de tres mezzosopranos que interpretaban en alemán una parte de La flauta mágica de Mozart. Imaginaos la cara del público eurovisivo (dato curioso, España le otorgó la máxima puntuación). Y a pesar de todo quedó quinto.

Ese es el mérito de Battiato: hacer popular lo que es profundo y complejo. Muchos años más tarde, durante una visita a Túnez, una de las primeras cosas que hice fue subir a un tren en Tozeur para recorrer parte de la línea que une dicha ciudad con Metlaoui, a través de la cordillera del Atlas. Quise ver con mis ojos los paisajes que habían inspirado la canción. Cuando el cielo se une al desierto, y el tren parece flotar sobre la arena, comprendí la verdadera razón que motivó aquella composición de Battiato.

Os he mencionado algo sobre la temática de las letras de Battiato. La mayoría de las veces sus letras (con o sin la colaboración de su íntimo amigo, el filósofo y letrista Manlio Sgalambro) trascienden a la música. Abordan temas de lo más variopinto. Igual tratan sobre sufismo (su ópera “Genesi”) que sobre la teoría de los somatotipos (“Figsionómica”), o bien te trasladan a la época de la Rusia Soviética (“Perspectiva Nevski”), o al Berlín tras el telón de acero (“Alexanderplatz”). Pueden versar sobre ascetismo y espiritualidad (“Y te vengo a buscar”, “La sombre de la luz”), mitología (“Atlantide”), filosofía oriental (“Zai Saman”) o sobre metafísica (“Sagradas sinfonías del tiempo”). Muchas son críticas sociales o políticas, si no censuras directas a la decadente y débil naturaleza humana (“Up patriots to arms”, “Inneres Auge”, “Pobre patria”). Otras hablan sobre el tiempo, el universo y el sentido de la propia existencia (“No time, no space”). A veces incluso hace versiones de canciones conocidas de otros autores (“Ruby Tuesday”, “Hey, Joe”). En cualquier caso son poesía. Una poesía profunda y mística que impregna cada una de sus canciones, incluso aquellas de temática aparentemente más delirante (“Centro de gravedad permanente”), incluso aquellas de carácter sexual (“Fornicazione”). Y por supuesto una poesía cargada de símbolos que te atraviesan y de los que intuyes significados aunque no sepas muy bien de qué tratan.

Curiosamente no son muchas las canciones que hablan del amor (humano), pero cuando aborda el tema lo hace como nadie lo ha hecho, me atrevería a decir, jamás. Hay tres canciones en especial: “La estación de los amores”, “Sentimiento nuevo” y “La cura” (ésta última en colaboración con Manlio Sgalambro), que sólo pueden haber sido escritas por quien ha experimentado el amor en sus múltiples y poliédricos planos, desde los más materiales a los más metafísicos. En especial, “La cura” es a mi entender la declaración de amor más profunda y conmovedora que he escuchado jamás. La canción que me hubiera gustado escribir a mí. La canción que justifica toda una carrera musical y, por ende, toda una vida.

En cualquier caso, quien haya escuchado a Battiato durante años termina por percibir que en el trasfondo de sus composiciones subyace una lucha contra la inevitable dualidad humana, así como la búsqueda de una Unidad (con mayúsculas) que integre lo material y lo espiritual del ser humano. La pretensión de alcanzar la fusión con un Todo (también en mayúsculas), con una suerte de demiurgo al que muchos llaman Dios, sin importar cómo cada uno lo imagine, metáfora del sentido profundo que se encuentra bajo la superficie de lo aparente. Esa pretendida y a menudo infructuosa superación de la dualidad que describía tan elegantemente Nikos Kazantzakis en el prefacio de su obra “La última tentación”:

“Desde mi juventud, mi angustia primera, la fuente de todas mis alegrías y amarguras ha sido ésta: la lucha incesante e implacable entre la carne y el espíritu. […] Y mi alma es el campo de batalla donde se enfrentaban ambos ejércitos”.

En ocasiones, esa superación de la dualidad en pos de la Unidad se manifiesta explícitamente en algunas de sus letras (Buscar en Uno por encima del bien y del mal en “Y te vengo a buscar”, Bajo el tránsito de la aparente dualidad en “Nómadas”). Otras veces sobrevuela a lo largo de alguna canción y sólo se revela cuando se hace una lectura más detenida de la misma (como ocurre en “El animal”). Battiato es un místico, concepto mucho más elevado que el constreñido término “religioso”. Es un hombre que lucha contra la desesperación que provocan las pasiones humanas y pretende trascender a ellas. Battiato es un hombre que vive en el mundo pero no es del mundo.

Por todo ello no es de extrañar su íntima conexión con las enseñanzas de Mevlânâ, también conocido como Rumí, a las que se han dado en llamar sufismo. El sufismo es una doctrina religiosa ascética y mística del islam, heterodoxa y panteísta, que aspira a una unión mística con Alá a través de un camino en el que hay que seguir una serie de etapas iniciáticas. Así, Battiato parece seguir los preceptos de Gurdjíeff, cuando éste manifestaba:

“La evolución del hombre es el resultado del crecimiento y desarrollo interior individual; que tal apertura interior es la meta de todas las religiones, de todos los caminos, […] pero que requiere un conocimiento directo y preciso, que sólo se puede adquirir […] a través de un prolongado estudio de sí mismo”.

Más allá del sentido profundo de sus letras donde se revela las influencias sufíes, no son pocas las canciones en las que Battiato menciona a los famosos derviches giróvagos (“Il re del mondo”, “Yo quiero verte danzar”), monjes seguidores de Rumí que alcanzan el éxtasis religioso a través de la repetición de letanías sagradas y de una simbólica danza en la que giran sobre sí mismos con una mano dirigida al cielo y otra a la tierra. También introdujo la presencia de derviches en la mencionada ópera Genesi y tituló a uno de sus más famosos discos Ecos de danzas sufí. Mucho de lo que sé del sufismo lo sé por Battiato. Cuando en el año 2003 crucé la península de Anatolia en dirección a Siria en compañía de unos amigos (algunos de ellos también admiradores de Battiato y de las obras de Rumí), una de nuestras paradas obligatorias fue el monasterio de los derviches en Konya, epicentro del sufismo y lugar donde reposan los restos del sagrado Mevlânâ. En aquella ocasión, como en muchas otras de mi vida, los versos de Battiato se adueñaron de mi mente mientras observaba rodeado de un silencio ascético la dorada tumba del fundador del sufismo: En los vestidos blancos giran… ecos de las danzas sufíes.

En otro orden de cosas, del Battiato mundano se sabe más bien poco. Es vegetariano a ultranza, se ha vuelto abstemio, dejó el tabaco hace quince años y poco o nada se conoce de su vida privada o incluso de su orientación sexual (es curioso comprobar cómo en muchos de estos aspectos me recuerda a otro de mis cantantes fetiche: Morrissey). Ni falta que hace, todo sea dicho. Sí es pública y conocida su íntima amistad con el mencionado filósofo Manlio Sgalambro, recientemente fallecido, al que conoció a mediado de los 90 y que se convirtió desde entonces en su amigo del alma además de en letrista de muchas de sus composiciones.

De Battiato se han hecho y se siguen haciendo seminarios e incluso doctorados en torno a su obra. Y no es de extrañar. Recuerdo que en 1996 me matriculé en los cursos de doctorado de la Universidad de Sevilla. Por lógica, elegí los relativos al departamento de Psicología, que era mi titulación. Al cabo del tiempo, cuando me dio por ojear los que se ofertaban en otras titulaciones, descubrí que había un curso en el departamento de Comunicación audiovisual, Periodismo y Literatura que se denominaba: “Franco Battiato: Texto, Música y Cosmovisión”, impartido por el Dr. Manuel Ángel Vázquez Medel. Ya era tarde para matricularme en él. Mi frustración fue abrumadora.

Battiato fue incluso político por un breve espacio de tiempo, cuando aceptó el puesto de Consejero de Turismo y Cultura de la Junta de Sicilia, a condición de no recibir ninguna remuneración económica. No duró mucho en el cargo ya que fue cesado fulminantemente cuando el cantante calificó de “putas” a los parlamentarios de su país durante un acto en el Parlamento Europeo. Exactamente dijo: Esas putas que se encuentran en el parlamento serían capaces de cualquier cosa […] Los políticos italianos harían mejor abriendo un prostíbulo. Genio y figura. Battiato no está para asuntos terrenales. Y esto es casi literal: el asteroide del cinturón principal (18556), descubierto en 1997, recibió el nombre de Battiato en honor al cantante siciliano. Leyendo sobre las características de este asteroide, no puedo evitar pensar que están describiendo al Battiato hombre, porque Battiato (el asteroide) orbita a una distancia media del Sol de 3,0561 ua, teniendo una excentricidad de 0,0173. En efecto, Battiato, hombre y asteroide, están ya muy lejos del planeta Tierra. Y cuando Battiato abandone algún día su carcasa mortal, quedará para siempre entre las estrellas que es su lugar natural. Somos provincianos de la Osa Menor a la conquista del espacio interestelar… cantaba premonitoriamente en “Vía Láctea”.

A todo esto, aún no he mencionado la anécdota que da título al presente artículo. Corría el año 2005 y en aquel entonces yo tenía un grupo de música tradicional llamado “La Jambre”. Se puede decir que éramos bastante conocidos en el minoritario mundillo de la música folk. En aquel año editamos nuestro primer disco y, como si fuera un padre orgulloso, quise regalárselo a Battiato. Era de justicia: su música me había proporcionado grandes satisfacciones en mi vida y ahora quería agradecérselo modestamente regalándole la mía. Cual acosador cibernético, tuve que dar no pocas vueltas en internet para conseguir su dirección, hasta que el presidente de su club de fans en Italia me aconsejó que, por experiencia, la mejor forma de contactar con Battiato era a través de la dirección postal de su editorial de libros.

En efecto, Battiato había fundado hacía décadas una editorial llamada L’Ottava con sede en Catania, la cual se dedicaba, como no podía ser de otro modo, a publicar en lengua italiana las obras de Gurdjieff, además de libros sobre sufismo y espiritualidad. Por aquel entonces Battiato se encontraba dirigiendo su segunda película (¿no había mencionado aún que Battiato además de componer y cantar, es director de cine y pintor?) llamada “Musikanten”, en la que relata los últimos años de la vida de Beethoven. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que Battiato había elegido para interpretar a Beethoven al mítico Alejandro Jodorowsky. Para quienes me conocen, saben sobradamente que Jodorowsky, ese viejo chamán sabio y loco, es otro gran referente para mí. Así que parecía que las estrellas se habían alineado para unir a dos de mis ídolos personales. Aunque pensándolo bien, todo respondía a una lógica invisible: Dios (o Alá) los cría y ellos se juntan. De tal modo que le escribí una carta de mi puño y letra (en mi interior pensé que Battiato agradecería que le hubiera mandado un manuscrito, evitando el uso del ordenador) contándole lo que su música había supuesto para mí, que quería hacerle el humilde presente de mi disco y que esperaba que su película junto a Jodorowsky tuviera el éxito que sin duda merecería. Compré un sobre acolchado, introduje el folio manuscrito y el disco, y lo envié certificado a Catania. Y pasó el tiempo.

Llegó el verano y me fui de viaje. Cuando regresé, encontré en el buzón la notificación de llegada de una carta certificada. El cartero no se había molestado en escribir el nombre del remitente. Tan sólo en el espacio relativo a la procedencia había escrito con muy mala letra una imprecisa palabra: “Italia”. ¿De Italia? Instantáneamente pensé que aquella carta debía ser la ansiada respuesta de Battiato que nunca esperé recibir. En la notificación se me hacía saber que tenía quince días para recoger la carta en la oficina de Correos o se procedería a su devolución al remitente. Miré la fecha, precisamente ese día se cumplía el decimoquinto de su llegada. Corrí superando las corrientes gravitacionales hasta Correos. Después de una interminable cola, entregué la notificación al funcionario, que buscó en unos cajones durante unos eternos minutos. “Lo siento”, me dijo, “esta carta ha sido devuelta esta misma mañana”. Mi desilusión se tornó en disgusto cuando le pregunté si era posible conocer el nombre o la dirección exacta del remitente y me contestó que si no lo había apuntado el cartero en la notificación, era imposible saberlo. Frustrado, volví a mi casa bajo el sol del verano siendo consciente de que nunca habría manera de saber con certeza si aquella carta era de Battiato. Pero siempre he sido de la opinión de que la realidad no debe estropear una buena fantasía, así que me convencí de que en efecto aquella carta no podía ser de otra persona que del propio Franco Battiato. En ese caso, ¿qué me diría en ella? Imaginé que a lo sumo sólo pondría algo como “Gracias” y poco más, y que tal vez ni siquiera él se hubiera encargado de escribirla; quizás algún secretario o empleado de su editorial. Pero siempre cabía la posibilidad de que el contenido de aquella carta contuviera algo más que un mero agradecimiento. Siempre viviré con esa duda.

Treinta y un años después de que Battiato irrumpiera en mi vida, tuve la oportunidad al fin de verlo actuar. Las veces que había venido a España me había sido esquivo y pensaba que a estas alturas de su vida (tiene ya setenta y dos años, la misma edad de mis padres) su retirada estaría próxima y siempre me quedaría la espina clavada de no haberlo podido ver en directo. Además, no hacía mucho se había roto una pierna al caerse del escenario durante un concierto y sus actuaciones en los últimos tiempos eran contadas. Pero afortunadamente los astros se tornaron de nuevo a mi favor. El jueves 13 de julio de 2017, en Málaga, pude disfrutar de un concierto del autor de muchas de las canciones que han acompañado gran parte de mi existencia.

Battiato estaba por fin ante mí en persona. Lo tenía relativamente cerca, a unos quince metros de distancia. Llegó sin hacer ruido, como levitando entre los aplausos y ovaciones del público. Me pregunté a cuántas personas de los allí presentes sus canciones les habrían cambiado la vida como lo habían hecho con la mía. Aparté la mirada del escenario y observé por un momento los rostros del público. Sin duda a muchas, me convencí. Sus caras me lo decían. Expresaban una devoción y una reverencia que van más allá de la mera admiración hacia un excelente cantautor de culto. Veían en él, como lo veía yo, a un sabio, a un místico contemporáneo, a un erudito que había usado el instrumento más bello jamás creado por el hombre para transmitir su sabiduría: la música. Así que me concentré en lo que estaba por venir. Y Battiato cantó para toda la audiencia, lo sé, pero yo sentí como si cantara sólo para mí.

Y como para hablar sobre lo profundo de las emociones las palabras siempre parecen torpes y limitadas, prefiero no hablar más de lo estrictamente necesario acerca de lo que allí sentí. Tan sólo mencionar que, al acabar el concierto, tuve la tentación de intentar verlo en su camerino. No soy dado a esas cosas ya que me invade una profunda vergüenza, además de que, por experiencia, sé que a la mayoría de los músicos no les gusta tener que soportar a frikis y fanáticos tras un agotador concierto. Pero por un momento sentí la necesidad de preguntarle por aquella carta. Sabía que era una tontería porque seguramente ni se acordaría. Mi compañera me animaba a ello e incluso llegamos a dar unos pasos hacia la verja, custodiada por un seguridad, que separaba el escenario del sector de los músicos. Ya se apelotonaban allí un grupo de entusiastas que esperaban poder ver de cerca al viejo maestro sufí o hacerse una foto con él. Ilusión vana, pensé. Sé que Battiato siempre mantiene las distancias, porque él sabe, como lo sé yo gracias a los mitos clásicos, que lo inaccesible siempre resulta mucho más fascinante y se inviste de un halo de misterio que la realidad sólo consigue arruinar. Ni siquiera iba a dar entrevistas durante su corta gira española, había leído en los periódicos. Así que me paré en seco y le dije a mi compañera: “No, vámonos”.

Y mientras volvía sobre mis pasos y me alejaba de la remota posibilidad de conocerlo, supe que no saber es una forma de sabiduría, porque en el mundo de la incertidumbre reina la imaginación, donde todo es posible.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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    3 Réplicas

  1. Rubén

    Hola Antonio! Felicidades por el artículo, es precioso. Cada sensación que describes la he vivido y me imagino que muchos de los que estuvimos allí. Battiato nos ha insuflado mucho espíritu a través de las décadas. En mi caso, he visto a Battiato 4 veces en directo, todas ellas en España, y a pesar de que con 62 años (cuando le vi por primera vez, en Madrid) estaba más enérgico y hasta se infló de bailar, este concierto en Málaga es el mejor que le he visto por el amor con el que cuidaba cada detalle. Pasan los años, está más mayor y menos enérgico, y a la vez más tranquilo, sabio y sensible. También en ese concierto del 2007 le hice llegar un Cd con un manuscrito mío que escribí durante el 2006 mientras su música sonaba durante meses. Lo cogió y lo guardó en su chaqueta entre 2 canciones. Ni idea de si lo leyó. Por cierto, tengo ese concierto en audio y Dvd. Si quieres te lo envío: [email protected] . Enhorabuena nuevamente por el artículo y gracias.

  2. Miguel Grazziani

    Muy identificado con tu historia temporal en la que coinciden hasta las fechas.

    Sólo te diré que yo también traté de ponerme -infructuosamente- en contacto directo con el genio, y tan sólo estuve presente en un concierto en Conde Duque en el 2008. A mitad del concierto nos preguntó ¿cuál queréis? y sin dudarlo alcé la mano y grité ¡Nomadi!; tras una breve interacción con los músicos, comenzó la canción en español que no pudo acabar por no tenerla ensayada.
    A los dos años regresó a otra gira de conciertos de los que sólo pude leer las crónicas de los críticos: “Una excelente versión de Nómadas en español deleitó al público. Un vuelco en mi corazón, la certeza de que mi pedido llegaba así para otros.
    El pasado 18 regresé a las afueras del botánico para volver a escucharle sin verle, tumbado en el césped. Una recapitulación de mi vida en una hora y pico, las canciones rebotadas en el edificio de la facultad de biología donde me licencié, llegaban a mis oídos acompañado de mi hija.

    Sobran más palabras.

    Gracias, Antonio

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