25 de septiembre del 2017
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Hace años que estoy desligado de la Semana Santa, pero no así de su recuerdo y de su tradición, que aún me provocan sentimientos de todo tipo. Quizás como catarsis, como manera de ordenar mis pensamientos, os explico qué es para mí la Semana Santa.

Para mí, la Semana Santa comienza el viernes de dolores. El viernes de dolores es el día de la familia de mi madre por excelencia. Mi madre y mi abuela se llaman Lola. Y el viernes de dolores es mi madre llegando del trabajo con algún ramo de flores. Siempre ha sido muy querida en su trabajo. Ella nunca parecía darle mucha importancia a eso, pero sé que le hacía muy feliz que sus compañeros la reconocieran el día de su santo.

De pequeño, recuerdo que nos reuníamos todos por la tarde y por la noche para cenar, charlar y a veces incluso bailar. La vida tiene sus recovecos y la reunión ya no es la misma, pero cada viernes de Dolores, al menos comemos juntos con mi hermano, mi madre, mi abuela y mis primos.

Mi Semana Santa es llegar a casa de mis primos y ver sus túnicas colgadas, perfectamente planchadas y preparadas (hubo un tiempo que también estaban así en mi casa). Es comer alguna torrija, bromear con que el día que salen sus cofradías va a llover a cántaros y escuchar las historias de mi abuela sobre la Semana Santa de cuando era joven. Su Semana Santa. Cuando su cuñado dejó tirada en la catedral una trompeta de los Judíos de San Mateo para irse por ahí con su hermana, cuando ella rezaba para que lloviera porque no quería acompañar aquella madrugá a San Francisco, cuando acompañando en el más absoluto de los silencios las Tres Caídas mi madre, que era una niña, se dedicaba a imitar a una mujer con discapacidad (sí, los años 70 fueron muy así), cuando mi madre nos vistió de hermanos aún enfermos con varicela y salimos en la cofradía aprovechando que no se nos veía la cara, cuando mi abuela se metía garbanzos en los zapatos con los que iba a acompañar alguna cofradía para aumentar la penitencia. Tragicómico y con olor a tiempos pasados. Así son esas anécdotas.

Mi Semana Santa es bromear con la virgen a la que mi abuela tiene en los últimos años mucha devoción, decir que es muy fea y que tiene pocos hermanos. Es hablar con mis primos y mi abuela curiosidades y anécdotas de las Cofradías de Jerez. Son datos que ni siquiera sé si son verdad y que posiblemente no aguanten ningún análisis historiográfico pero que en mi familia son verdad. Qué más da lo demás. Que San Francisco y San Miguel nunca salen si hay un leve riesgo de lluvia, que Jesús (en mi casa El Nazareno siempre fue “Jesús”, a secas) sale aunque llueve y truene, que el señor de La Soledad es el que más pesa del mundo mundial, que la cruz de “El Cristo” la pintaron de marrón para que pareciera de madera y así librarse de algún saqueo o quema de iglesias, que la Iglesia de San Francisco está conectada con La Cartuja por túneles, que al “Prendi” lo castigaron a salir sin banda porque se recogió mucho más tarde de su hora y los gitanos de santiago fueron detrás cantándole para sustituir la banda, que mi tío una vez se metió a cargar debajo de “El Cristo” con el traje de chaqueta porque a la mitad del recorrido se quedaron sin cargadores. Así podría estar un buen rato.


La Semana Santa sigue y con ella más momentos y recuerdos que forman mi Semana Santa. Cada Domingo de Ramos un amigo se acuerda de mí cuando ve la hermandad de La Coronación. Fue mi hermandad y aunque hace ya muchos años que ni siquiera salgo a verla, él se acuerda de mí y me lo dice.

Esa semana para mí no puede ser una semana normal. Incluso trabajando en los días laborables, algo me indica que no puedo mantener mis rutinas habituales, pero tampoco tomármela como unas vacaciones sin más. Cuando era un niño, no concebía una tarde de Domingo de Ramos a Viernes Santo sin salir a ver las procesiones. No entendía cómo podía alguien estar en la calle y no ir a verlas. Era algo irracional,  era lo que se hacía, lo que había que hacer, con gusto e intentando verlas absolutamente todas. Nunca fui un capillita de hermandad, cuando salía de penitente solo pasaba por mi hermandad el día de la salida, el resto del año ni me acordaba, pero al llegar la Semana Santa no había otra opción que ver todas las procesiones. Me encantaba hacerlo.

Mi Semana Santa es también ir a ver cargar a mi amigo de siempre en los Judíos. Desde adolescente él siempre intentó ser “el guay”, y en Jerez los “guays” son costaleros. Por eso, él desde los 16 años ya buscaba alguna hermandad en la que le dejaran cargar. Cargó tres años en la virgen de San Francisco, pero ya al año siguiente le dejaron cargar en la suya: los judíos. Voy, lo veo, aparece con su  molía y su sudadera serigrafiada por la hermandad, orgulloso, contento, feliz. Me cuenta cómo va el paso, si le dejan la salida o la entrada (en función de si ha faltado a muchos ensayos o no), si está cansado (solo ya con los años lo va admitiendo…) y pronto se vuelve para dentro. Cada año así desde casi que tengo uso de razón.

 

Mi Semana Santa es también el “Prendi” por Tornería. Seguramente hace más de una década que no  lo vea por esa calle y dudo que vuelva a verlo a medio plazo. Pero en los últimos años de la infancia cuando ya uno quiere ser mayor, ver el “Prendi” por la calle Tornería, metido en medio de una bulla, lo más pegado al paso posible y de la mano de mi padre era ver la Semana Santa “de los mayores”. Era la Semana Santa de noche, la de las recogidas, la de las bullas donde no van los niños pequeños porque hay demasiada gente, la de saetas y calles estrechas. Mi padre nunca fue muy amante de la Semana Santa, supongo que tiene sentimientos parecidos a los míos en esta semana, pero le gustaba llevarnos a mi hermano y a mi a ver algunas de esas cosas “especiales”, sitios bonitos y recónditos, alejados de la carrera oficial y que eran auténticas aventuras.

Mi Semana Santa son las cofradías con las que me une algún lazo que, aunque para mi signifiquen poco, en mi familia son importantes. Es la Candelaria, en la que salen mis otros primos y con la que siempre chuleaban de tener (en aquel tiempo) el camino más largo, es mi madre emocionándose al paso del Cristo del Amor al recordar a su amiga que ya no está, es, a pesar de las bromas, esperar de corazón que no llueva el jueves santo para que salga la Oración en el Huerto y mis primos no se lleven un disgusto, porque de verdad que se lo llevan, o es “chulear” siendo un preadolescente de que yo conocía al capataz porque es un viejo amigo de mis padres. Y si ya me veía de lejos y me hacía algún gesto de saludo delante de mis amigos, imagínate.

Mi Semana Santa es la “noche de Jesús”. En mi casa la madrugá se llama así. Y desde que nací me vistieron de hermano (me sacaron a la calle cuando apenas tenía cinco meses), y hasta los 17 o 18 años salí en “Jesús”. Salía con mi madre y mi hermano. Recuerdo algún año que también salió mi abuela y mi tía. Lo de la Coronación era negociable (aunque mi inscripción es del mismo día que nací, con mi firma en forma de mi pie de recién nacido mojado en tinta, cosas de mi abuelo…), pero lo de Jesús no. Salíamos juntos los tres y llegábamos puntuales a la iglesia, nos colocábamos y comenzaba la procesión. Era una cofradía muy divertida y totalmente diferente a las demás. Desordenada, sin cirios, con la cara descubierta y que daba un papel diferente a hombres y a mujeres: ellas desfilaban con la cara tapada y un farol, los hombres con la cara descubierta bien mandaban, bien cargaban, bien llevaban insignias o si aún eras pequeño te dedicabas a pasear por la procesión y a veces incluso mandando sobre las “hermanas”. Lo pienso ahora….vaya barbaridad machista. Pero sí, así era. Era una cofradía atípica, con la que a veces la gente se metía y por eso me gustaba más, era la mía, la de mi madre y la de mi familia. A mi padre además siempre le cayó simpática, mientras que la Coronación le pareció de pijos, Jesús era mejor. Llegábamos a casa, ya de día, comíamos alguna torrija, dejábamos arrumbadas las túnicas y a dormir.

Mi Semana Santa acababa el viernes. Nunca fui a ver el resucitado, la verdad. Y el viernes uno se despertaba tarde, recuerdo que mi padre siempre decía que algún año había que levantarse para ver al “Cristo” salir, pero a día de hoy nunca he ido.  Uno se levantaba con el cuerpo raro, sin hambre pero había que comer, y ponía Onda Jerez. Eso era una constante durante toda la semana. En mi casa Onda Jerez se veía única y exclusivamente en Semana Santa. Básicamente solo se veía eso, bien repeticiones y sobretodo los directos. Así uno sabía cómo iban las cofradías de ese día y cobraba una importancia vital si chispeaba y había cambios de horarios. Normalmente no se le prestaba demasiada atención, pero era el sonido de fondo de esa semana. Aún hoy día mi novia me sorprende, casi con vergüenza y a escondidas, cuando por estas fechas al hacer zaping me paro más de la cuenta en Onda Jerez. Y lo reconozco, cuando estoy solo en casa, la pongo de fondo. No sé muy bien por qué lo hago, pero lo hago. Y la banda sonora de la película “Una mente maravillosa”, alguno me entenderá, no es una banda sonora más.

 

En mi Semana Santa el viernes no había que salir muy tarde, porque “hay que aprovechar”, esto se acaba. Y el viernes era La Soledad, porque salían mis tíos y mis primos. Y mi madre contaba anécdotas de cuando era joven y veían la Soledad, y mis tíos siempre nos saludaban vestidos de penitentes sin perder la compostura, y yo me sentía orgulloso de ellos. Si lo piensas racionalmente sentirse así era algo bastante absurdo, pero así era.

El viernes era también ver “Las viñas” porque mi novia de adolescente era de allí y después intentar ver el diminuto avión que lleva colgado el Loreto, de la que mi abuela estaría orgullosa. El viernes, por supuesto, también era ver El Cristo, contar de nuevo la historia de cuando mi tío se metió a cargar vestido de chaqueta y recordar que mi padre de pequeño cargó en el “Juanillo”, y si daba tiempo pasar por el Maypa a ver si escuchaba alguna saeta por martinete. De flamenco sé casi lo mismo que de física cuántica, pero alguna vez me explicaron cómo identificar una saeta por martinete y yo intentaba hacerlo sin mucho resultado.

Y yo acababa la semana con la nostalgia del que vuelve de un viaje o termina un buen libro.  El fin de semana si hacía bueno estaba bien para la playa y el domingo ya tocaba prepararse para el colegio o el instituto. Había acabado una semana en la que se vivía fuera del mundanal ruido, donde importaban otras cosas, donde las pequeñas tradiciones personales o familiares salían a la luz, donde uno se hacía mayor haciendo las mismas cosas de siempre, esas microtradiciones nunca escritas.

Mi Semana Santa estaba muy alejada de la vida diaria del interior de las cofradías, y nada tenía que ver con la ultraderecha nacional católica que se codea con el poder político del bipartidismo. Y a ellos hay que decirle alto y claro: la Semana Santa no os pertenece. En Andalucía la Semana Santa es de la gente.

Y como buen fenómeno social de masas está en disputa. Para empezar no deberíamos dejar que privatizaran su disfrute a través de los palcos. Pero claro, la Semana Santa, como todo, está atravesada por las opresiones de clase y de género.

Y es que para la mayoría de la gente ese brazo armado nacional católico es un mundo ajeno, para esa mayoría la Semana Santa es solo una semana al año que se construye de recuerdos, rutinas, historias convertidas en leyendas,  sabores, olores, conversaciones y tiempos pasados. La religión es solo el marco de fondo estético, tiene mucho más que ver con una creencia popular, líquida, contradictoria, incontrolable por el poder y ligada a tu entorno más cercano, a los que ya no están, a los que están por venir, a “ser” de aquí, a pertenecer a una comunidad, con su historia y su cultura.

Y es que, como las mejores leyendas, recuerdos, olores o sabores, mi Semana Santa es un cúmulo de emociones absurdas, contradictorias, incoherentes, sin sentido y ajenas a la razón. ¿Pero alguien aquí está hablando de razón?

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Jose Ignacio García Sánchez

Orientador educativo y psicólogo. Activista y miembro de la ejecutiva de Podemos Andalucía.

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    2 Réplicas

  1. Atenagforas

    Muy entrañable la Semana Santa que describe José Ignacio. Más de uno podríamos describir una Semana Santa parecida pero no tan bien como lo ha hecho él. Se trata de un cúmulo de recuerdos, anécdotas -a veces nos parecen un poco ridículas desde nuestra situación actual- y de experiencias vividas con los nuestros, con los que siempre quisimos, que ahora y aquí nos parecen deliciosas y entrañables.
    Efectivamente la Semana Santa no le pertenece a quienes se han apropiado de ella como se apropian de todo, porque creen que todo el suyo, que les pertenece como un botín por pertenecer a una clase social que usan y abusan de unos símbolos, de unas creencias, de unas tradiciones e. incluso de unos sentimientos, que acaban desechándolos cuando no le sirven para su aupar su prestigio y su falso status social.
    Me ha gustado mucho como ha enfocado José Ignacio “su” Semana Santa porque le ha dado vida y la ha descrito con los rasgos más autenticos y profundos de nuestra sensibilidad.

  2. Nstalia Sanchez Galera

    Que pedazo de descripcion, que de sentimientos en comun en esas palabras. Y siendo mucho mas Semana Santera que tu, reitero que la Semana Santa no tiene banderas en sus letras de saetas, ni partidos politicos, ni incluso colores en sus tunicas si eres de derecha o de izquierda. Estos dias en Jerez todos olemos el mismo incienso y la misma musica.
    Te quiero Jose Ignacio

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