08 de junio del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El rebaño lo es más que nunca, sea para bien (algo difícil de ver pero que los poderes se encargan de recordarlo a todas horas) o para mal; hoy en día resulta inconcebible, por lo menos en los países desarrollados, el vivir al margen de la sociedad, o siquiera desconectado de las redes sociales. Quien se aventura a hacer eso es tachado de loco o debe escuchar (porque en ocasiones la gente no se molesta en disimular) la tan manida frase de “a éste no le carbura bien la cabeza”.

Así pues, se nos invita y se nos obliga a permanecer todas las horas del día que permanecemos despiertos a estar multiconectados. Da igual dónde vayas, qué hagas o qué pienses: has de hacerlo público y que todo el mundo se entere. La vena exhibicionista ha existido desde el principio de los tiempos, pero bien es cierto que en la actualidad está explotada al máximo, esparcida por todas partes y convertida en una necesidad imperativa para ser considerado una persona “normal”. No hay espacio para los reservados, los tímidos o los que gustan de pasar una tarde lejos de todo. Esas personas se convierten en extrañas, en manchas de un tapiz inmaculado de alegría y sociabilidad por todas partes.

Años atrás, antes del estallido de las redes sociales, existía ya un patrón intrínseco en la masa social. Era como si se tuviesen que hacer realidad las estrofas de aquella canción del cantante brasileño Roberto Carlos que decía “Yo quiero tener un millón de amigos…”; la saludable interacción social fue convirtiéndose en una adicción, que el estallido de Internet sólo ha contribuido a convertirlo en psicosis.

No nos engañemos, quién más y quién menos soñó con ser popular en el colegio/instituto/universidad. Por lo menos lo imaginó una vez sin que ello lo convirtiera en un anhelo u objetivo. La adolescencia separó a aquellos que disfrutaban de pasar el tiempo consigo mismo de los que no eran capaces de hacer nada sin otros seres humanos a su alrededor. Los introvertidos y los sociables, los divertidos y los aburridos, los guays y los frikis. Blanco o negro, bien o mal. Siempre ha sido así. Pero más o menos, con excepciones, era un curioso equilibrio que se respetaba.

Esa balanza está ahora mismo destruida por completo, subyugada por una ola pantagruélica que lo devora todo y quien no intenta surfearla (muchos se ahogarán pero no lo sabrán) se queda fuera de juego. Los ermitaños estamos mal vistos. Si pasan dos días y no has colgado una foto en Instagram, Facebook, etc, has escrito en el blog o has salido a tomar unas cañas parece que en dos días estarás colgado de una soga en la penumbra de tu habitación llena de mierda por todos lados. Porque así obliga la sociedad a ver a los que no surfean la ola.

Soy usuario de las redes sociales, bastante activo tengo que decir. Antes más que ahora porque me agoté rápido; es un ritmo demasiado rápido para mí. De todas maneras, escribo todos los días varios tuits, me gusta interactuar con los usuarios y navego por las páginas de Internet para informarme o simplemente disfrutar. Pero durante los fines de semana me impongo una especie de shabbat tecnológico y muchas veces también social durante los cuales invierto todo el tiempo disponible en mí mismo: leo, escribo, paseo por la playa a mi ritmo. Sin contar a mi novia durante prácticamente 72 horas no interactúo con otro ser humano.

¿Una locura? Más bien una necesidad.

Soledad1

Si yo fuera el Ministro de Educación mañana mismo impondría como obligatorio enseñar a los niños a vivir en soledad. Les enseñaría a los niños a cortar el hilo de la palabra “triste” que parece que va siempre atada a la soledad. ¿Por qué ha de ser triste? ¿Cómo puede saberlo la gente si no lo experimenta? Vaya por delante que por supuesto hablo de la soledad voluntaria, no la que por desgracia mucha gente ha de vivir a la fuerza (y que por otro lado viene acompañada de otros problemas, por supuesto).

Sin ser un experto en la materia, pero sí en mi propia experiencia y la de personas que me rodean, he llegado a la conclusión de que uno de los principales males que adolece la sociedad hoy en día es la incapacidad de sus individuos de vivir con ellos mismos, de disfrutar de un espacio para la soledad. De aprender de ella y disfrutarla. De hecho, por esa incapacidad estamos dónde estamos. Y no sólo es un tema de las redes sociales sino que abarca todos los aspectos de la vida más personal, la verdaderamente importante: el amor propio, la confianza, la felicidad, el pragmatismo, la ensoñación… son aspectos que sólo nosotros mismos podemos hacer crecer y que nadie ayudará a hacerlo si no se consigue una buena base sobre la que poder edificar.

¿Qué ocurre si no se da ese hecho? Que vienen los problemas, los vacíos existenciales, los problemas en las relaciones, la frustración…  hay un dicho que reza: “aprende a amarte a ti mismo”. Es totalmente cierto, como lo es que sólo se puede conseguir en soledad. En muchos de los casos tal vez esas fases de la vida, que por descontado todos vivimos, se podrían sobrellevar mejor con esa base que el conocerte a ti mismo te da.

Porque la vorágine de hambre social que vivimos convierte a las personas en recipientes vacíos, que muestran de cara al exterior pero no miran hacia el interior. Tarde o temprano llega un momento en el que se tiene que echar una ojeada a lo que sucede en uno mismo y es entonces cuando de repente surge un abismo aterrador. Y como una mecha prendida nos abalanzamos a los brazos del postureo y la “falsa felicidad de aparentar”; nos importa más lo que opinan los demás que poder mirarnos al espejo y aceptarnos sin problemas. Si la gente aceptara la soledad y la practicara de vez en cuando, probablemente cambiarían muchas cosas.

Se habla a veces de “conquistar la soledad” y me parece un error; no se conquista, sino que se acepta y tolera, se la deja entrar en nosotros y sabiendo que podemos aprender mucho de ella. Hay un pánico a la soledad que no termino de comprender, quizás porque por suerte (o por desgracia, según cómo se mire y quién lo mire) me considero una persona que disfruta de la soledad de igual manera o me atrevería a decir que más que en compañía. Pero una cosa no implica despreciar a la otra: me divierto como el que más compartiendo una cerveza con los amigos, sólo que mi cuerpo la mayoría del tiempo me pide estar a solas. Y no me escondo al decirlo porque no lo veo como un problema. Es una opción, una elección personal.

Me siguen llamando raro. Todos los días, a veces con las palabras y a veces con los gestos, las miradas. Todavía me piden explicaciones ante algo que parece ser ciencia-ficción. Sé que muchas personas creen que tras esa actitud hacia la soledad se esconde el perfil de un psicópata. Qué gracia. No me molesta porque me importa bien poco la opinión de la mayoría, porque soy respetuoso con quien me respeta e indiferente con quien me juzga sin saber. Los prejuicios en su máxima expresión. Y el mundo no para de recordármelo. Conmigo tienen la batalla perdida.

Puede que al final sea yo el que está equivocado y vivo apartado de la verdadera felicidad, la de los likes y los followers, de las envidias y las lisonjas; la de mostrar pero no dejar entrar, hablar pero no escuchar, dogmatizar pero no aprender. Sólo de pensarlo me da un poco de pereza.

Tal vez el mundo también necesita un shabbat. Ya no digo en soledad, porque estoy seguro que a la Tierra le gustaría perdernos de vista para siempre.

The following two tabs change content below.

Alejandro F. Orradre

Escritor || Jedi frustrado || Reseño mis lecturas en elfindeltsundoku.wordpress.com || Colaboro en @murraymagazine y @hablandoconletr

Últimas entradas de Alejandro F. Orradre (ver todo)

Tags: , , ,

    2 Réplicas

  1. José Manuel Fernández

    Desde el punto de vista coyuntural que me otorgan mis canas debo manifestar mi respeto hacia la búsqueda de la soledad, aunque mis sentimientos actuales se inclinan más por la búsqueda del otro. Somos seres sociales y necesitamos la compañía de los demás. Sin embargo, coincido en que la.soledad, la intimidad son imprescindibles para evolucionar. Coincido asimismo en el abuso de la tecnología actual que nos deshumaniza. Todo ese tiempo, a menudo inútil, dedicado a ella, va en detrimento de nuestra personalidad. No sé adónde nos llevará esto, pero la situación actual es lamentable.

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para ofrecerte una experiencia de usuario óptima. Si sigues navegando estás dando tu consentimiento a nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies