16 de octubre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Tal vez sean algunos gestos espontáneos, que hemos contemplado en las movilizaciones surgidas tras el 1-O, el único halo de esperanza que quede ante un problema que ha tomado un cariz más radical de lo que nadie hubiera imaginado.

Estos gestos, nacidos como reacción espontánea, parecen cargados de un emoción contenida que desafía a la postre dos posturas confrontadas; la de aquellos que nos representan parlamentariamente y la de aquellos que sufren la incompetencia de los primeros. La radicalización de dos bandos enfrentados por ideas y territorios parece inherente a historia de España; una dicotomía en la que quienes no toman partido son tildados de tibios o, por usar un término más reciente, equidistantes. Se trata de una estrategia tan antigua como los poderes que dirigen nuestros designios. Blanco o negro. Rojo o azul. Madrid o Barça. O conmigo o contra mí. Una forma muy sencilla, pero también muy eficiente, de polarizar a la sociedad para que sus miembros sean incapaces de ser independientes, es decir: de pensar por sí mismos. De este modo, el pueblo se ve obligado a tomar partido y, sin ser consciente de ello, conforma un ejército ideológico en el que no cabe la disonancia, lo cual suele terminar en discusiones, peleas y, en el peor de los casos, guerras.

Los gestos a los que me refiero han llegado a nosotros a través de las redes y más tarde han sido mostrados por algunos medios de masas sin que ninguno de ellos incida en su importancia o en la forma en que pueden conducirnos a la reflexión. Uno de ellos mostraba a un ciudadano que, envuelto en una bandera rojigualda con el estampado de un toro, acudió a votar el primero de octubre a un colegio de Lleida. Lejos de ser interpretado como una provocación, su gesto fue aplaudido por los presentes de mayoría independentista, demostrando así que lo único que valoraban era el hecho de votar. El segundo tuvo lugar durante la huelga del día tres de octubre, en la que un lobo solitario con la bandera española atada al cuello portaba un cartel que rezaba: “no quiero la independencia ni quedarme en casa mientras golpean a mi pueblo. Fueron varias las personas que se le acercaron para darle un abrazo o estrecharle la mano. El tercero se produjo cuando unas chicas que vestían la camiseta de la Selección Española se fotografiaron con otras que ondeaban esteladas. Quizá sean los más significativos, pero no son los únicos; también hemos visto en las redes a un chico y una chica, cada uno con su respectiva bandera, besándose con pasión, así como otras imágenes en que la mezcla de tejidos de colores demuestra que las relaciones humanas poco o nada tienen que ver con las de los representantes de los estados. Es cierto que también ha habido algún enfrentamiento entre portadores de banderas, pero parece imposible que entre la masa no se encuentre siempre algún exaltado que provoque un incidente.

Más allá del debate maniqueo y el vómito de frustraciones pasadas e influencias familiares y sociales, existe en el pueblo una actitud natural hacia la sensatez que sale a flote en situaciones críticas, tragedias o resacas de violencia. Un sentimiento que empuja al ser humano a la solidaridad, algo que sin embargo queda escondido tras la coraza de autodefensa cuando uno se encuentra en escenarios de rutina. Todo esto, que pudiera parecer anecdótico, contiene una carga de simbolismo que esconde una de las posibles soluciones al problema, pues la soberanía debe residir en el pueblo. Bien es cierto que esta soberanía se cede a los representantes de las cámaras para que legislen y decidan por nosotros, pero en la tesitura de enrocamiento, bloqueo e ineficiencia en la que todos los poderes, el ejecutivo, el legislativo, el mediático, el fáctico e incluso el testimonial que representa la Corona, han demostrado una enorme ineptitud y una peligrosa inoperancia, ha de ser el ciudadano quien tome las riendas, sobre todo porque eso supondría, de facto, una verdadera democracia participativa. Pero no ese ciudadano teledirigido que, aunque no lo crea, unos y otros manipulan, sino el ciudadano racional y sensato que reacciona espontáneamente ante situaciones inesperadas, aquel al que se le altera el sistema emocional y piensa: para qué vamos a enfrentarnos por Ellos si la verdadera lucha es contra Ellos. Y aunque parezca mentira, ese tipo de ciudadano, menos visible, más silencioso, se encuentra en mayoría.

Por lo tanto, y dado el curso que han tomado los acontecimientos, resulta obvio que la única salida a este túnel lóbrego y húmedo ha de encontrarla la ciudadanía. Y para ello no hay más alternativa que la de preguntarle a esa gente que paga sus impuestos qué opción prefiere. Sin imposiciones unilaterales ni represión, sin ser arrastrados por los gestos de desobediencia institucional ni por las reacciones represivas de quien posee la fuerza bruta, sin coacciones ni mentiras; bajo un marco neutro y aséptico de libertad y dentro de un entorno que cualquier sociedad que se considere civilizada ha de saber construir, pues todo lo demás, aquello que nos imponen como una confrontación de odio entre pueblos, ni tiene autoridad moral para hablar en nuestro nombre ni nos representa.

Demostremos por lo tanto, de manera pacífica y libre, que el factor humano se encuentra aún por encima de los trapos y la sinrazón, de las mentiras y las porras.

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Mario Crespo

Mario Crespo (Zamora, 1979) es licenciado en Historia del Arte y Documentación. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Sin título y Death y es autor de las novelas LS6 (2010), distinguida en el Festival du Premier Roman de Chambéry y traducida al inglés, Cuento kilómetros (2011), Biblioteca Nacional (2012) y La 4ª(2014). También ha coordinado, junto a José Ángel Barrueco, la antología Viscerales (2011). Es colaborador habitual de prensa y su obra poética y narrativa aparece antologada en varios libros. Actualmente reside en Madrid.
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    Una Réplica

  1. xavier

    Esta mañana estaba en la Seguridad Social, sala grande de hospital grande de Barcelona, a mi alrededor gente por encima de 60 años, como es habitul el idioma mayoritario es el castellano, yo soy catalan, en un momento dado por megafonia anuncian un nombre casi inteligible un señor mayor se levanta y le dice a su mujer ,¿ soy yo ?, (en un castellano del sur como poco )como no lo habian oido bien, me he levantado y en castellano les he explicado que nombre habian dicho y que si era el, a donde tenai que ir.
    Cuando me he sentado me ha venido a la memoria todos aquellos mensajes que desde fuera dicen que aqui nos matamos por el idioma, que estan perseguido los castellanos, en fin me he sentado de nuevo y he constatado que la normalidad es la que se ve aqui no la que se cuenta desde fuera, despues me he levantado he entrado a la consulta la hemos realizado en catalan, he salido les he dicho a esos señores “Buenos dias” y a la recepcionista “Bon Dia” y seguimos para adelante.

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