17 de enero del 2018
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Casi tan raro como despertarse en otra casa, estos días nos hemos despertado con la confluencia hecha. Y ahí se ven, a Pablo Iglesias y Alberto Garzón, y viceversa, en las portadas de los periódicos, despertando el odio de la caverna, apresurado en alertar de las maldades del comunismo. Es lo que hay de aquí al día de las votaciones y habrá que acostumbrarse, pues lo que nos debate es la posibilidad de darle un vuelco a las opciones de gobierno, que si antes de las elecciones parecían definirse a la derecha del tablero, ahora lo hace a la izquierda. Y esa posibilidad, engrasada con el odio reaccionario de quiénes ostentan el poder, articulará su tremebunda maquinaria.Aunque Pablo Iglesias y su equipo sigan manteniendo el discurso de la transversalidad, y en el fondo puede que siga siendo un poco así, que la lucha esté entre quiénes abogan por una forma de continuismo y quiénes ambicionan con reinventar el sistema, lo cierto es que de cara a Europa, a la gente de la calle y de quienes no frecuentan la discusión politológica, el espacio se divide entre las izquierdas y la derecha que se dice centro derecha. O resumiendo aún más, está el bloque establishment (PP-CS-PSOE) contra el bloque del cambio (Podemos-IU-Compromís-Mareas).

En apenas unas horas, como una partida de tetris, se ha vuelto a reordenar la opinión oficial de los partidos en función de la disputa política.

La confluencia intentará articular el eje discursivo en contra de las políticas de austeridad y la corrupción, encarnadas como nadie en el Partido Popular. Sabe que si revive el rechazo del espíritu 15M, logrará mayo eco social y, por ende, votos. Esto sitúa a Ciudadanos como una muletilla del Partido Popular (verdaderamente se ha comportado así, salvo en caso de flagrante conflicto con la opinión pública) y lo ningunea en la discusión fundamental, y al PSOE en un nuevo rol, el de partido “necesario” para posibilitar un cambio. Si antes Pablo Iglesias y Podemos aspiraban a tirar del PSOE superándolo en soledad, ahora lo hacen a lomos de la confluencia (que siempre, salvo el caso de Cataluña, ha tenido un efecto multiplicador), obligándole por aclamación popular a apoyar un gobierno de izquierdas e ir desgastándolo poco a poco con sus conflictos internos y su escasa flexibilidad y capacidad de reacción. La sensación es que la presencia de Izquierda Unida acelera las discusiones fundamentales y aleja a Podemos de sus posiciones más tibias. ¿Eso es bueno de cara a aspirar a más votantes? No se sabe, pero desde luego, es más sincero.

 

Rivera y Rajoy compartirán algunos puntos en campaña.

Rivera y Rajoy compartirán algunos puntos en campaña.

El Partido Popular, por su parte, lo tiene claro, agitar los fantasmas del comunismo, del desastre económico y de la izquierda radical comeniños. Aparecerá Venezuela y Chaves, Bolivia, los bolcheviques… al más puro estilo de Esperanza Aguirre. Por otro lado, erigirse como partido sensato y experto, aunque su sensatez y experiencia nos haya llevado a la precariedad, el desastre y la desigualdad más incipiente que haya habido nunca en España. Y confiar, claro, en que la justicia se encalle y no saque a la luz nuevos casos de corrupción. Lo cierto es que al aparato más cercano a Rajoy apenas le quedan miembros sin imputar o bajo la sospecha de corrupción.

Ciudadanos, que copiará sin reparos algunos aspectos del Partido Popular, volverá a su plan iniciático, señalarse como el cambio sensato. Nueva política Europea, España abierta al mundo y economías de mercado. En la práctica, lo que vienen queriendo las élites económicas: facilidad para implantarse en los mercados, facilidad para despedir, facilidad para contratar, facilidad para hacer lo que les venga en gana donde les dé la gana, aunque cuestione nuestro bienestar social, precarice la sociedad y destruya el planeta.

Susana Díaz Pedro Sánchez LaReplica

Susana Díaz tirando de Pedro Sánchez. Pura metáfora.

¿Y dónde deja esto al PSOE? Pues en la misma incómoda posición de los últimos tiempos. La de un partido que disimula como puede haber traicionado su historia, cuya base social empuja a un cambio de actitud y cuya cúpula prefiere seguir gozando del estatus y los privilegios de antaño. Aspira a seguir mandando en las zonas rurales gracias al voto cautivo, apuntalar sus fortalezas en Andalucía y Extremadura y revivir como pueda a un PSC cuesta abajo. Pero entre medio, tendrá que soportar tremendas contradicciones (escenificadas con el pacto por el congreso que proponía Podemos), se verá entre dos bandos cada vez más asentados y enfrentados, y tendrá como principal influencia entre sus barones a una lideresa más cercana al Partido Popular que ninguna otra fuerza política: Susana Díaz. Si a Pedro Sánchez se le ha hecho difícil hasta ahora, no sabe la que le espera.

Así las cosas, si de verdad aspira España a un cambio político, puede que la maquinaria electoral de la que hablaba Íñigo Errejón a finales de 2014, tenga más sentido que nunca ahora, cuando el sorpasso requiera algo más que el espacio Podemos-IU, cuando se trate de convencer a movimientos sociales y ciudadanos de a pie, a trabajadores del campo y emprendedores, a obreros, parados y emigrantes, que la solución de ese país pasa porque la confluencia sea verdaderamente un voto de todos. Asunto nada sencillo ante una población tentada con la abstención y hastiada del émbolo político en el que nos hemos visto involucrados los últimos meses. Si las campañas son un estado de ánimo, más que nunca, hay que apelar al optimismo. Que una primavera revolucionaria sea motor del cambio que llevamos años anhelando.    

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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